Era una fría mañana de otoño, de esas mañanas bien mendocinas, con un sol tibio que acariciaba los árboles. Un día como todos los demás para Federico. Hoy había decidido salir antes de casa y caminar un poco por la Alameda, antes de abrir su negocio. Caminó por calle San Martín con sus auriculares, tarareando una canción de Serú Girán, abstraído del mundo, tratando de no pensar en las deudas, los amores fallidos y los tropezones que venía teniendo hace tiempo. Cruzo por Chacabuco y al llegar a la vereda se le resbaló de las manos el libro que llevaba. Se detuvo a levantarlo.

Y allí, la vio. Iluminada por un rayo de sol que se colaba entre los árboles entre tanta sombra, como si el destino quisiera que se volvieran a encontrar.

“Cuanto tiempo ha pasado desde los primeros errores”, pensó, recordando la canción de Serrano, y se miraron un instante sin decir palabra. Y en efecto, habían pasado 20 años desde la última vez que se habían visto, y el tiempo había mellado sus cuerpos y sus corazones. Ya no eran los mismos ojos azules de ella, esos que irradiaban felicidad, sino que un dejo de tristeza y unas ojeras los oscurecían. Él había perdido esa jovialidad en su mirada, tampoco tenía esa frescura que solía tener por aquellos años. Federico se acercó a ella, y se dieron un tímido abrazo. Ambos podían sentir como sus corazones se aceleraban, y la voz temblorosa de Mariana pronunció un “Hola” que se perdió entre el ruido de la calle.

Se sentaron en un banco, y comenzaron a rememorar aquellos días en que se amaron, y cuánto habían cambiado sus vidas en este tiempo. Él tenía una vida que no era la que había imaginado, en una relación donde el amor se había esfumado hacia años, con una mujer de la cual no se separaba por el miedo a vivir en soledad. Tenia un pequeño local de decoración en la calle San Luis, y básicamente su vida era bastante monótona.

Ella en cambio, se había casado con un tipo que nunca la valoró, y del cual no se separaba para no lastimar a sus hijos. Vivía triste, tratando de impresionar a un hombre que la engañaba, y que no le prestaba atención.

Sus vidas no eran las ideales, y quizás por eso sintieron que no podían dejarse ir y arriesgarse a no verse nunca más.

Se miraron un instante, y algo se encendió en sus corazones, algo que habían dejado de sentir hace tiempo, un deseo irrefrenable de escapar de la mediocridad de sus vidas sólo por un segundo, y volver a ser aquellos jóvenes, esos que no temían a nada. Se tomaron de la mano como si nadie los miraba, y el ruido de la calle y los autos pareció apagarse, sólo estaban ellos en el mundo. Ella le dio un abrazo, y él sintió como se apretaba en su pecho. Solo quería arrancarla de ahí y llevarla a un lugar lejano, donde nadie supiera de ellos.

Se despegaron de ese abrazo. Ella lo miró con esos ojos hermosos que lo habían vuelto loco en la adolescencia, y él se sintió aquel joven lleno de sueños que había sido, y una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios. Se sintió raro, como si se hubiese olvidado lo que se sentía ser feliz por un instante. No podía dejarla ir.

“Vámonos juntos”, titubeó ella, y sus ojos brillaron. Él sintió que era la oportunidad de ambos de terminar con sus vidas monótonas y tristes, que podían empezar de nuevo juntos, quizás en otro lugar, lejos de todo.

Pero el impulso adolescente se desvaneció rápidamente, y ambos cayeron en la cuenta que eso era imposible. Mariana pensó en sus hijos, lo más preciado que tenía, y terminó por desalentarse. Federico hizo una mueca de decepción, y pensó en aquella mujer que lo esperaba en casa, a la que no amaba, pero con quien había pasado la mayor parte de su vida. Había sido un instante hermoso, pero sólo eso, un instante de felicidad. No había lugar para esa locura, por lo menos ahora. Habían dejado de ser aquellos adolescentes de los que se habían enamorado.

Volvieron a abrazarse, y quizás sus corazones volvieron a endurecerse, porque volvían a vivir sus vidas, esas que no querían vivir. Se despidieron, así sin mas, y los ojos de ella volvieron a apagarse, y esas ojeras los hicieron aún más oscuros. El volvió a hacer esa mueca, con un dejo de tristeza, y cada uno siguió su camino, como si nada hubiese pasado.

Pronto se olvidarían de todo, y volverían a sus vidas. Quizás alguna vez se recordarían y una sonrisa clandestina se dibujará en sus labios. Otra vez, el miedo había hecho lo suyo: había acobardado a dos que se amaban.

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