Terminar el secundario de por sí representa todo un hito en nuestras vidas, una etapa que más o menos disfrutada da paso a una más importante dedicarte a trabajar o seguir estudiando, ahora si algo que en lo posible te guste.

Si vas por la segunda opción, cuando vivís en la ciudad el cambio no es tan brusco, seguís en tu lugar, con tus amigos y sobre todo bajo la benevolente protección de tu papás. Tu casa, tus cosas, la comida de mamá entre otras cosas hacen que cierta cotidianeidad haga más suave la vorágine de la facultad.

Pensá que a ese cambio de horarios, profesores, exigencias, torres de fotocopias y faltas de horas de sueño a los que viven lejos se les agrega que, con unos 17 u 18 atolondrados años, van a tener que viajar y dejar todo lo conocido atrás.

Arranquemos por los colectivos, porque uno en el pueblo va a pata o en bicicleta a todos lados, lados que quedan a un máximo de 8 o 10 cuadras. Ahora las distancias no son las mismas, tenés que tomar los coles urbanos a todas partes, interpretar recorridos y horarios es una odisea que puede terminar en el barrio Papa o en el Aeropuerto con mucha facilidad.

Pero antes que los urbanos están esos que tardan una eternidad en llevarte a casa y te devolvían a la ciudad en un dos por tres. Aprendiste a sacar el pasaje con tiempo para no ir parado o tener que quedarte varado, dónde quedan las paradas, todos los horarios y cuál es el más rápido. Ni te digo si se acerca un feriado largo, la terminal parece peregrinación de estudiantes cargados a la Tierra Prometida.

Más de una vez pasamos horas contando anécdotas de viajes, la inolvidable “TAC” a la que le cambiábamos el lema de “TAC lo lleva” a “TAC te acerca” porque cada vez que te subías a uno rezabas de no quedarte en el camino. Desde cambiar de colectivo dos veces bajo la lluvia porque se rompieron, a viajar en la escalera o arriba de la cafetera, de a cuatro en dos asientos, que se rompiera uno de corta distancia y te hicieran un “city tour” por cuatro pueblitos y llegar dos horas más tarde, que se pusieran a arreglar el cole en el taller una hora con todos los pasajeros arriba hasta que se prenda fuego y bajar todos despavoridos.

“T.A.C. te acerca”

Una vez que sobrevivías al traslado, había que adaptarse a la jungla de asfalto, por más grande que fuera nuestro terruño nunca se compara con la inmensidad de una ciudad, sobre todo porque hay que enfrentarla solos y con toda la taradez post egresado que uno lleva encima.

Es un extraño punto intermedio entre la adolescencia, porque todavía son tus papas los que te mantienen, y la adultez, ya que vivís solo. Por un lado disfrutas de torres de milanesas frisadas que te manda tu mamá y por otro la desolación de cuando eso se acaba y tenés que enfrentarte a la cocina solo. No vengan con que son master chef porque acá no vale, entre que siempre te olvidas de ir al supermercado y en la alacena tenés la típica trilogía “fideo-arroz-yerba”, nunca vas a cocinar tan rico como tu mamá o con las mismas ganas todos los días, volvés a tu casa y te hace un puchero y te pones más feliz que tu perro Boby con el hueso osobuco.

¿Qué las matemáticas no sirven? Si crees eso es porque nunca fuiste estudiante en otra ciudad, salir con los pesos contados para cada cosa, ordenado por las siguientes prioridades: comida, servicios y alquiler, transporte y fotocopias. Era casi como mantener un equilibrio zen que se te venía abajo cuando la joda te venía a desvencijar el karma: dos cervezas más representan carne dos días menos, y así sucesivamente hasta llegar al final con media lata de picadillo y saquitos de té reutilizables.

Reutilizable, reciclable, palabras claves en la vida de todo departamento de estudiante, porque el mueble más nuevo es del casamiento de tus viejos con una onda ochentosa que definitivamente no pega con el aún más viejo modular medio destruido de tu abuela. Sillas variadas, vasos surtidos, cortinas desteñidas pero efectivas, sillones rajados, entre otros elementos que antiguamente se encontraban el galpones, recobran vida y se combinan en un entorno bastante kitsch constituyéndose en el fácilmente reconocible hábitat del estudiante de distrito.

Te vas con la ropa sucia y volvés con todo limpio, cada remera planchada es un paraíso, ahí entendés lo de la propaganda de olor a “caricias de algodón”, porque cuando eso se acaba tenés que lavar vos y ante la vagancia surgen las combinaciones más horrendas de toda la indumentaria que “no está taaaaan sucia”.

Por el otro lado un poco te crees grande, usando la plata de mamá y papá, pero grande. No hay quien controle horarios y salidas por ende sos libre de enfiestarte a diestra y siniestra, tanto así que más de uno se lo tomó a pecho y fue descubierto a los dos años con asistencia perfecta…a todos los boliches de la zona y sin siquiera una materia en la libreta. Lograr el equilibrio entre rata de biblioteca y reventado es el Santo Grial del universitario.

De cualquier manera estabas obligado a crecer, a ser más independiente y a valorar cosas como a tus amigos. Tal vez algunos se fueron al mismo lugar que vos, otros eligieron más lejos, y muchos quedaron en el pueblo. Te dabas cuenta que convivir con tus compinches no era lo que pensabas, que generalmente nadie limpia, que no podías dejar ni medio limón en la heladera sin que fuera asaltado, que a uno le gusta estudiar de noche, al otro a la mañana y ambos con ruido, pero que al final, la falta de alguien que ponga límite los hizo quererse como familia, matarse como hermanos y enfiestarse como los mejores amigos.

Pero con los del pueblo era otra cosa, en las épocas donde no abarcaba tanto el celular y las redes sociales, los asados y las juntadas eran un evento al que no podías faltar, las vacaciones de invierno y verano significaban “reencuentro”, las fiestas de fin de año en el pueblo eran como la resurrección de los muertos vivos porque aparecían todos de nuevo, hasta esos que no veías en años, ni la reina de la Vendimia ha saludado tanto.

Es que es así, esas vueltas rápidas y ocasionales, se convertían en un tour de amigos y parientes, había que acomodar la agenda para ver unas 15 personas en 3 días, nunca dejar afuera a los abuelos ni los asados correspondientes. Vale decir que las primeras veces uno, con algo de cargo de conciencia, se llevaba una carpetita para repasar algo, pero con semejante itinerario sólo la tocabas para volver a meterla al bolso, tal cual había llegado. Si uno lo piensa un poco, eran como vacaciones en tu propia casa, comida rica y casera, cama y todos los servicios…pero con amor y gratis.

Entonces llegando al final del final de tantos viajes, de tantas aventuras que pasarán a anécdotas en un futuro cercano, hay que elegir una parada en el camino, ¿quedarse o volver?, incógnita que a algunos, más que otros, les costó responder pero que sin lugar a dudas para los del “interior del interior” más que un título académico es el fin de una inigualable odisea.

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