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Leer la primera parte
Leer el intermezzo

Leer la segunda parte

“Y beberás de mi simiente, Sacerdotisa del fuego, dijo él. Rey de los élimos, hijo de Afrodita y de Poseidón; colocando su mano en mi cuello. Jalando con fuerza descendente, mi cuerpo sobre el suyo, ardientes…”

Valencia estaba embobado, con la boca entreabierta y los ojos clavados en esas pestañas bajas de Mina, que con los ojos cerrados rememoraba la poesía que acababa de escribir en su papelito. Su voz era suave, gruesa, era la voz de una mujer que hablaba de un sacrificio, la voz de una mujer que recreaba el altar de sábanas y almohadones donde la sacerdotisa se entregaba a ser clavada con la estaca de un Érice moderno dándose por completo…

“…En sus ojos podía ver mi fuego encendido, fuego ungido con su aceite, de mis piernas el deleite y de mis oídos su voz. Eterna llama que proclama, en su silencio cual dama, un alma que contemplar y abrazar entre gemidos, ésos labios ahora míos y juntos al azar invocar…”

Valencia no se aguantó, se puso de pie y mirando al grupo de calentones extasiarse como él, les señaló la puerta sacudiendo la cabeza y mostrándoles los dientes. Nadie pronunciaba ni el más mínimo sonido para no interrumpir a la nereida cautiva. El marqués se paró desafiante, pero Valencia tomó un pesado cenicero de vidrio que hizo claudicar al dudosamente noble escritor. Al ver la amenaza Horacio intentó quejarse haciendo mímicas, pero Valencia le puso una patada en el culo y otra a Julito que no entendía nada, y poco a poco fue sacando a todos de la biblioteca. Mina continuaba con sus palabras suaves.

“…Y en lo azul de mi fuego, cansado de ser, tus manos sostengan mi cuello caer. Disfrutas mi cuerpo, el sacrificio seré, entregas mis humores, me mudas la piel…”

Valencia acomodó un poco las sillas, respiró profundo, volvió a mirar la puerta para ver si volvía a aparecer alguno, se sentó, se recostó sobre el respaldo y acomodó una pierna sobre su rodilla…

“…Siento el calor que vuelve a nacer desde lo etéreo de lo que somos. Es la luz que ilumina el infierno en tus ojos.

…y Mina abrió los ojos. Sólo estaba Valencia entre un remolino de sillas desacomodadas.
—El marqués tuvo náuseas y no se animaba a ir sólo al baño, los demás lo acompañaron —explicó Valencia—. Pero yo no me iba a mover de esta silla por nada en el mundo. Bueh… y mucho menos por el marqués.
—Yo lo quiero mucho al marqués. Es así, medio tontito, pero le tengo un gran cariño. Fue mi primer contacto con la literatura erótica, y además cargaba con todo el sabor de lo prohibido…
—Prohibido…
—…en cambio a usted no lo conozco, Valencia.
—Usted sabrá que estamos en el crepúsculo de la madrugada.
—Sí, ya debe estar amaneciendo.
—Y ¿usted conoce esta biblioteca, señorita Murray?
—Bueno, conozco este hall, y creo que hay otro…
—No, no… ¿Quiere acompañarme, por favor?
Mina levantó su ceja izquierda, y luego le tendió la mano derecha. Pero Valencia no la tomó, dio media vuelta y empezó a caminar. Fueron hasta un pasillo sin puerta. Debajo de un cartel de “Servicios” Valencia bajó el picaporte y atravesaron un salón lleno de cables, cajas y herramientas. Antes de atravesar otra puerta más, Valencia le enseñó a Mina una escalera gato que la dama subió con estilo y torciendo las piernas para que Valencia, que subía debajo, no tuviese otro espectáculo más para su deleite. Atravesaron un pequeño vano, cruzaron una estancia con trastos olvidados y polvorientos, y luego subieron por una escalera caracol de chapa cuyos tacos Mina hacía sonar como el carrillón más sensual que jamás haya picado campanario alguno. Empujó una vieja puerta de chapa y salieron. Una oleada de viento fresco se confundió con la emoción que le produjo la enorme explanada que se abrió frente a sus ojos. Una gran terraza plana dejaba ver el cielo hacia cualquier lugar donde se mire. Los colores violetas y lilas y naranjas del cielo ya comenzaban a quebrar el manto oscuro de la noche anterior. Soplaba una brisa fría, pero ninguno acusó queja alguna evidenciando tener una temperatura corporal por encima de lo habitual. Mina dio unos pasos girando con las manos levantadas como un lento derviche sonriente tratando de abarcar tanto cielo, tantos colores en esa escala monumental.
—¿Cómo sabía de esta terraza, Valencia?
—Tenía por oficio el conocer todas las cosas lindas que existen, pero ahora que la conozco a usted que es como un Aleph borgiano de la belleza, voy a ocuparme de aprenderme chistes de gallegos o de coleccionar estampillas.
—Qué piropo más barato, Valencia. Qué desilusión. ¡Lo salva tanto cielo…!
Se quedaron un rato en silencio.
—Venga, señorita Murray. Sentémonos contra ese conducto. Es un ducto de una vieja chimenea. Esta biblioteca tiene chimeneas.
Valencia cubrió las piernas de Mina con su saco y ella lo atrapó por el brazo.
—Dígame un poema, Valencia.
Ahora que estaban tras el reparo del conducto de la chimenea, se escuchaba el viento pasar suave. La mañana teñía sus caras y sus manos de naranja. Mina miró a los ojos a Valencia a esa corta distancia.
Mientras muere esta pobre madrugada
salpicando con su sangre nuestros rostros
y quemando en ese ardor a nuestros monstruos,
los fantasmas de las tímidas miradas,
yo me gozo de sus manos apretadas,
del calor que de sus piernas me proveo.
Y aunque al fondo de sus ojos yo me veo
recitándole un poema otra mañana
es en esta madrugada que deseo
que usted, Mina…,

Y Valencia ya no abrió sus labios.

—¿Que yo qué, Valencia?
—¿No lo sabe? Está escrito en sus ojos.
—No, en mis ojos estaba escrito que me recitaba un poema otra mañana.
—¡Qué bien! ¡Qué atenta estaba, señorita Murray!
—Es que ese poema parece compuesto para este rato juntos.
—Está compuesto para este momento, lo acabo de hacer.
—Entonces dígame, Valencia, ¿qué yo qué?

El cielo ya estaba mutando los naranjas por amarillos, señal de que en breve saldría el sol. Y con el sol y unas horas más, abrirían la biblioteca. Valencia la miró a Mina. No estaban a más de diez centímetros. Los dos se callaron. Sus ojos se manoseaban obscenamente. Valencia le agarró el pelo de la nuca y le dio un suave tirón con el que Mina levantó su cara un poco hacia arriba abriendo su boca. Y Valencia hundió sus labios en la boca de Mina.

Después de un largo beso Valencia alejó su cara y la volvió a mirar a Mina. Sus ojos entrecerrados parecían recién despiertos de una noche larga.
—Que usted me bese.
Mina se enderezó, se acomodó el pelo…
—Eso no rima.
…y puso sus manos frías entre los muslos de Valencia.
—Claro que rima. Rima con “meza”.
—¿Con Meza…? Pero usted no dijo eso.
Murray, que usted me bese,
que usted me entregue su boca,
me intimida y me provoca
a que sobre usted me meza…
—Valencia, usted es un ordinario.
Mina apretó con sus manos los muslos de Valencia.
—En menos de una hora van a empezar a llegar los empleados de la biblioteca. Vamos, señorita Murray.
—¿A dónde vamos?
—Conozco un lugar.
—¿Un lugar para qué…?
—Para conocernos mejor, señorita Murray.

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