Me gustan los días así, muy soleados, aun más en invierno, uno se puede poner al sol sin preocuparse por quedar rojo como un tomate, la luz es tibia, es lindo sentirla en la piel, es como si se infiltrara en el cuerpo, por debajo de los músculos hasta llegar al alma para robarnos una sonrisita, esas que no tienen una razón específica. Y ahí estamos, con la cara en dirección al cielo, sonriendo, siendo esporádicamente felices. Aprendí que la felicidad no es un estado permanente, sino un conjunto de momentos. Entonces cuando estoy triste, me siento bajo el sol y espero que su luz haga la magia. Que se yo, cada uno cree en lo que quiere o en mi caso en lo que siento

Me gustan los días muy soleados, disfruto sentarme del lado de la ventanilla del micro en donde pega más el sol. Se puede leer con más claridad y aparte porque si se lleva ropa liviana es más placentero, uno no se sofoca. Los que se sientan en la fila en donde está la sombra por lo general llevan más de una prenda: una camiseta, un buzo, una campera y bufanda o pañuelo. No saben de lo que se pierden de este lado de la fila de asientos, deberían hacer la prueba.

Me gusta la habitación de mamá cuando hay sol por la tarde, porque al costado izquierdo tiene una ventana grande. Me gusta escaparme a su cuarto y tirarme en la cama sin que ella se dé cuenta, le molesta que desacomode el cubre cama, pero no importa, yo me percato de que después quede todo perfectamente en su lugar. Me gusta porque en la siesta la cama es tibia, el sol da justo en ese lugar. Tal vez quien hizo la casa también le gustaba dormir la siesta con la cama calentita sin necesidad de recostarse en las sábanas frías e ir calentándola con el calor del cuerpo. Me gusta incluso más la cama de mamá, porque es de ella, porque guarda su perfume a rosas mosqueta.

Me gusta cuando en la mañana y en la tarde el clima está tibio, para mí es como un pequeño recordatorio de la primavera, para que no nos olvidemos que hay al menos una mínima razón para sonreír. Me gustan mucho mas, porque comienzan los días en los que el sol empieza a ponerse unos minutos más tarde, entonces María tiene más tiempo en ir a comprar un jugo para tomarlo en la puerta de su casa para pasarnos un par de horas hablando de los gloriosos días en la secundaria. Amo cuando la tibieza de la tarde deja su huella en la noche porque puedo usar las remeras de mangas cortas que mas me gustan, esas que hice estampar con muchos colores para estar a tono, incluso estos días son especialmente para usar esa ropa de media estación que tanto nos gusta, porque es cómoda y ligera entonces no tenemos ni frío ni calor, simplemente estamos tibios.

Me gustan los días así y no de otra manera, porque el paisaje esta colorido con el amarillo y naranja de las hojas que aún no caen de los árboles, entonces la luz del sol las hace más brillantes, como si fuera un cuadro recién pintado. Me encanta el parque San Martín en los días soleados, es algo así como un pedacito de paraíso en la tierra, majestuoso e imponente.

Me gustan los días soleados porque me recuerdan a Leandro, él solía decirme que era alérgico al sol, y puede que tenga razón, en verano nunca salía de casa sin protector solar o se brotaba entero. Cuando los días están así y especialmente en invierno lo extraño más que de costumbre, a eso de las cuatro de la tarde estaríamos en la esquina de su casa hablando de la vida, sin hacer referencia al calor agobiante. Es lindo recordar a Leandro, a veces y entre otras cosas, lo necesito cuando tengo cosas que decir, cosas que a muchas personas no les importa pero que a él sí. A veces lo necesito, pero no se lo digo, no se puede tirar de la soga de quien está siguiendo un sueño, bien dicha esta la frase “Si lo amas, déjalo ir”. El no pidió permiso tampoco, pero los buenos amigos se apoyan aun que el dolor sea inminente, por eso, cuando lo necesito, me voy a la vereda de casa y me siento un rato bajo el sol, así no me pongo triste y esporádicamente soy feliz otra vez.

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