Había perdido la cuenta de las veces que se había quedado mirándola, escondido tras alguna estrella, a la enamorada de la Luna, como sabia llamar a aquel hermoso ser. Él esperaba cada día verla aparecer y se quedaba contemplándola con atención, mientras ella, iluminada por su luz, disfrutaba de la belleza de la dama plateada, su bella Luna.

Soñó varias veces con sentarse a su lado a mirarla juntos, y acariciar su ondulado cabello. ¿Pero cómo interrumpir aquel trance de la enamorada y su objeto de amor?

Se decidió a pasar a su lado, y flotó tímidamente a su alrededor esperando ser visto. Ella por fin lo vio, y él balbuceando dijo: “Te invito a sentarte en este rayito de Luna”, con una sonrisa pícara, y ella lo miró asustada, con sus bellos ojos verdes que no pertenecían a este mundo, y tímidamente se acercó a él.

Ella pasaba los días sola en su pequeño planeta, y se sentía a salvo refugiada en su interior, temiendo salir y que algo le sucediese. Pero algo en la mirada de él le inspiró confianza, y se dejó llevar por un momento.

Se sentaron en aquel rayito que proyectaba la Luna. Él no podía dejar de mirarla, se sentía como nunca, y su corazón de extraterrestre le latía a mil por hora. Después de tantos desastres en otras galaxias, al fin encontraba algo que lo hacía feliz. Ella, a pesar de temerle, no tardó en darse cuenta que tenía un corazón noble.

“Vamos a dar un paseo” susurro él, y sin preguntar la tomo de la mano para impulsarse juntos hacia arriba, subiendo por una escalera de pequeñas rocas espaciales, y luego deslizándose por los anillos de un pequeño planeta rojo. Conocía bien la forma de llegar hasta la Luna, y decidió llevarla hasta allí.

Sin soltar su mano, caminaron entre viejas estrellas rojas y anaranjadas, y treparon a la estela de un cometa, que rápidamente los depositó en la órbita lunar. Ella no dejaba de sonreír, y él estaba contento de haber logrado eso en ella. Subieron hasta la superficie, y se sentaron a ver una lluvia de estrellas.

Por fin la abrazó, y ambos se quedaron en silencio viendo aquel hermoso espectáculo, con sus cuerpos teñidos de plateada luz. Pasaron las horas, y el tiempo los encontró a ambos disfrutando de la compañía del otro, como si hubiesen estado buscándose sin saberlo, como si en aquel espacio vacío, ellos fueran de planetas similares.

Decidieron volver a casa, usando el camino de ida, muy contentos de haberse encontrado. Y mientras se despedía, flotando en el espacio, él pronunció: “te espero en todos mis días, para llevarte de la mano a donde más quieras”.

Y sonriendo se fue hasta el próximo encuentro…

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