Dueño de la juventud más libre y desahuciada de penas, de risa contagiosa y altura de centinelas atlantes. Castaño, sureño, viajero y soñador. A la mitad de sus cuarenta y cuatro años nos encontramos, antes de cumplir mis veintiséis, en la esquina de la mesa que esperaba la bola 13.

-¿Tomás algo?- le pregunté.

-Tu presencia y me voy- dijo. Sonreí con esa expresión de sorpresa que hacía mucho no me visitaba.- Estoy bien así, gracias.

Salgo a las cinco y nos vamos juntos por ahí. Llevame a donde quieras o vamos a casa. Te preparo el desayuno mañana. El almuerzo también, si querés quedarte.

-¡Ay nena! ¿Qué pensás tanto? Te llama la mesa 4, dale.

Mi compañero interrumpió mi pensamiento de propuesta inmoral incentivada por mis hormonas y el burbujeo que sentía cuando le pasaba cerca o nuestras miradas se cruzaban. Venía seguido, ya lo había visto un par de veces. Pero hoy estábamos diferentes… había cierto feedback que antes no se daba.

Se terminaba la noche. Cerrábamos y el continuaba sentado en la barra, charlando con el barman de futbol y esas cosas.

-Cierro con ustedes. ¿Ayudo en algo?

– Mora, Alex su fue más temprano. ¿Cerrás caja vos?

-¿Otra vez?

-Como quieras sino vamos todos, que lo haga él mañana. Nos vamos para Balcarce.

– No, que antro. Vayan tranquilos. Termino la caja y cierro yo.

– ¿Te quedás vos sola?- dijo preocupado el pequeño centinela.

-Sí. Están las rejas puestas y cierro con llave. A parte todavía hay gente en la calle, no pasa nada.

-Si querés te hago compañía hasta que te vayas…

-Como quieras. Estoy bien enserio, pero si querés quedarte te preparo otro fernet. Igual es un ratito nada más.

Despido a los chicos, cierro con llave, pongo el cartel para tapar la parte vidriada de la puerta que da a la vereda y apago todas las luces. Solo quedan encendidas las de la barra y de la mesa de pool que tienen el circuito unido. Me dispongo a preparar los tragos- uno para él y uno para mí- y en eso empieza un cuestionario…

-Y tenés ¿cuántos años?

-25. ¿Vos?

-22.

-Parecés más grande.

-¡Hey! ¿Qué me estás diciendo? ¿Tan hecho mierda estoy? Es la barba, es eso.

-Puede ser… ¿Qué querés escuchar?

Como todo bar o restó a la hora del cierre es cuando suenan los temas que le gustan al personal, o los muy viejos o desconocidos o bizarros o lo que se le antoje al que tiene el mando en ese momento.

-Mmm… Buscá “De la gran piñata”

-¿De la qué?

-De la gran piñat… ¡Ésa! Poné Borr… No, esa no. Poné Borracho.

-Uy… me duermo con esto.

-“Mirame. Por piedad no me mires. No sonrías, date vuelta y andate. Quedate un pucho más pero tomá distancia…” Me encanta este tema.

– No lo conocía… No conocía a la banda directamente.

Comencé con lo que tenía que hacer. Preparé el sistema, lo vendido, lo gastado, lo inicial, etc. Empiezo a contar el dinero por debajo, concentradísima y me pregunta:

-¿Ya lo hiciste en el bar?

-¿Qué cosa? ¿Cerrar?- dije haciéndome la que no entendía. Si insistía en el tema, agarraba yo también. Si él se hacía el desentendido, lo dejaría así.

– No, no. Si ya estuviste con alguien en el algún rincón del bar.

– No, todavía no.

– Ah, mirá vos. Y si lo hicieras ¿Dónde lo harías primero?

-En la barra. Aunque el paño de la mesa del pool me tienta. Rojo, suave y bien cuidado. ¿Vos? ¿Ya lo hiciste en tu bar? Trabajás a unas cuadras ¿no?

-Sí, pasando J.M. de Rosas. Pero no, yo no cierro. Me voy antes. No hay manera de que me quede solo, y por más que me quedara no tendría con quién.

Seguí contando el dinero y haciendo algunas anotaciones para el otro día. En la mitad más un cuarto de su trago, con el deseo al borde de los labios y la aventura de algo nuevo en las manos, hace fondo blanco y deja el vaso sobre la madera. Se dirige a la mesa tapizada de Rojo-estrename y saca de la pared los palos de pool ordenados por tamaños. Los enteros y los desmontables y los empieza a observar.

-¿Sabías que John Parris es un conocido fabricante de palos de pool? Nació en el 52, es londinense.

-¿Vos también viste ese capítulo del discovery? ¿Viste que habían unos que se desarmaba en tres partes? Acá solo tenemos el que se divide en dos. Los mejores se hacen con madera de ébano y otros con fibra de carbono. Que laburito el del pulido. Estos, si son de pino es mucho.

-Emm no. Es lo único que sabía de palos y quise hacerme el interesante pero no me salió-nos reímos un segundo de lo sucedido. A todo esto ya casi tenía terminado mi trabajo- Vamos a hacer así: Yo voy a tratar de decir algo interesante de nuevo y vos me vas a seguir el juego ¿dale?

– No-dije cerrando el cuaderno mientras ponía la lapicera en su lugar y salía de atrás de la barra- vamos a hacer así: Vos me vas a decir qué es exactamente lo que querés y para que te quedaste y yo voy a ver qué hago con tu respuesta ¿dale?

-Tengo un taco personal que quiero usar con vos. Esta noche y en esta mesa.

-¡Apa! Interesante. Contame más de tu taco- dije mientras me sentaba en el borde de la mesa y lo traía desde su remera hasta el interior de mis piernas en V.

-Mmm… puedo decirte que el propietario se llama Lucas.

– Mora, un gusto.

– Es de un material noble, también se usa con las dos manos, podés usarlo con la boca pero por ahí… no sé, por el calibre no sea lo más cómodo.

– Ajam. Pasamos de tacos de pool a hablar de calibres.

-Es que se me está yendo toda la sangre al material noble y me cuesta hablar. Jajaja…

– Ah, noo… ¡Pará! Pero ¿qué te guardas?

-¿Te da miedo o curiosidad?, Acá o en la barra? –Hablaba entre besos y manos por debajo de nuestras remeras- ¿Arriba o abajo?- Le saqué la remera. Tenía la piel suave y estaba levemente marcado. Los besos nos usaban a nosotros para ser, y levemente nos mordíamos los labios.

Jamás faltó la música… sonaba “Para abrazarte” en esa selección que hace youtube cuando lo dejás solo.

-Sorprendeme, pendejo.

-¿A quién le decís pendejo?- dijo mientras me sacaba la remera y me empujaba hacia atrás sobre la mesa. – ¿No usas corpiño?

– Jamás.

Se desprendió el pantalón y pude ver como se asomaba. Sin prejuicios, ni miedos, ni cautelas. Amenazante entre su piel y el elástico del bóxer. Me recosté sobre la mesa y mirando las tres lámparas de vidrio azul, interrumpió con su rostro incendiado de fantasías. Me hice más arriba como escapándome y con una mano desprendió el botón de mi pantalón. Se arrodilló en la mesa y lo bajó hasta mis rodillas junto con mi ropa interior. En su mano derecha pudo sentir las babitas de mi sexy caramelo cuando, indiscreto, se le dio por explorarme. Con dos de sus dedos hizo maravillas, mientras con la boca sonaba un solo de tetas con mordidas incluidas. Todo un arpegio de buen gusto y sensaciones transportadas. Y eso que tengo para comparar. Lucas se llevó el oro. Me dejó on fire, mi cuerpo pedía a gritos que descansara sobre ese mástil, visiblemente brillante de las mismas ganas que me sacudían en espasmos.

Sacó un una de mis botas y de manera animal una de las piernas del jean. Siguió con su bóxer, a sabiendas y orgulloso de lo que se cargaba, lo empuñó y acercó hasta mi sexo. Lo rozó de manera suavecita. ¡Dios, no me castigues! Pensaba para mis adentros, encorvé la espalda sobre la mesa y me apuñaló el alma… tal vez más. Abrí los ojos grandes, solté un gemido y el primer reflejo fue empujarlo hacia atrás, pero fue inconsciente, cuando noté que lo estaba alejando tomé con una mano su cintura y la otra la coloqué en su espalda y lo traje hacia mí. Para que entrara todo. No quería que ni un centímetro suyo se perdiera de empaparse en esa copa servida, que él mismo se había preparado. Entre el impulso y la fuerza de los movimientos, el roce me hacía delirar, peligrando mi caída en ese precipicio oscuro de placeres, donde el fuego arde y quema dejándonos el vicio más adictivo de las pieles: el orgasmo.

-Lucas…- alcancé a decir cuando en una melodía de imperiosa celeridad llegamos a detonar juntos. Sacó su cuerpo del mío y dejó su firma en fluidos que fueron desde mi abdomen plano hasta mis pechos.

Apoyó su frente sudada en la mesa un momento para descansar, entre suspiros y soplos.

-Perdiste- le dije- Y si te doy revancha perderías mil veces más.

– Excelente…

Compartí, no seas paco