Septiembre (Con P entre medio de “la puta que lo parió”), es el mes de la primavera, del amor, y además augura el momento en que el contador de “Faltan X días para la primavera” con la música de Palito Ortega de Crónica TV llega a 0. Y ese es el tema de esta nota, la bendita primavera, donde cantan los pájaros, las minifaldas se acortan, los pitos se asoman y un mar de hormonas cubre nuestros cuerpos juveniles. Y quienes me conocen sabrán que soy un tipo nostálgico, por eso hoy vamos a recordar entre todos aquellos días de la primavera en la escuela secundaria.

Como olvidar aquellos días de septiembre en el colegio (en mi caso el gran Martin Zapata). Esperábamos con gran ansiedad que llegara el 21 de mes para ponernos hasta la chota en algún lugar alejado de nuestros padres.

Y ahí se empezaba a cranear lo que sería el 21 propiamente dicho, a donde irse lejos para descontrolarse lo suficiente y pasar un día de puta madre. Algunos seguramente recordaran el Camping El Olmo, en Guaymallen, donde el mismo 21 de septiembre partías temprano a pasar el día, con la mochila cargada de todo lo necesario para para estar hasta la tarde noche, y a la vuelta terminabas bailando en Omero, el clásico e inolvidable boliche del Challao, donde íbamos todos, porque era imposible no encontrarse a todos tus amigos. Otra opción (seguramente los más viejos como yo se acordaran) era Luz y Fuerza, un lugar donde tocaron muchas de las mejores bandas del rock nacional, y tenía zarpada onda para pasar tremendo día.

En mis épocas, lo mas piola era irse al Carrizal, al camping Punta Verde o al San Martín. Los días previos era juntarse con los vagos y planear a donde ir, comprar provisiones y ver en que ir hasta aquel lugar donde uno era libre. Y si de provisiones hablamos, la lista de elementos alimenticios se resumía al tándem goleador constituido por los infaltables e insuperables ARROZ – FIDEOS – GALLETAS DE AGUA – PATÉ, con algún otro sustituto provisorio, porque lo importante era tener más plata para escabio. Y ya que hablamos de bebidas etílicas, en épocas de adolescente no le hacíamos asco a nada. Mientras tuviese algo de alcohol en su contenido, le empinábamos a cualquier cosa, incluyendo esas marcas que cualquier ser humano despreciaría: americano Marcela, vino Marolio o en damajuana, vodka Nikov, fernet Capri, o si había un poco más de plata Vittone, y otras asquerosidades.

Lo problemático era poder entrar al camping con ese arsenal venenoso sin que la policía te lo decomisara en la puerta. Y para esto usábamos varios métodos. Si el padre que nos llevaba era piola, lo escondíamos en el torpedo del auto, atado bajo los asientos o donde hubiese un hueco para meter botellas. Si ibas en bondi se complicaba: había que meterlo en termos, entre la ropa, o en petacas, la cosa era zafar de los policías ortivas. Tengo una anécdota personal que no paramos de contar en cada asado: dos amigos extrayendo jugo Ades de la caja de cartón con una jeringa, y cuando la caja estaba vacía, volviéndola a llenar con vodka usando la misma jeringa, lo que para la policía era una simple caja de Ades, para nosotros fue la salvación.

Aquí empieza la odisea: como si fuera un grupo de supervivencia, llegaba la horda de pendejos estudiantes a vivir 3 días sin saber hacer nada de nada, pero con ganas de cagarse de risa y llevarse un puñado de anécdotas que contaran en los asados cuando todos estén casados, gordos y pelados.

Lo primero era buscar resguardo, por ende se procedía a armar la carpa. Imagínense la inutilidad de aquellos jóvenes, que lo único que tenían en la mente eran ganas de ponerla y de ir a escabiar lo antes posible. Ni hablar si habían conseguido una carpa de esas viejas con los caños metálicos, que estabas 18 horas para armarla, traían 14567 piezas y codos y pesaban una tonelada. Ya provistos de refugio, entraban todos los wífaros a la carpa a asegurarse lugar, ya que en la carpa de 6 personas del abuelo convivirían 14 personas apelotonadas. Ni hablar los olores que emanábamos producto de vivir como unos salvajes, que mitigábamos con un poco de Axe, ya que bañarse en esos días equivalía a perder tiempo para disfrutar. Pero que importaba a esas alturas, si todo era una fiesta.

Pero cuando llegaba la hora de morfar era cuando se complicaba todo. Nunca nadie se había cocinado nada, por ende esos inventos de fideos que algún valiente se animaba a hacer eran un pegote incomible, que terminabas cortando con cubiertos porque no se distinguía entre fideo y fideo, o un arroz re pasado, sin nada, que hacia las delicias de los comensales. Y ya con algo sólido en la panza se podía proseguir al armado y degustación de las bebidas llevadas, en la clásica botella cortada que pasaba entre todos los pibes y que a los dos minutos estaba más caliente que los mismos tomadores cuando veían una minita linda. Ya entrada la noche se armaba el baile y los pibes salían de cacería a ver si agarraban algo, con la ilusión intacta de ponerla esa noche, pero sabiendo que en Mendoza es más fácil ganar el Oscar que garchar.

Pero nunca faltaba el facherito que siempre la pegaba, y lo veías sonreír a todas y ganar, mientras vos la remabas como un campeón olímpico intentando no espantar a todas las minas que sacabas a bailar. Ese iluminado era el que se llevaba a la minita a la carpa, despertando la envidia ajena y también obligando a los demás a permanecer horas tirado en la tierra, cagado de frio y borracho, esperando que el winner se dignara a salir del hogar provisorio y todos pudiesen entrar a dormir.

Nunca faltaba el borracho desastre, ese que ahora de grande se la da de señor y que de pibe era el destiñe del grupo. Eran las 6 de la tarde y ya destilaba alcohol, cuando vos arrancabas a tomar, el pibe ya se había clavado una botella solo. Ese mismo ser era el que se perdía a mitad de la noche y todos andaban preocupados buscando, o se agarraba a piñas a cada rato o se comía al bicho más horrible del camping. Por eso, desde este espacio agradezco a esos choborras que me alegraron la adolescencia con su mágica forma de ser.

Eran las épocas de los primeros puchos, o fasitos, de enamorarse a cada rato, de ponerse en pedo en cada momento, de reírse hasta llorar. Éramos puro corazón, nos dejábamos ser, vivíamos sin limitaciones y eso era lo más lindo de ser adolescente, porque la primavera nos hacía sentir libres.

Seguramente cada uno recuerda sus días de adolescente de diferente manera, pero hay un factor común: esas ganas de pasarla bien como sea, como se pueda, pero siempre con la amistad como valor más importante. Por mi parte recuerdo esos días con cariño y siempre me sacan una sonrisa, además de llenarme de anécdotas, que cada vez que nos reunimos, las contamos hasta el hartazgo y nos reímos como la primera vez.

¡Nos vemos la próxima!

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