Desearía haber estado durmiendo en la oscuridad de la pesadilla más terrorífica jamás imaginada por nuestra fábrica de sueños; desearía haber estado dormido para amanecer ante el Sol lustroso que ilumina todo rincón oculto de miedos sospechosos. El miedo no es más bajo la luz. Sin embargo, estaba bien despierto, insomne: tenía unos ojos harto abiertos, asaces hechos a la oscuridad, así como los de un búho que vigila la noche; no veía más que aquello que pudiera ver con el descubrimiento mañanero de la luz. Tenía también el temblar de un animal frígido y asustado, pues así estaba yo, aterrado con las más ansiosas tiriteras que capaces de desviar los bostezos más exhaustos de la somnolienta y nocturna luz lunar. Mis oídos eran de culpar, pues estaban afligidos con un terrible sonido que venía de ningún lado; un muy grave roncar, como el de un humano que intenta imitar las amenazas de un perro enfurecido; una respiración ronca y jadeante que de un sonido bajo tenor; se alejaba, se acercaba y, a veces, tenía la sensación de sentir el vaho del resoplido en mi oído. Era el ruido de un hombre, pero no había más hombre que yo, no había más entidad que la mía. Al largo tiempo, el ruido paró en un repentino silencio, sin desvanecerse en un marchitar gradual, paró en seco.

(Nota: *Ver desde el segundo 00:25 al 00:38 para escuchar el ruido).

Gracias a la fortuna que siempre ha perseguido mi vida, el roncar nunca hizo manifiesto de nuevo, por supuesto, no hasta hace unas semanas. Me pregunto si estos sucesos son una prueba de que un Dios nos custodia y nos manda pequeños castigos en respuesta a la desobediencia, pero no puedo concluir tal blasfemia contra un Dios amoroso que me ha investido con innumerables bendiciones, a mí, un crío travieso. Razoné que debía ser una prueba del infierno, una señal de los horribles castigos que se nos manda como amonestación en respuesta a la obediencia. El Diablo nunca premia con abnegación. Estas cosas, no obstante, no eran de importancia alguna para una mente atribulada con la escucha de un roncar horrible, esta vez en crescendo y minuendo en tono causando así una mayor impresión. Esta vez no fue el ronquido el que paró, sino mi mente, un desmayo en reacción al tanto miedo.

Noche sí, noche no, era visitado, o atormentado, por el roncar. A veces advertía objetos moviéndose en el aire que caían rotos en el suelo; a veces el ronquido se precedía por la apertura de la puerta y el crispar de mi piel. A veces, el roncar se tornaba en unos bramidos que gritaban mi nombre y algunas palabras sin sentido desconocidas por mi lenguaje. Empecé a contemplar la muerte como única salida del hábito incesante del ruido; cuanto más me rendía ante la vida a peor se mudaba el asunto. Aprendí que cuando se nos toma el control de la vida, perdemos el aprecio por ella; intentaba ser fuerte y aferrarme a ella, sin embargo.

Hoy, aquí tendido en mi cama, me he dado cuenta del hecho más tétrico de esta historia. La piel me pica, el cuerpo entero; el ronco roncar sigue gimiendo y algunos objetos se mueven volando por mi habitación; entonces, al acercar mi mano al pecho para rascar la picazón y calmarlo, noto una potente vibración dentro, una vibración que descubre el misterio de esta viva pesadilla. El ruido nunca vino de ningún lugar sino de mi pecho, al fondo dentro de mis pulmones. Mis articulaciones empiezan a doblarse en contra de su naturaleza junto con el crujir de los huesos, adopto posiciones imposibles y grito con un ronquido grave y estridente. Yo lo soy. El mal dentro de mí. El Diablo en mí. No puedo conquistarme. Ya no estoy en mi cuerpo.

*: El video es del caso real de la película El Conjuro 2 (Expediente Warren 2 en España).

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