Era una tarde de jueves frío de agosto de 2011. Me dolían los ojos de tanto llorar, miraba al espejo y no podía entender a esa chica que me devolvía la mirada desde el otro lado, ojerosa, la viva imagen de una persona destruida por dentro ( es lo que hacen las relaciones tóxicas, te llevan al borde de un abismo que ni siquiera sabías que existía). ¿Cómo me había permitido llegar hasta ese punto?

La persona con la que había estado hasta ese momento parecía ser la única que me iba a aceptar tal cual era yo (eso me había hecho creer).Todas las mañanas me dejaba… todas las noches volvíamos… fue su manera de tenerme atada, manipulada, me hacía pensar que yo no podría estar con nadie mas. – ¿y vos te pensas que te va a ser tan fácil encontrar a alguien después de todo lo que has hecho conmigo?- ¿qué había hecho con él? Nada. Pero de alguna manera me sentía acorralada, asfixiada, de ninguna forma podía permitirme perderlo porque no encontraría a nadie más. La soledad parecía una opción mucho mejor a la de seguir sufriendo de esa manera, pero él se había encargado de que también tuviera pánico de quedarme sola. Ahora, mirando hacia atrás en el tiempo, me doy cuenta de que su trabajo había sido muy fino; tanto que ni siquiera se si él se dio cuenta de lo que había hecho conmigo.

Llevaba ya mucho tiempo en esa “relación”, llorando todos los días, preguntándome dónde estaba esa chica que yo era antes de él. No todos los golpes incluyen los puños. Algunos no dejan marcas en el cuerpo.

Esa tarde nevaba, la recuerdo como si fuera ayer. Miré mi imagen reflejada y me dije en voz alta: -hoy voy a salir- . Acababa de pelear otra vez… otra vez me había dejado, pero por algún motivo yo había decidido desde hacía ya un tiempo que nuestro noviazgo había terminado, sólo tenía que reunir valor para enfrentarme a la soledad (aunque no me había dado cuenta de que llevaba meses sola)

Acababa de teñirme, me hice una cola muy alta y con la tijera corté todo el pelo que sobresalía del colin. Lo solté y lo dejé caer sobre mis hombros. Ahora tenía un desmechado y color castaño oscuro. Necesitaba ver un cambio urgente y fue lo primero que se me ocurrió. Mi mamá me miraba con tristeza desde la puerta; se acercó y me secó las lágrimas. – ¿hasta cuándo voy a verte llorar? – preguntó. Se había cansado de hablar conmigo durante horas, de decirme que merecía algo más, que debía salir de esa relación enfermiza…pero nadie podía hacerme entrar en razón. Yo debía darme cuenta sola de las cosas. – hasta hoy ma.- contesté. Le contestaba eso cada vez que me preguntaba, pero esta vez sentí que le estaba diciendo la verdad. No me creyó, lo vi en su mirada, pero inmediatamente empecé a preparar mi mochila. –Me voy, necesito pensar- todos en mi casa sabían que cuando necesitaba estar sola me tomaba un colectivo hasta el centro. Tenía una hora de viaje de ida y otra de vuelta; a veces sólo llegaba a la terminal, me bajaba del Bondi en el que iba y me tomaba otro de regreso a mi casa. Me limitaba a apoyar la cabeza en la ventana y pensar. Pero hoy decidí que iba a juntarme con unos amigos. Todos los jueves los chicos de 18 a 30 años de la iglesia se juntaban a jugar al pool, al tenis o al voley; otros se quedaban tomando mates y contando chistes, yo sólo conocía a algunos que se habían cansado de invitarme y ese día decidí aceptar.

Nunca me abrigaba, pero no saldría de mi casa tan fácilmente sin algo de abrigo. Me puse unos jeans y una remera manga larga, arriba la campera y ya estaba lista. Una amiga me había ofrecido irme a dormir a su casa después del encuentro con los chicos, así es que me sentí mas animada…solíamos pasar noches enteras charlando mates de por medio.

Salí a la calle y el frío me pegó como un cachetazo en la cara. La nieve caía sobre mi pelo y lo mojaba. –ahí va mi planchado- pensé. Caminé tres cuadras hasta la parada del micro y esperé. Temblaba entera y se me ocurrió que tal vez debería haberme puesto un buzo. No importaba, ahí a lo lejos veía venir el colectivo.

Subí con mi mejor cara, el chofer no tenía la culpa de lo que me pasaba. – No me digas que tenés frío flaca- me dijo con una sonrisa. –No, te parece- contesté frotándome las manos. Me senté y apoyé la cabeza en el vidrio. En ese momento me prometí a mi misma que esa sería la última vez que me permitiría llorar por esa relación.

Me bajé en calle San Juan y Alem… debía caminar hasta Emilio Civit y Olascoaga. Ya no sentía tanto frío. Demoré 25 minutos en llegar.

Entré y fui directamente a un calefactor; una vez que pude sentir los dedos nuevamente me dirigí a la cocina. Se escuchaban risas y una pavita silbando suavemente. Entré y dije: -¡que rico! ¿Van a tomar mates?- mi pregunta me pareció un poco tonta pero de alguna manera debía iniciar una conversación. Inmediatamente sentí una voz grave que venía de atrás mío.- no, si eso que está hirviendo en el fuego es sopa – ¿quién me había delirado de esa manera? Giré sobre mis talones y ahí lo vi: sentado en la punta de la mesa, con una enorme sonrisa burlona, mirándome fijamente con ojos grandes y muy profundos.

Continuará…

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