Era raro. Era uno de esos días metidos en el medio de una estación, que se hacen los rebeldes y cambian el clima. Este día en particular, estaba metido en la primavera, y si bien el día anterior habían hecho 25 grados, y el siguiente seguramente alcanzaría la misma temperatura, este tenía lluvia y el termómetro no superaba los 15.

El día se prestaba gris, y parecía que todos en la oficina se habían enfermado porque solo ella, Camila y su jefe Martín eran los que estaban. Por alguna extraña casualidad del día, los demás habían avisado que no iban. Problemas familiares; enfermedades propias o ajenas, entre otras excusas, eran las que los demás habían alegado para no ir ese día en particular a trabajar. La única familia que ella tenía era Amadeo, su gato y algunos que otros cactus, por ende, no había encontrado excusa para no ir ese día.

Puso la cafetera a funcionar, hacía mucho que no tomaba un café caliente, los días primaverales eran más para tomar algo refrescante. Ya faltaba menos, Martín estaba hablando por teléfono, como solía hacer siempre y esos momentos en soledad se prestaban para ponerse a pensar. De repente sintió la necesidad de dibujar, cosa que de chica le gustaba mucho, pero que había dejado de hacer hacía mucho tiempo. Se fue hasta su escritorio, agarró una hoja en blanco, una lapicera y cerró los ojos, justo como hacía en los viejos tiempos.

De repente sintió que alguien le tocaba el hombro. “Camila, despertate, ya nos tenemos que ir” era Martín que pensaba que se había quedado dormida, y no que se encontraba en un estado puro de inspiración. Abrió los ojos y de pronto lo miró a los ojos. Le dijo “perdóname, no me di cuenta” y empezó a acomodar los papeles para irse. Cuando él se fue ella miró lo que había dibujado. Era una luna negra.

Se despidió normalmente de Martín y del portero del edificio. La luna negra no se borraba de su mente, ni de su papel. Tenía que significar algo. Años sin dibujar y ahora esto, tenía que haber algún significado. Cuando empezó a caminar por la calle abstraída en sus pensamientos, de pronto empezó a caer una lluvia finita, estaba oscureciendo, y cuando se dio cuenta no había nadie en la calle, no había gente, no había autos. Solo ella, la lluvia y su luna negra dibujada.

Cerró los ojos por un momento. Sintió la necesidad de que las finas gotas le tocasen la cara. Y justo en ese momento alguien le susurró al oído “siempre durmiendo vos” era Martín. Ella lo miró extrañada y le preguntó qué hacía ahí. “Te vi tan rara que, y perdóname porque se que está mal, decidí seguirte a lo lejos por las duda de que no te pasara nada. Aparte, vi lo que dibujabas en la oficina. Quiero que veas algo, pero vamos a otro lado donde no nos mojemos” ella le susurró “vamos a donde podamos ver la luna, del color que quiera ser” y, caminando, se fueron despacio a su tiempo.

“¿Que me querés mostrar?” Le dijo Camila. “Todo a su tiempo” le respondió él. Y llegaron a una parte desolada del parque, con unos asientos de plaza, en donde los dos se sentaron. Ya la lluvia hacia un rato que había dejado de caer. De pronto algo les llamó la atención, la noche estaba más oscura que de costumbre, y de pronto los dos miraron al cielo y la vieron. Esa noche había luna negra. Él, sin dudarlo un momento abrió la mochila que llevaba, y buscando algo sacó una hoja de papel. “Creo que esto nos ha unido un poco, ¿no creés?” Le dijo él alcanzándole la hoja. Cuando ella la miró se quedó perpleja, había dibujada una luna negra, idéntica a la de ella, idéntica a la que, esa noche, adornaba el cielo. “La dibujé anoche en mi casa. Sentí deseos de agarrar una hoja y dibujar, y cuando me puse a ver lo que había creado, era esto, una luna negra.”

Y fue así que los dos se quedaron mirando aquella luna, aquella luna extraña qué pasa muy rara vez, y más rara es la vez que decide juntar a dos personas solitarias, dos personas que, sin saber, se necesitan, dos personas que ahora los une ella, la luna negra.

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