Primer capítulo: De amores y resentimientos
Segundo capítulo: Un corazón frío
Tercer capítulo: Sentimientos escondidos
Cuarto capítulo: Éxtasis
Quinto capítulo: Inmarcesible
Sexto capítulo: Abrazo de almas

Séptimo capítulo: Desilusiones
Octavo capítulo: de amores y resentimientos en el Isaac Estrella

Antes de empezar este capítulo, recomiendo leerlo escuchando de fondo la canción “Number 9” de The Beatles:

Escuchaba de fondo una canción, un piano junto a una voz que repetía constantemente “Number 9”, no entendía que decía aquella canción. Estaba todo oscuro y no alcanzaba a ver nada. Suavemente, delante de mis ojos caían pequeños grises, trate de tomar uno, no era nieve, eran cenizas.

Estaba confundido y asustado, no veía fuego, por el contrario sentía frío, me sentía paralizado, los sonidos de fondo no cesaban, entonces en ese momento, oí una voz:

– Adrián…- dijo un hombre, de tono muy familiar.

– ¿Qué paso, dónde estoy?

Y en ese mismo instante, una luz suave, se encendió sobre mí, como un pequeño reflector, las cenizas cesaron y un poco encandilado, seguí sin ver nada alrededor.

– Tenemos que aclarar algunas cosas.

– ¿Quién sos?- contesté, preocupado por sospechar de quién era esa voz.

– Soy vos… yo soy vos, por eso a mí no me podes engañar. Soy tus pensamientos, tu interior, soy el que acomoda tus ideas en el trascurso de tu vida, todo eso que escondes bien adentro y no dejas ver, que no querés que nadie vea. Tenemos poco tiempo y mucho que conversar.

– Pero… ¿Qué tenemos que conversar?

Se me llenó el alma de preguntas y sensaciones, estar ahí ya era demasiado como para poder ordenar dos pensamientos juntos y coherentes, menos darme cuenta que pretendía mi propio yo.

– Busca, sentí, permítete sentir, ¿Qué es lo que te está consumiendo?

– Se supone que vos me digas que es… – Aunque ya sabía, lógicamente los dos sabíamos y me negaba a reconocerlo.

– No puedo hacerte o imponerte algo, tus pensamientos son tuyos y vos debés decidir en qué pensar. Debe haber algo que no te está dejando salir adelante.

– …

El nudo en la garganta fue tan grande que me llegaba hasta el pecho, y dolía, de una manera tan triste…dolía.

– Pensá ¿Por qué estamos aquí?

– No sé dónde estamos pero lo último que recuerdo es que estaba en el bar. Hablaba con Coti y Tulio sobre…

-¿Sobre?

– Sobre si estaba enamorado de alguien, y si tenía miedo a enamorarme – el nudo aflojó un poco.

– Muy bien, ¿Cuál querés que aclaremos primero?

– Sobre lo primero – respiré profundo.

– Bien Adrián, entonces ¿Estás enamorado de alguien?

– Aún no lo sé, eso estuvimos hablando en aquel bar pero no les pude responder a ninguno de los dos ¿Por qué no pude responderles?

– Por lo mismo que te preguntó Duncan.

– ¿Si tengo miedo a enamorarme?

– No podés responder a la primera pregunta sin aclarar la segunda.

– Bueno, entonces responderé a la segunda.

– Adrián ¿Tenés miedo a enamorarte?

– No lo sé – La duda volvió a ocupar su espacio, esa presión al respirar volvía y peor que antes.

– Si el amor fuese un mundo ilimitado, lleno de posibilidades, y ese universo estuviera dentro de una habitación ¿Tratarías de entrar?

– Si, seguro.

En ese momento apareció una puerta en frente mío, era de un marrón un poco oscuro con una capa de barniz, su picaporte color bronce tenía unos detalles, esos firuletes sublimes, como las antiguas puertas de las casas.

– Dentro de esa puerta se encuentra ese mundo de imaginación, con posibilidades inmensas. Esa puerta mantiene la entrada a ese gran mundo del amor. Ese universo se encuentra delante de ti ¿Qué vas a hacer?

– Trataría de entrar a ese mundo – dije, aún con la duda de si podría.

– Adelante… intentá abrirla.

Di unos pasos hacia esa puerta, la habitación había vuelto a ser oscura, casi más oscura que antes. No podía ver nada más, tan solo esa puerta en frente de mí ¿Qué hago? ¿Trato de abrirla? ¿Qué habrá en ese mundo? ¿Cómo será ese universo? ¿Quién estará? ¿Habrá alguien ahí?

– ¿Qué pasa Adrián, tenés miedo? – otra vez mi propio yo me empujaba hacia mis más profundos secretos.

– No sé con qué me puedo encontrar ahí adentro.

– ¿Y eso qué te hace sentir?

– Inseguro, algo de incertidumbre, desconfianza de lo que pueda haber. Creo que…miedo.

– ¿Tenés miedo de no poder abrir la puerta? ¿Tenés miedo a que el amor sea no correspondido?

– Creo que sí. ¿Qué pasa si no la puedo abrir?

– ¿Qué pasa si no lo intentás? – por suerte paso de un tono inquisidor a uno más compasivo.

– Tenés razón, creo que es peor no intentarlo, al menos.

El alivio de asumir las cosas como son, lentamente se estaba transformando en coraje. Acerque mi mano hacia el picaporte, moví la perilla hacia abajo pero no, la puerta no abrió. Sentí un vació y un desconcierto total al no poder abrirla.

– No abre, no la puedo abrir…

– ¡Oh Adrián!, ¿tan fácil te das por vencido?

– Pero es que no abre. Por más que lo intente ¡La puerta no abre!

– Aquella puerta es como tu miedo al amor, es la vida misma. Mantiene la entrada a la imaginación sin límites, antes de que abras la puerta, hay un mundo lleno de posibilidades delante de vos. Sólo cuándo la abras, se hace realidad. Y una cerradura se interpone ante todo eso… ¡Qué pereza! ¿No?

– ¿Pero qué puedo hacer?– dije sumido en el más profundo desconcierto, otra vez.

– El talento y la imaginación. Es un gran potencial que brindan nuestras mentes, pero la sociedad te oprime aquella libertad. El talento es el hombre en libertad, nace en cualquier persona que se sienta capaz de volar con sus ideas.

Me detuve un instante para pensar en lo que me dijo, en lo que yo mismo me había revelado, tenía razón y no había querido ver ¡qué cobarde y cómodo he sido! No podía darme por vencido tan pronto al menos sin dar más batalla, de algún modo debía abrir esa puerta.

¿Cómo la puedo abrir? Por más que lo intente esa puerta no quería abrir, pensé en cada palabra que dijo…dije. Y pude darme cuenta que es lo que me quiso decir con ese mensaje, lo que en el fondo, muy en el fondo sabía. Como pude ser tan básico, a veces las cosas no son como nos las han enseñado desde chicos.

Entonces volví a tomar coraje, me dispuse a abrir esa puerta, en u momento se detuvo esa canción, y quedó un silencio en ese lugar oscuro. Mi corazón empezó a latir más rápido, mis pupilas se dilataron. Estiré mi mano derecha para agarrar ese picaporte, esta vez no moví la perilla hacia abajo, la moví hacia arriba. Supuse que no era una puerta común, y en ese instante sentí el sonido del seguro abriéndose.

Una luz encandiló aquella habitación oscura, sentí un gran cosquilleo en mi mano derecha, y en ese mismo momento pude ver un sendero, un camino de ladrillo molido, y decidí dar un paseo camino abajo.

A través del calor, en el vapor del aire, los árboles susurraban, decían mi nombre a alguien. Apenas comenzaba a llover, íbamos juntos a la par, no podía ver quien era, pero me sentía tan lleno y feliz.

Caminamos hasta que ella se detuvo, susurraba mi nombre al oído. Un “Te amo, Adrián”tan suave y puro que me recorrió la espalda dulcemente como un bello escalofrío. Quise mirarla pero de repente todo se tornó nubloso, esa luz volvía a encandilar todo.

Traté de verla otra vez, pero su rostro se volvía difuso, su cuerpo transmitía una tenue luminiscencia por un instante, tenía ojos claros pero no pude distinguir su color, una silueta delgada, y un cabello largo tal vez morocho, apenas alcanzaba a verlo. Una luz oscura se apropió del paisaje y solo veía aquella persona.

De repente la oscuridad se fue transformando en luz y de a poco podía ver su rostro, un cabello oscuro, ¿ojos claros? ¿Serán los de Jimena? La emoción era incontenible, pero…de repente todo se volvió a iluminar, a encandilarme otra vez, no pude ver nada más, no podía sentir nada más que el cosquilleo en mi mano como cuándo abrí esa perilla.

Escuchaba una voz que decía mi nombre:

– Adrián, ¿Me escuchás? ¿Podes oírme?

– Jimena, Jime….

– ¿Podés escucharme?

– ¿Jimena, sos vos?

– ¿Jimena?

Continuará…


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