La muerte del sol sucedía horas atrás. Saciado el hambre y terminado el día buscaba en mi paz nocturna la fría compañía de mis sábanas grises. Soltando suspiros al aire me complace el momento en que invoco su visita.

Sitúo una tenue luz en el suelo de mi habitación, en la esquina que escolta a la puerta para verlo en entrar en sombras. La lluvia acompaña todos nuestros encuentros lo que hacía innecesario el llamado. Yo sabía que vendría y él sabía que lo esperaba.

Sentada al borde de la cama, piernas abiertas, con mi mano entre la tela de la ropa interior y la suavidad de la piel, me digno a leer en voz alta:

“Consolatoria bestiae donec consummentur tenus libidinis me et bibat.

Litteras quas invocatum est nomen meum de manu tua valida libidine corpus implet.

Tangunt me Humanum vehementer.

Palpate tua et usque ad mortem horis.

Vultus in oculis meis ut reducam vos ad portam.

Canticum potens est, misit me servum tuum ad auxilium vobis rem.”

“Bestia consoladora, ven y bebe de mí hasta la última gota de pasión.

Saca de tu mano la carta que lleva mi nombre y llena mi cuerpo de tu poderosa lujuria.

Tócame con vehemencia humana.

Siénteme tuya hasta la muerte de las horas.

Busca en mis ojos el portal que te traiga de regreso.

Canto al poderoso, enviad a tu servidora tu súbdito para asistirle.”

Me acosté completamente desnuda pero con mi pulsera de acero en la muñeca derecha que será lo que me mantendrá consciente y de este lado mientras el ser del segundo círculo, dantescamente hablando, me regala sus servicios en la liviandad del entre sueño.

Mi cuerpo se sumergió en el más oscuro de los letargos. Cerré mis ojos y dormí tranquila, confiada a sabiendas que su presencia saciaría esa sed de sexo, ese deseo lascivo, exacerbado que no me permitía pensar con coherencia.

Era una mesa de madera antigua en una sala con piano. Yo tenía una máscara que cubría mi rostro y finas cadenas colgaban en mi cuerpo. Cadenas que no me ataban a absolutamente nada. Sólo las cargaba y me enredaba en ellas. En uno de los bordes apareció un hombre con un traje azul que después ya no tuvo. No podía verle el rostro. Comenzaba a sentir la temperatura en la cama, mi vulva comenzaba a hincharse y sola mi mano se posaba entre mis muslos húmedos.

Él había llegado e iniciado la preparación del cuerpo brindándome un paseo onírico a los suburbios de mi mente primitiva.

Este hombre sin traje tenía un miembro bellísimo, de tamaño prominente y punta que brillaba con un sutil lagrimeo. Me recosté en la mesa con mis pechos en el roble, corrí las cadenas sin intenciones de quitarlas y tomé su virilidad para probarla. Rocé mi lengua por su miembro lúbrico. Mis ojos se blanquearon y mi comisura izquierda se elevó altiva. Como un reflejo llevé su extensión hasta los pasajes de mi garganta que estaba plena y relajada esperando que ese momento se formara eterno.

Mi sexo ardía en placer, mis muslos se abrieron fuera de mi voluntad y bajo la araña que iluminaba la sala me penetró con fuerza llevándose de mí un gemido que bajó siete círculos más. Tomó mis piernas abiertas y las levantó al mismo tiempo que llevó su cabeza hacia atrás, la entrega recién estaba comenzando. Variaba su ritmo, lo sentía cálido y ya no lo sentía. Lo sentía frío y dejaba de hacerlo. Mi piel se erizaba y eso le fascinaba. Sucumbió en mí con mis pechos burlándose del cielo, luego puso mi cuerpo de costado y jugaba con las cadenas. Su fuerza iba cada vez más adentro y podía sentirlo. Volvió a girarme pero esta vez mis rodillas separadas sobre la madera hacían de vértices perfectamente alineados al espejo del mundo. Seguía sin poder mirarlo, cada vez que mi mirada lo buscaba, él tiraba de algunas de las cadenas que circundaban mi cuerpo nublando la visión de lo que sucedía.

Mi cuerpo se ponía pesado y un escalofrío seguido de un mareo se apoderaba de mí y comenzaban a llegar. Un orgasmo tras otro y otro y otro. Me regalaba descanso que perdía en suspiros y volvíamos a empezar.

desnuda

Convulsionaba teniendo los orgasmos más largos que haya disfrutado jamás. No recuerdo haber acabado tanto en un solo sueño.

Comencé a toser hasta que desperté. La cama estaba húmeda y fría de sudor y mis piernas mojadas hasta cinco dedos arriba de las rodillas. Coloqué la sábana en mi entre pierna y apreté mis muslos para fundir mis fluidos blanquecinos, que tenían un espesor distinto al habitual, con la suave tela.

Sumida en mi estupor intenté volver a dormir.

En alguna etapa del sueño lo perdí. Perdí su registro consciente para hacer cosas de las que estoy segura que no querré recordar por la mañana.

El íncubo que no mostraba su rostro, aún no había terminado.

Compartí, no seas paco