¿Que ha de ser esto?… ¿Acaso un atómico anexo encontrado de Limerencia?
Dr. Bomur

Los hombres sensibles somos tristes por naturaleza. Sufrir por las realidades de la vida no es algo que podamos elegir si hacer o no, no está en nuestro abanico de posibilidades, como nadie elige de quien o cuando enamorarse, nosotros no podemos suprimir la empatía, tendiente a los pesares ajenos. Así como disfrutamos de las cosas simples, de los gestos, de los paisajes naturales, de un café compartido, de la lectura y las palabras, de la música, de una reunión de amigos, las heridas simples también nos agobian y consumen. Tendemos a creer que los demás pueden padecer nuestros pesares al compartirlos, que quizás les parezcan absurdos o que tal vez les transmitamos nuestras amarguras, por eso nuestro ahínco por el silencio de lo propio, nuestra tendencia a guardar, a esconder, a callar los dolores. Sublimamos las dolencias mediante el arte, en cualquiera de sus expresiones e intentamos curar nuestras heridas de manera personal.

Pero hay veces que nuestro mundo colapsa, que todo se oscurece, que afloran nuestros fantasmas, miedos, dudas y demonios. Entonces nos ahogamos en mares de incertidumbre, nos falta el aire, sentimos ganas exasperantes de escapar, de desaparecer, de desprendernos de todo y todos y hacernos humo. Todo duele y lastima, todo es lejano y ajeno. Nos sentimos confundidos en un mundo racional, tristes actores simulando una obra cómica, solos en un mar de gente, vacíos en un tiempo lleno de cosas tangibles, pero yermo de lo elemental, de lo invisible, de lo realmente necesario. Nada de lo posible basta para saciar nuestras necesidades.

Entonces es cuando debemos corrernos del vértigo implacable de la vida, es momento de bajarse de ese tren frenético. Si pudiésemos detener el tiempo lo haríamos, pero somos sensibles porque estamos atestados de razón y la razón nos impide creer en milagros, entonces lo que debemos hacer con el tiempo es ralentizarlo, bajar la marcha, dedicarnos a seguir caminando y dejar que todo corra, que la vida siga su curso detestable y que en esta ocasión nos tenga como observadores, no como partícipes de sus consecuencias. Tenemos que respirar hondo, agradecer que estamos vivos y que nunca es tarde, ordenar nuestras angustias y clasificarlas, darles a cada una un tiempo y un lugar, sabemos que no podremos dejar de atenderlas (por nuestra propia naturaleza) pero si podemos priorizar lo urgente para luego atender lo necesario e intentar descartar lo obsoleto.

Debemos apoyarnos en todo lo que nos haga bien, en todo lo que nos dé paz, en aquello que nos haga sentir, no solamente felicidad, sino emociones profundas. Tenemos que romper con la rutina y los clichés, para invertir tiempo en nosotros, en lo que sentimos y en el alimento de nuestra alma. Tenemos que dedicarnos a lo que nos apasiona, engrosar nuestros cables a tierra, exacerbar nuestros placeres. Tenemos que mirar con los ojos cerrados, suspirar muchas veces al día, volver a ver nuestras películas y libros favoritos, donde, una vez más, le vamos a encontrar nuevos significados. Por una vez tenemos que ser egoístas y entender que todos los cambios que añoramos sembrar no se pueden establecer con nuestro semblante por el piso. Somos el sostén emocional de mucha gente, pero esta vez nos toca a nosotros, nos toca lamer nuestras heridas en soledad, reponernos y volver a nacer.

Este proceso tiene un costo para nosotros. Donde habrá pérdidas y muertes, pero sin dudas ganancias y nacimientos. Podemos volver a ser nosotros, volver a ser felices y a vivir esa sensación de que si todo terminase hoy, moriríamos satisfechos.

Es un proceso de desapego, de crecimiento, de cerrar páginas, libros y bibliotecas y volver a aprender a leer si es necesario. Es la muerte de un fui y la bienvenida de un soy, es la posibilidad de añorar un nuevo quiero ser. O no quiero.

Y si… la vida es corta y está llena de tragos amargos y demonios, pero también es una caja de sorpresas dulces que en un abrir y cerrar de ojos nos puede cambiar los días para siempre.

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