“Tener tus ojos debe ser ilegal, más si cuando miras inspiras pecar”

Si hay algo que todo alumno universitario considera como estresante y rutinario es el cursado. Ir todos los días a presenciar clases en las que el 75% de las veces se hablan temas innecesarios, el profesor explica mal o simplemente dicta desde un power point. Excepto aquel día en particular.

Curso lleno, primeros días de clases, todos asisten creyéndose Einstein y pensando tener asistencia perfecta durante el semestre. Yo, sentada al lado de mi amiga tomando apuntes, aburrida y con ganas de irme. Se abrió la puerta del curso y lo vi ingresar, mis ojos quedaron perplejos sin la posibilidad de disimular. Entro el, mi nuevo compañero de apariencia exquisita, fornido e imponente, mitad de la cabeza rapada dejando un rodete que acompaña la otra mitad, expansores en ambas orejas, barba negra y una mirada malvada que se comía el mundo. Se sentó adelante mío. En ese momento supe que jamás me iba a cansar de verlo. Pocas veces en mi vida sentí algo como aquel día. Mis ojos se perdían en él, observaba cada centímetro de su cuerpo. Estaba atónita, los días avanzaban y yo asistía a clases esperando encontrarlo sentado adelante mío.

Pocas veces logre intercambiar palabras con él, a veces ni dirigía su mirada hacia mí. Pero créanme que hablar aunque sea por un minuto, era todo para mí. Solo había conseguido su nombre, por lo que me pasaba horas mirando sus fotos de perfil en Facebook entregada a la divinidad de algún día mirarlo frente a mí al abrir mis ojos. Excepto aquel día, en él se volteo a saludar y procedió a preguntarme si podía prestarle una carpeta de primer año que necesitaba rendir. Accedí prometiéndosela traer al día siguiente.

Era jueves, como todos los jueves salimos temprano de cursar, volteo a recibir la carpeta y como acto de caballerosidad y agradecimiento ofreció a llevarme a mi casa. No podía ni pensar en rechazar aquella oferta por lo que accedí. Nos subimos a su auto y apenas lo enciende suena música metálica con toques de rock alternativo. Era tal cual lo imagine, su presencia detonaba todo un rockero satánico de los que me gustan a mí, sus gustos musicales eran los míos. Solo podía observarlo manejar sin reacción alguna, estaba paralizada.

En el camino a mi casa, el rompió el hielo hablando de su banda, yo emocionada seguía la charla. Cada tema de conversación que salía era otro que teníamos en común. Parecíamos almas gemelas de las que ya no se encuentran. Mi mirada lo penetraba a él, penetraba su alma. El aprovecho cada semáforo en rojo para hacer lo mismo. Podía sentirse un clima tenso y sexual entre nosotros. comencé a entrar en calor, la sangre subía por mi cuerpo, con honestidad no aguantaba más. Llegamos a la puerta de mi casa y no hablamos, no podíamos ni queríamos despedirnos, solo nos miramos. Me ruborice y baje la mirada, fue cuando con sus grandes y varoniles manos agarro mi cara y me comió la boca. Era como imaginaba, nuestros labios se sellaron y se hicieron uno. Con mis manos tocaba su cara y cuello; sentía por las yemas de mis dedos que era lo que anhelaba mi cuerpo. Mis pezones explotaban de calor, aquel beso fue el encuentro de dos almas de las que ya no tenían escapatoria. No podía más, comencé a tocarle los hombros queriendo llegar a sus musculosos brazos. Estaba en automático, no podía pensar, con sus mordidas en mi boca me llevo a otra dimensión de la cual no estaba acostumbrada. No aguante y toque su entrepierna, quería darle a entender que mi cuerpo necesitaba eso, lo necesitaba a él, pero completo.

Fue cuando me aparto y me miro dándome total libertad de hacer lo que quisiese, entonces desprendí su pantalón y deje meter mi mano, tocando aquel mástil a punto de estallar, el beso mi cuello y mientras yo lo frotaba el calor empañaba los vidrios. Fue cuando esta vez yo lo aparte, lo mire, baje rápidamente y lo ingrese a mi boca. Pensaba en todas esas clases en las que lo vi entrar deseando este momento. Y ahí estaba sucediendo, subía y bajaba con mi boca llevándolo hasta el fondo de mi garganta, el respiraba y agarraba mi cabeza. Juegue con mi lengua hasta que lo escuche decir “no aguanto” y exploto dejando todo su néctar en mi cara, chorreaba por mi boca roja producto de tantas mordidas. En la cercanía de nuestros labios habíamos encontrado la música perfecta para hacer de nuestra piel la partitura que nos llevó a la sinfonía de dos cuerpos entregados al deseo y la pasión. En ese momento nos miramos y…

– Señorita, señorita, por favor responda mi pregunta.

– ¿Qué?

– ¿Cuál es la fórmula según el libro para determinar el Producto Bruto Interno?

Nuevamente me había perdido en su espalda, nuevamente había imaginado la situación. Él, seguía tomando apuntes. Yo, me había ganado el desagrado y la desvaloración de mi profesor.

¿Algún día se hará realidad?

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