¿En qué medida contabilizamos el amor que damos y recibimos? ¿Que aparato permite medir aquello que el corazón emana por la existencia otra persona? ¿Suman los suspiros exhalados, las sonrisas furtivas, las pensamientos a horas tardías, las veces que el corazón se aceleró con un beso de despedida? Y por el contrario, ¿Restan las decepciones, los egoísmos, los orgullos y las heridas?

Suponiendo que existiese una medición, aquel era un amor desproporcionado. Él gastó tardes y noches diseñando artilugios para sonsacarle sonrisas, como si se tratara de obras de ingeniería sentimental. Envió cartas repletas de palabras hermosas, hipotecó desvelos, naufragó en sueños protagonizados por Ella donde el jugaba a ser su héroe que la protegía de los peligros del mundo, se disfrazó de lo que precisaba para verla feliz: fue consejero, comediante de ratos tristes y astronauta en noches de luna llena, donde tomarla de la mano era llegar al cielo casi instantáneamente.

Pero también fue capitán en el barco de sus tormentas, y supo enderezar la nave para evitar el naufragio. Él no era perfecto, pero tenía el don de jugársela por el todo, aunque eso significara perderlo todo. Venía de guerras perdidas, sueños rotos y una mochila de decepciones, pero al verla por primera vez no dudó que su único anhelo era verla sonreír por él.

Ella era dueña de una luz increíble, e irradiaba una energía casi magnética, de esas de la que es imposible escapar. Sin embargo aparecía a cuentagotas, lo ataba con caricias furtivas y besos lejanos, y volvía a desaparecer. Se encerraba en su coraza de hierro, y permanecía inaccesible, casi intocable. Sin embargo, Él supo arrancarla de sus miedos, de a ratos, y soñó con llevarla con él y arrancarla de su fortaleza. Celebraba felizmente cualquier acercamiento a Ella como un pequeño triunfo.

Pero Ella esquivó sus cartas, cerró los cerrojos de sus puertas y sólo dejaba acercársele lo justo para que Él estuviese ahí, batallando sólo al pie del castillo de sus miedos. Pero aquel hombre no desistió, y redoblo esfuerzos, porque se sabía capaz de cuidar aquel corazón que se había hecho de piedra.

Pero en aquella imaginaria balanza, el peso de lo que daba Él, estaba al tope, y se dió cuenta que lo que había ganado por tal esfuerzo era casi nulo. Porque de aquella fortaleza que era Ella, no había nada que escapara ya que lo hiciera sonreír siquiera un instante. Se encontró mirando desde afuera los muros vacíos y fríos, ya sin puertas ni ventanas por donde pudiesen entrar sus palabras. Se dió cuenta que su guerra había terminado.

Él no era perfecto, Ella tampoco, pero en algo eran diferentes: uno de ellos se perdió a si mismo por tratar de encontrar al otro.

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