Llegué al bar movido por las ansias de salir de casa y nada más. No había ningún otro motivo por el que aquella noche me encontrará lejos de mi zona de confort. Pero ahí estaba, a la deriva de las luces, de la gente con miradas de una noche, de los perfumes baratos y los ánimos caros. Estaba para no estar en otro lado.

Colgué mi abrigo en la tercera barra del perchero, la que estaba al lado de un barman con más perfil de estatua que de bartender. Me acerqué a la cajera y le pregunté –inútilmente- por la cerveza. No obtuve respuesta. Parecía que el tiempo me había vuelto invisible. Es que hacía meses que no salía de casa nada más que para ir a trabajar. La misma cantidad de meses que había dejado de verla.

Con insistencia, y a la cuarta vez, la cajera me dio el precio absurdo de la cerveza. Ordené una; grande y fresca. El bartender me la sirvió sin mirarme a los ojos, como si el trámite no necesitara ningún tipo de reacción. Tal vez estaba esperando lo que en realidad necesitaba, un poco de contacto humano. Lindo lugar elegí para buscarlo…

Me acomodé en un asiento de esos pegados a la barra, fijé la vista en la nada y enfrié mis manos apoyándolas alrededor del jarro. Levantando el recipiente, bebí un sorbo largo y seguro, y cerré los ojos para que el tragar sea más sabroso. Pero en cambio, el trago fue amargo…

Estúpidos sabores, estúpidos aromas y estúpidos momentos. Estúpidos recuerdos que se activan con las situaciones cotidianas más inconsecuentes. Uno intenta escapar para no recordar, y los recuerdos aparecen como aparece el sol: brillante y constante.

Para la vez que mi depresión me dejaba ponerme los zapatos para salir, los recuerdos me empujaban con el dedo para que volviera a la cama. Que juegos perversos nos tiende la mente a veces.

Golpeé fuerte el vaso en la barra. Debo haber emitido algún sonido porque el bartender que no notaba a nadie, me notó de inmediato. Suspiré fuerte y agaché la vista, como si la luz de la esperanza se encendiera en el piso del bar. Pero no hallé nada.

Los veinte minutos restantes los pasé bebiendo sorbos cortos de mi cerveza, esperando que no supiera al amargor de los recuerdos. Una vez acabada mi bebida, comprendí que los recuerdos no iban a marcharse. Que por lo contrario, crecerían con el pasar de los minutos.

Me paré de un salto, caminé hasta la tercera barra del perchero y descolgué mi abrigo. Entonces los recuerdos golpearon por vigésima quinta vez, pero esta vez con total fundamento. La cuarta barra del perchero lucía un sacón azul. El mismo sacón que le regale alguna vez. El mismo que lucía la quemadura involuntaria con cigarrillo a la altura del puño izquierdo. Su sacón azul.

La busque rápido entre todas las caras y caretas del bar. La busqué con ahínco pero con ganas de no encontrarla. Encontrarla solo golpearía aún más mi inconsistente soledad. Pero como el más fuerte de los deseos, la busqué. Como el masoquista busca el golpe, como el bandido le sonríe al verdugo. La busque para no hallarla.

Y no lo hice.

Con mi abrigo en la mano, y ese sabor agridulce de no querer verla pero al mismo tiempo, saber de ella, me marché hasta la puerta. Giré una vez más para acallar mis ansias y a la distancia su pelo me hipnotizó.

Ya fue tarde cuando se perdió entre los rostros de nada. Ya estaba parado en el exterior, escuchando como sus imágenes en mi memoria se hacían música. Como sus palabras se volvían ruidos. Como los besos se transformaban en fantasmas. Como los metros que nos separaban, eran kilómetros. La observé, pero no la reconocí.

Me alejé de a poco de la puerta del bar, rezando para que alguien me recogiese y me ponga de nuevo en sus cálidos brazos. Aunque sé que eso no va a pasar. Porque si ese alguien de verdad existiera, no sabría adónde dejarme. Es la misma persona, pero tan diferente para mi mente. Mi mente que sólo la compone de recuerdos.

Compartí, no seas paco