Si hay algo que caracteriza a las bibliotecas, es el aburrimiento. Nadie habla, nadie interactúa, solo sos vos y los libros. Es perfecto para estudiar o realizar trabajos. Opte por tomarle algo de cariño y asistir rutinariamente a realizar mis resúmenes de cátedra.

Un día, como todas las mañanas, llegue y fui directo al primer piso, procedí a sentarme en la mesa que da justo a la ventana donde ingresa la mejor luz de la habitación. Saque mis resaltadores y comencé mi arduo trabajo. Al cabo de media hora ingresan cinco chicos acompañados de una señora que trabaja ahí. Comenzó a darle el recorrido por la sala y les daba indicaciones. No presté mucha atención ya que no era de mi incumbencia, seguí con lo mío. Pasaron dos horas y veo que vuelve esta señora pero solo con dos muchachos. Uno se sientó en la computadora que lleva el conteo y registro de libros y otro en una mesa cercana a la mía con varios materiales de trabajo. Como ya era habitual mi visita, había generado una relación con las bibliotecarias, le pregunté si se trataban de empleados nuevos. Ella solo comento que estaban haciendo sus pasantías.

Al otro día, llegé temprano y estos dos chicos ya se encontraban en el lugar, exceptuando que uno estaba en mi mesa usual. Con cara de desagrado me dirigí a la mesa de al lado. Me senté y nuevamente saque los resaltadores y me metí en mi mundo de la economía. No lograba concentrarme del todo, no entendía porque, leía y releía cada oración hasta que levanté la vista y tenía la mirada del usurpador en mí. Me sonrió, yo simplemente baje la mirada y seguí con lo mío. Recuerdo haber estornudado y escuchar un “salud” pero igual seguía con lo mío.

Llegó una de las bibliotecarias, que es amiga mía, a ofrecerme algo para tomar, entre charla y charla le pregunte quién era ese chico. Me dijo que se llamaba Nicolas y que hacían las pasantías de secundaria. ¿Cómo? ¿De secundaria? Tenía apenas diecisiete años.

Físicamente detonaba unos veintitantos. Mi amiga al verme la expresión rápidamente me saco la ficha, entre risas me dijo que no vaya a ir presa ya que le sacaba dos años. Nos reímos y cada una volvió a lo suyo.

Los días pasaban, a él le había tocado la tarea de restaurar libros, yo seguía resumiendo. Intercambiábamos saludos y a veces miradas, lo veía con ropa deportiva, otros días con ropa formal y a veces simplemente caía con jeans y una remera de No Te Va Gustar, era placer a mis ojos. El tiempo se agotaba, quedaban pocos días para que terminaran sus pasantías, así que debía hacer mi jugada rápido. Pero a la vez, su edad me chocaba mucho, si bien era solo dos años mayor que él, no quería asustar al muchacho o simplemente quedar en ridículo. Le pedí si me podía acompañar a buscar unos libros a las estanterías, sonrió y accedió. Nos fuimos casi hasta el final y eran libros literarios, me dijo que había visto mis resúmenes, la economía no se relacionaba con esto. Solo le conteste que quería sacarlo de ahí y estar un rato solos.

Se acercó a mí y puso un brazo en un stand, miro mi boca, yo mordí mi labio y mantuve mi mirada penetrante en sus ojos, bajo la mano a mi cuello y nos besamos en silencio. Nadie podía vernos y mucho menos escucharnos, teníamos que contener sonidos. A mi sorpresa, el niño actuó rápido, bajo hasta mis pechos y los toco suavemente, yo no quería quedarme atrás así que hice lo mismo. Nos hallábamos tocándonos entre libros de Harry Potter y Agatha Christie. De los nervios empezamos a sudar, sonreíamos entre cada beso. Metí mi mano en su pantalón y toque su bóxer. Estaba caliente, hacía mucho calor ahí dentro, me encantaba, aun mas me encantaba la idea de que eso solo fue provocado con el sello de dos bocas. Con mi dedo gordo roce suavemente mientras que con el resto pasaba mis uñas un poco abajo del ombligo.

Se escucharon pasos, rápidamente nos acomodamos la ropa y disimulamos una conversación. Era una de las bibliotecarias que lo buscaba a él, debo reconocer que al mirarnos la mujer se dio cuenta de que algo había sucedido. Pero no dijo nada y se fue con Nicolas. Yo volví a mi asiento a buscar mis cosas, era momento de irme. Agarre una hoja y escribí mi nombre y número de teléfono, con una pequeña nota que decía “quiero conocer a flor de piel lo que toque allá, háblame y coordinamos”

No sé qué sucedió en mí ese día, las hormonas habían revolucionado mi juicio, mirando la nota estaba en estado de shock pensando en lo que estaba por hacer, en su edad, en mi edad, pero no me importo. Le deje la nota en su campera y me fui. Esa noche llego un whatsapp a mi celular. Existía un leve histeriqueo entre nuestros mensajes, me fascinaba. Programamos el próximo encuentro y decidimos seguir con la idea de los lugares públicos.

Más adelante les contare esa historia, pero solo diré, que el chico de la biblioteca encanto mis sentidos.

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