Y cuando menos atención prestaba a la calesita de la vida, volvió a suceder…un nuevo fracaso asomaba entre el caballito negro y el avioncito regordete.

Acostumbrada a tropezar errante, cada vez con un nivel más extraordinario y superior al anterior, me dejé caer sin siquiera mirar el barro que estaba a mis pies. Ahí me quedé, sin ganas de existir y enfrentando a mis demonios, esos que me critican los errores sin margen de compasión alguna. Los mismos que me impulsan a cometerlos.

Es el momento preciso en que mirás atrás, hubieron buenos recuerdos, esos que atesorás como la figurita deseada del álbum, que elegiste para que sea tu preferido. Tan lejanos como egoístas, no van a regresar.

Otra vez agachar la cabeza porque el fracaso te obliga aunque no se lo permitas, creo que es una cuestión de vergüenza necesaria que aflora sin contención. Es la típica enredadera que se desborda y no hay manera de sujetarla por más intentos de podarla.

¿Cuál será la necesidad de probar el agridulce del fracaso? ¿Si sabía desde siempre que no iba a funcionar?…y me detengo en esa última pregunta: “¿desde siempre?”. Porque las relaciones tienen un principio. Pero esto significaba, que desde antes que comenzara ya estaba destinada a ser errante. Así, y con toda ésta información cacheteándote, azotándote y escupiéndote en la cara…lo intentás.

Que importa si duele, si lloro, si despotrico, si sufro, si me insulto, si vuelvo a llorar… fui feliz sabiendo que iba a fracasar.

Escrito por María Silva para la sección:

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