Afuera llovía como la última vez. Las olas golpeaban a raudales en el viejo muelle, sombrío y desolado. El anciano capitán se sintió somnoliento, y pegó su nariz contra el húmedo cristal del vidrio de la taberna de las almas perdidas. Miró hacia el puerto, lejano y oscuro, desdibujado entre la espesa niebla, e imaginó que el barco que la trajo aquella vez volvía a amarrar de nuevo aquí, en Valparaíso, de donde él nunca había podido irse.

Juegueteó con su vaso, y el wiskhy que contenía hizo mover un pequeño trozo de hielo que aún flotaba dentro. Miró a su alrededor, y vislumbró en la oscuridad los rostros que habitaban el bar: marinos que se ahogaban en sus vasos de ginebra, capitanes que habían visto hundirse sus barcos y sus sueños, borrachos que naufragaban en destinos inciertos, y damas que habían despedido amores en altamar y que aguardaban su regreso cada día.

Inclinó su vaso y se vio así mismo en el líquido ámbar que bebía. Él era un viejo “lobo de mar”, que sabía de naufragios y de tempestades. Sin embargo cargaba un corazón repleto de arpones, y había encontrado aquí, un lugar para mitigar sus penas de amor.

Bebió otro sorbo y deseó que la noche acabase por fin, y que la borrachera lograra que pudiese conciliar el sueño. Había pasado un largo tiempo desde la última vez que su barco zarpó, y por primera vez en mucho tiempo se sintió anclado en el tiempo. Pero su corazón lo obligaba a permanecer ahí, esperando su regreso, como si el tiempo se hubiese detenido para él en el momento en que la vió partir.

Terminó de un golpe su vaso, y agachó la cabeza mientras hurgaba en su bolsillo. Sacó una carta estrujada, y la releyó una vez más de cientos, mientras el viento silbaba con fuerza y hacia crujir las ventanas.

¿Cuánto tiempo llevaba atado a ese recuerdo? Había perdido la cuenta de los días que llevaba en el bar de las almas perdidas. Volvío a sentirse somnoliento y por un momento soñó con los días felices, de mares azules y soles radiantes, donde la vida era apenas un vago recuerdo en su mente repleta de tristeza.

Aquella luz en su cabeza lo hizo sentir vivo por un segundo. Tomó la carta y la acerco al fuego de la vela que alumbraba su mesa y dejo que se consumiera, observando en silencio como aquel recuerdo que lo amarraba, se transformaba en ceniza. Se paró subitamente y se dirigió a la puerta del bar.

Bajó por la calle con dirección al mar, y buscó su barco, que flotaba a lo lejos en el puerto. El paso del tiempo había dejado su huella: estaba herrumbrado en muchos sitios, y parecía haber sufrido el abandono. Pero estaba ahí, esperando que su capitán saliera del letargo en el que vivía hacia tanto tiempo. Soltó amarras, y se lanzó al mar. Por fin había podido soltar aquel recuerdo que no lo dejaba irse, y en su interior tenía algo claro: no quería que el tiempo siguiera oxidando su corazón.

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