Cap 1: Amores lejanos
Cap 2: Miradas lejanas
Cap3: Corazones lejanos

Cierro los ojos. Y la brisa me trae su aroma.

Cuando me subí al avión que me llevaría, primero a Ezeiza y después a Colombia, traté de no llorar. Traté, porque no me salió, y sabía que lo iba a volver a ver. Y cuando el avión aterrizó en Buenos Aires, por alguna extraña razón, sentí que algo iba a cambiar. Tenía 5 horas hasta que el avión saliera a Colombia, y no había demasiado para hacer. No le dije nada que iba a estar ahí, ni cuando, pero refugiada en un bar del aeropuerto en un momento me quedé dormida acurrucada a la maleta que llevaba. Me despierto porque sentí que alguien me tocaba el hombro, y cuando abro los ojos, ahí estaba él, de punta en blanco, con saco y corbata, tan irresistible como lo había recordaba.

“Dormilona” me dijo con una sonrisa. Resulta que los dos coincidimos en el mismo vuelo a Colombia, solo que él ya estaba en Buenos Aires de hacían unos días, en la casa de unos amigos. Y como un impulso fugaz, se sentó en la silla al lado de la mía, me agarró suavemente la cara con las dos manos y me dio un beso en la boca que, para mí, fue eterno. Yo lo miré, primero desconcertada, y después con una felicidad que no me cabía en el pecho. Y nos quedamos charlando primero, y mirándonos a los ojos hasta que se hizo la hora de embarcar.

Ya en el avión, como no estaba lleno, logramos cambiar nuestros asientos para estar juntos, y, sacándose el saco para estar más cómodo con la camisa sola, logro ver que tenía un chupón en el cuello. De ahí me vino como un arrebato de ira y le digo “¿qué tenés en el cuello?, me mira y me dice “¿dónde?”, “No te hagas el boludo Ernesto, eso es un chupón” “Si, puede ser” me dice, y se sienta lo más tranquilo del mundo. Después de eso me empecé a sentir mal, algo en él había cambiado, yo sentía que ya no era mi Ernesto.

Pasamos todo el vuelo agarrados de las manos, él, más allá de que viajaba seguido en avión siempre le agarraba una sensación desagradable, casi como pánico al volar. Recuerdo que llegué a pensar que quizá lo del chupón había sido una impresión mía, y que quizá, todo estaba bien, podíamos volver a ser lo que no habíamos podido.

Ni lo pensamos, y cuando llegamos, cambiamos las reservas de los hoteles, para estar en el mismo hotel, y en la misma habitación. No hablamos nada, me acosté en la cama, él vino poco tiempo después y me partió el alma, entre nosotros parecía haber una barra de hielo invisible, casi como el muro de Berlín. No me tocó, y yo intenté acariciarlo, me rechazó. Fue una de las peores noches de mi vida.

Durante los días de competencia feroz ni me registró y cada vez que yo le mandaba mensajes o trataba de estar con él, se empeñaba en inventar tormentas en vasos de agua, peleas que solo existían en su mente. Yo pasaba las noches llorando, la competencia había pasado ya a segundo plano. Cuanto me arrepiento.

Perdí el campeonato de Colombia, quedé quinta. Y esa noche justo prendo la televisión en la habitación y lo veo a él, recibiendo una copa dorada, la del campeonato, con dos mujeres, una en cada brazo. Cuando llega, en medio de la noche cuando yo no podía dormir del dolor y la amargura, me levanto y le digo “tenemos que hablar, vos sos otra persona, no la que yo conocí en Mendoza”. Claramente estaba tomado y con restos de rouge en una esquina del cuello de la camisa. “Sabes qué pasa, no te tenías que enamorar de mí, yo no me enamore de vos nunca, si sos una nena caprichosa que no tiene idea de la vida. ¿Sabes qué? No te necesito en mi vida, si las mujeres me provocan yo voy y me acuesto con ellas, no te necesito para estar quejándote todo el día”. Y dicho esto, se volvió a ir de la habitación.

Sentí perfectamente el momento en el que se me rompió el corazón. Y después de llorar un rato, armé mis valijas y me fui del hotel, a dormir en el aeropuerto o en cualquier otro lugar que no me lo recordara. Ya no podía seguir llorando por él, si claramente prefería “ser libre” a ser feliz conmigo.

Me mandó muchos mensajes, yo no le contesté ninguno. Y ya después de un buen tiempo y yo soy feliz, lo sigo amando sabiendo que no podemos estar juntos. Me enteré que se casó con una modelo. Pero cada 12 de enero, para mi cumpleaños me llega una encomienda, siempre igual, con una raqueta de tenis y una caja de bombones.

Compartí, no seas paco