Querida Mariana:

Quizás en estos días notaste mi ausencia. Nunca fui de jugar a huir, pero quizás fue mi forma de escapar de tanto alboroto mental. Hubiese querido despedirme, pero eso probablemente me hubiese apuñalado el corazón de la manera más cruel. Sabes que no soy de lo más desapegado, y de alguna manera no me fui del todo, porque un poco te siento parte de mí.

Quiero que sepas que estoy bien, llegue a Santiago hace unas semanas y me instalé como pude acá. Vine con lo necesario para vivir, y dejé lo suficiente para necesitar volver, aunque de a ratos siento la necesidad imperiosa de juntar mis cosas y volver a casa para reencontrarnos.

No he dejado de caminar las calles de la ciudad ni un solo día, porque temo sentirme invadido por la nostalgia si me siento a pensar en la distancia. Ayer estuve en el palacio de La Moneda y recordé nuestras charlas sobre Allende, y la canción de Jara que siempre tarareabas, y recordé con una sonrisa la dulzura de tu voz al hacerlo. Cuanto puede despertar en alguien el recuerdo de una canción, ¿no es maravilloso?

Estos días el tiempo ha estado horrible, no te das una idea. Cada tanto una tormenta me sorprende en la calle, y veo a la gente correr a resguardarse como locos, mientras yo me quedo parado y sonrío recordando nuestras tardes de noviembre por el parque, con el agua empapando nuestros cuerpos, la pintura de tus ojos corrida y un beso robado digno de una película de Woody Allen.

La gente acá es muy distinta Mariana, no te imaginas. Suelo pasar los días solo, porque acá cada uno hace la suya, la ciudad pocas veces se detiene y a veces va a un ritmo vertiginoso que me cuesta seguir. Será que sigo siendo un pueblerino ¿viste? Pero sigo cebando los mismos mates amargos y escuchando ese disco de Serú Girán que me regalaste, y con eso me siento un poco más cerca de mi tierra.

Te confieso que hay días en los que camino por las calles de Santiago y creo verte entre la gente, caminando a prisa, con tu cabello ondulado y tu sonrisa pintada de óleo. Pero como tantas veces al doblar la esquina desapareces, y vuelvo a creer que son mis ganas estúpidas de volverte a encontrar, como esos días en Mendoza cuando la casualidad jugaba a ser destino, y sabíamos que si deambulábamos por las calles en algún momento nos íbamos a encontrar y ese abrazo que nos dábamos justificaba haber gastado tanta suela en vagar por las calles.

Las noches son duras, no voy a mentirte. Sabes que soy un tipo noctámbulo, y como dice Serrano, “la noche debilita los corazones”, y en muchas ocasiones me quedo despierto coleccionando insomnios a tu nombre, y bebiendo a tu salud para conciliar un sueño esquivo. No es fácil la distancia. No es fácil si la que está lejos sos vos.

Quizás este tiempo lejos sirva para reparar muchas cosas. Pero de algo estoy seguro: voy a necesitar volver a casa y reencontrarme conmigo mismo, y en ese plan definitivamente estás vos, porque un pedazo de mí se quedó con vos.

Con cariño, Felipe.

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