La mejor manera de librarme de la tentación, es caer en ella”
Oscar Wilde

Todos alguna vez estuvimos platónicamente enamorados de algún profesor, ya sea una admiración inocente en primaria, hormonas revolucionadas en secundaria o atracciones intensas en la universidad. Como a todos, a mí me paso.

Cumplí 18 años y al mes empecé la facultad. Materias muy complejas de las cuales requerían varios profesores. Al principio no me llamo la atención, me parecía una autoridad más a la cual debía respetar y escuchar. Si por algo me considero es por no tener miedo a opinar, cada vez que los profesores hacían preguntas ahí estaba yo levantando la mano y respondiendo. Hubo un día en especial que este profesor pregunto sobre la Segunda Guerra Mundial, tema que en particular a mí me apasiona. Al ser la única en responder tan difícil dato debí crearle algún interés porque me felicitó personalmente al terminar la clase. Aun así seguía sin llamarme la atención.

Esto ocurrió el año pasado, año de elecciones. Hubo una tarde en que los temas de la clase se desvirtuaron y terminamos hablando en cuanto a propuestas económicas de los políticos en candidatura. Mi profesor finalizo el tema alabando al peronismo. Otra de las cosas por las que me considero es en ser muy demostrativa con mis facciones, debí de haberle puesto una cara de desagrado porque me pregunto a quien votaría, desde mi lugar lo único que respondí fue que “el voto era secreto” esbozó una sonrisa y rápidamente volvió al tema central de nuestra materia.

Ese mismo día la clase terminó, mis compañeros contentos salían del curso rumbo a sus casas, el profesor me detuvo e inició una conversación con respecto a mi respuesta electoral. Él se encontraba sentado en el escritorio relatándome su vida, yo en primera fila. Parecía una típica película americana, en las que la chica se quiere levantar al profesor, pero no, no lo era. Esto era real. Las clases pasaban y yo esperaba a que el curso se vaciara para ir a la primera fila y charlar con él, mi profesor. Por momentos se le olvidaba la formalidad y me tuteaba, inclusive a veces largaba expresiones dignas de una charla en un café entre amigos. Fue cuando comencé a notarlo, él tenía 38 años. Físicamente no era una persona atrayente, pero tenía cierto erotismo que me hacía mirarlo con deseo. Se convirtió en mi profesor platónico. Semanas pasaron. Nuestras charlas se hicieron habituales, inclusive nos saludábamos con un beso al despedirnos.

Una noche fui a calle Arístides a tomar algo con mis amigas para distendernos, era miércoles. A veces creo que los destinos de las personas están marcados, por más que uno se repita en su cabeza que el destino se lo forja uno mismo, yo creo que desde que nacemos están escritos. Fuimos a Johny Be Good, en lo personal no me gusta este bar porque no solo es caro sino que se llena de gente que pretende ser otra gente. Pero en fin, ya nos encontrábamos ahí. Sentadas en una mesa del lado izquierdo del lugar, nos pedimos nuestra respectiva consumición y empezamos nuestra noche. Debieron haber pasado dos horas, tuve la necesidad de ir al baño.

Saliendo, volviendo a mi mesa, veo que está ingresando por la puerta el, mi profesor. Simplemente me quede paralizada con la mirada fija en él, su reacción al verme fue saludarme con su mano en mi cintura. Leves charlas cordiales y cada uno siguió en la suya. Desde mi mesa se podía ver perfectamente la suya. Intercambiábamos miradas, me perdía las charlas de mis amigas por mirarlo a él y pensar en la extraña “coincidencia” que nos había puesto la vida.

La noche transcurría, seguía sentado con sus amigos, yo con las mías. Moría de ganas de hablarle, aun peor, moría de ganas de saber que sentía el al habernos encontrado ¿también querría hablar conmigo? Busque la manera estratégica de estar con él, lo único que se me ocurrió fue ir de vuelta al baño. Así que me dirigí ahí mirándolo, salí y a mi sorpresa estaba afuera

– Hola profe

– Por favor no me digas así, estamos en un ámbito social, ¿salimos a tomar aire?

– Vamos.

Afuera, la noche estaba fresca, poca gente en el lugar, podría decirse que meramente estábamos solos. Me comento que eran amigos suyos de rugby, de cuando el practicaba. Alardeando que había sido un gran jugador, uno de sus amigos sale diciéndole que algunos se iban porque sus mujeres los estaban esperando. El respondió que se volvía mas tarde en su auto. Siguió nuestra charla, yo me le acercaba cada vez unos milímetros más cerca. Sentía su perfume, era varonil, sexy, fuerte. Quería irme de ahí, pero no sabía cómo hacerlo. No quería propasarme, no quería que el pensara que yo solo quería eso, cuando en realidad quería tenerlo todo a él.

Esta vez fue el turno de mis amigas, salieron diciendo que se iban. Les respondí que porque, si la noche estaba hermosa, no quería irme. Mi profesor me dijo “deja yo te llevo” mi sonrisa era de oreja a oreja, las salude y nosotros nos sentamos a continuar nuestras conversaciones. Al cabo de una hora, el lugar se estaba vaciando, pago la cuenta y fuimos hasta su auto. Ya adentro tenía que hacer alguna jugada, lo único que se me ocurrió entre los nervios que tenía fue llevar al asiento de atrás mi campera y cartera, acercándome a él, lento, lo hice en cámara lenta, quería que él me tuviera cerca y sintiera mi esencia. Cuando regrese derecha a mi lugar lo mire, puso su mano en mi pierna, yo la tome y la lleve más arriba, a unos centímetros de mi entre pierna

– ¿A dónde te llevo?

– Decídalo usted

– Tengo una fantasía ¿me la cumplirías?

– Con muchas ganas

Fuimos al parque, se estaciono cerca del lago, me dijo que siempre quiso hacerlo acá al aire libre, en el parque, nunca en su juventud pudo y ahora de grande se le complicaba. Me dijo que era la chica perfecta para cumplirle ese sueño. Nos bajamos junto con una manta que tenía en el baúl.

Debió de notar lo tensa que estaba, me agarro la cara y me dijo que me relajara, que no pensara en nada ni nadie, solo estábamos nosotros dos. Me besó. Sentí un escalofrío en la nuca, el cuerpo me temblaba de nervios. Fue lo que siempre quise, y estaba ocurriendo. Opte por seguir su consejo y solo pensé en nosotros dos. Desprendía su camisa con lentitud, besaba su cuello y mordía su oreja. Era el, mi profesor, era yo, su alumna. Éramos nosotros.

Ya con la camisa desprendida pude ver un gran tatuaje que cubría su brazo derecho y parte de su hombro. Era un dragón, la cola le enrollaba el brazo. “Que sexy tatuaje” fueron las palabras que salieron de mi boca. Toqué su cuerpo y llegué a la hebilla del cinturón, lo desprendí y tome su pantalón con mis manos. Me arrodillé lentamente, a su vez bajaba su jean negro. Lo miré y le dije cuanto había deseado este momento. Comencé, le estaba practicando sexo oral. No había ruidos, nuevamente éramos solo nosotros. Su mástil duro ingresó en mi garganta. Era saborear aquellas charlas de historia, política, religión, música e inclusive fútbol que habíamos tenido. Era perfecto. Agarro mi angelical cara y acabo en mí. Se arrodillo a mi lado.

Me pidió desvestirme de espaldas, mientras mordía mi cuello y nuca. Casualmente llevaba una camisa también, la dejo caer besando mis hombros. Era éxtasis. Con su mano me empujó hacia el pasto con fuerza, dejándome en cuatro. Bajo mi pantalón y nuevamente mordió mis muslos. Era placer. Mis manos a pesar de la manta sentían el rocío del pasto, era energía que recargaba mi cuerpo. Sentí sus manos en mis caderas. Entro en mí. Seguía en mí, lo sentía en mí, era hermoso. Estuvimos un largo rato, cada vez más fuerte y rápido. Mis codos temblaron. Agarro mis rulos y los tiro con fuerza. Exhaló aire.

Me recosté boca arriba mirando el cielo, él se acostó sobre mí abrazándome. Era un niño, estaba feliz, tenía cara de relajado. Yo miraba las estrellas de aquel hermoso cielo despejado. Nos quedamos otro rato hasta que nos fuimos. Juramos jamás decir ni dar a entender nada. Lamentablemente esa noche murió, y jamás debió de haber existido. Todo lo vivido esta en nuestros más hermosos recuerdos.

Pero no hay que olvidar que mi carrera, es de cinco años y me lo crucé varias veces. ¿Saben lo que paso? Ni se lo imaginan…

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