Nostalgias de escuchar su risa loca
y sentir junto a mi boca, como
un fuego, su respiración.
Enrique Cadícamo

Por un momento estuvo en todos lados…

En la bombilla del mate; adentro del foco de 45w de la cocina; en el gorjeo herrumbroso que hacía la puerta al abrirse y cerrarse por el viento invisible; en las sábanas sucias de la cama deshecha; en el mapa de su rostro sobre la humedad de la pared; en esa nube pasajera que se desperezaba desnuda frente a la ventana, junto a las flores amarillas; en su estómago mismo que se le apretaba y se le dilataba como el corazón que tenía desteñido desde que no escuchó más su risa loca.

La añoranza le caía por las comisuras de los labios mientras se le hacía agua en la boca.

De a poco…

La melancolía, por su cintura estrecha, sus pechos verdes y su vulva de seda, se fue alejando como un caracol ciego, muy despacio pero indeclinablemente.

El anhelo de sentir su respiración como un fuego junto a su boca le fue dejando el lugar a un vacío silencioso como un pulpo en un barranco… en el fondo del mar.

La electricidad que le provocaba la evocación de su mirada se fue apagando como la luna en el día.

Lo único contundente que quedaba de ella era el olor que lo impregnaba todo, se zambullía por las pocas y escuetas habitaciones de la casa y amenazaba llegar hasta los lirios tristes del jardín. Un hedor ubicuo y omnisciente que se adhería a las cosas con uñas y dientes.

Puso el agua a calentar, no sabía si seguiría con el mate o si se haría un té de manzanilla para el ardor de las vísceras.

Entonces se decidió, había llegado el momento de olvidarla del todo.

Tomó un cuchillo, el más grande del cajón de la mesada, y se fue caminando entre lo vapores hasta la última habitación del pasillo, la que siempre tenía la puerta cerrada. Entró y se tuvo que tapar la nariz con una mano, súbitamente asqueado.

Ese cuarto no estaba amueblado, solo había un vetusto y fornido armario con un espejo trizado y unos ribetes con complejo de art nouveau. Abrió la puerta y la miasma fue insoportable y real.

Ella estaba ahí, en estado de descomposición. De su boca salían gusanos, no una risa loca ni una respiración de fuego; las cuencas de sus ojos estaban huecas y aun así lo miraban culpándolo; cada centímetro de ella estaba podrido, los huesos le empezaban a asomar entre la piel purulenta. El líquido cadavérico formaba un mar en calma chicha. El mosquerío llenó la habitación como estrellas en el cielo.

Ya no extrañaba, casi la había olvidado; sólo le quedaban vagos recuerdos de cómo la mujer había llegado hasta ahí; imágenes fragmentadas de un martillo cayendo sobre el cráneo de la mujer… Una, dos, tres veces. Luego arrastró el cuerpo laxo sobre el piso negro y amarillo hasta el ropero, las manchas de sangre seca aún marcaban el camino. Sintió un escalofrío de placer al acordarse del estertor de la chica explotando en su propia boca cuando le dio el ulterior beso de despedida.

La cortó en pedazos lo más rápido que pudo, vomitando repugnancia y bilis a cada instante; a pesar de la celeridad y las nauseas convulsas los tajos fueron certeros y efectivos. La muchacha quedó reducida a una montaña de humanidad corrupta, un puzzle pestilente que no se podría armar de manera correcta.

Guardó los restos en una valija vieja que estaba sobre el armario, la que usaban cuando iban a Mar del Plata con la familia.

Se había olvidado del agua sobre la hornalla, el silbido del vapor escapando lo llamaba cada vez más insistentemente.

Al final se hizo un té de boldo, sin azúcar.

Caviló…

Arrojaría la maleta con los despojos al zanjón que estaba a dos cuadras de su casa. Se propuso esperar el clímax de la noche para hacerlo.

Más tarde, en las inmediaciones del amanecer, buscaría a alguna mujer desconocida para poder sentir esa tristeza de tango con polillas. Buceando entre las sombras se le acercaría por detrás, en silencio; le apoyaría el cuchillo en los riñones susurrando la promesa de una muerte lenta si gritaba o intentaba escapar; luego la llevaría a su casa.

Hizo un repaso mental de todo lo que necesitaba: el cuchillo mellado y cómplice, una soga para atarla hasta dejarla en carne viva y un marcador -rojo indeleble- para dibujarle una risa loca en la mordaza que taparía su boca asustada.

Sentiría devoción, una adicción insoportable hacia ella; le prometería hacerla su Reina. Sería suya, le inventaría un nombre y lo murmuraría hasta gastarlo.

Pasados unos pocos días de amor expansivo tomaría el martillo… Uno, dos, tres golpes bastarían para sentir el fuego rojo de su respiración muriendo.

Le gustaba la nostalgia, sobre todo los días de lluvia cuando se llenaban las copas de los lirios cabizbajos y silentes con el agua de las nubes plateadas.

Se sintió feliz, pronto añoraría de vuelta.

Compartí, no seas paco