Generalizar es uno de mis peores defectos, pero para hablar “del mendocino” en general, es imposible no caer en el mismo. Y me quejo porque amo Mendoza, porque en estos últimos años he conocido gente maravillosa acá y porque quiero gastar mis años en esta provincia, pero no puedo dejar de “ver rojo” cuando pienso en aquellas características que nos convierten en una mierda de lugar, que opacan todo, que nos transforman en retrógrados pueblerinos bárbaros e inútiles. Éstos son algunos de esos detestables tips:

Defenestramos la cultura provincial.

Para el mendocino promedio nada de lo que se hace en Mendoza está bueno. Preferimos consumir todo de afuera, adulando el arte extranjero y ensalzando lo ajeno, muchas veces de pésima calidad. Todo lo que hace el artista o emprendedor mendocino es tildado de “berreta”, aún sin siquiera habernos tomado el tiempo de evaluar el producto final.

No apoyamos a nuestros compañeros/colegas, confrontamos y rivalizamos.

Entre los mismos colegas de un rubro nos hacemos mierda, fomentamos la competencia insana y el puterío. Además, al mendocino promedio le encanta rivalizar, fanatizarnos por algo estúpidamente y vapulear lo otro. Hay un ahínco caprichoso por la enemistad. Si te gusta esto no te puede gustar aquello, si sos esto, no poder ser eso otro. Todo acá son bandos.

Somos tacañas.

Las mendocinas no queremos pagar nada. No queremos pagar el boliche, no queremos pagar ninguna entrada, no queremos pagar un trago, no gastamos un centavo en entretenimiento nocturno. Publicamos en nuestro muro dónde queremos ir con ánimos de que alguien nos pase a buscar y nos deje en casa, haciendo que los pelotudos paguen hasta el pororó del cine.

Criticamos al que hace desde la comodidad y el confort.

El que no hace nada, no se equivoca nunca. Nos encanta defenestrar al que intenta. Y lo peor de todo es que cuando ese tipo tiene éxito, el mismo es siempre adjudicado a factores externos a su capacidad… herencia, falopa, suerte. Eso si… de acompañar ni en pedo, de fomentar mucho menos, de adular ni ahí.

Nos encanta figurar.

No importa si el lugar es lindo, si nos atienden bien, si los precios son justos, si el producto final es interesante, lo único que nos importa es estar, es sentirnos vigentes, es vernos en la foto, es creer que pertenecemos a una elite que nosotros mismos fabulamos. Élite de pelotudos.

Desconocemos de política.

Nos encanta discutir de política por redes sociales, encarnizarnos peleando, fanatizarnos a niveles supremos y hasta ofrecernos piñas en un debate. Ahora… no nos hablés de militar, no nos hablés de caminar la calle, no nos hablés de leer “la otra cara de la moneda” de lo que nos venden nuestros diarios, nuestros canales de tele o nuestros papitos. No nos hablés de razón, de imparcialidad u objetividad. ¿Y porqué? Porque no.

Somos histéricas.

Las mendocinas no bailamos, no charlamos, no te hacemos risas, no somos simpáticas, no somos buena onda, no creemos en la amistad entre el hombre y la mujer, no sabemos manejar la estupidez de un tipo, ni tampoco nos interesa si sos feo, o pobre, o no tenes onda. Si sos un “don nadie” no te damos ni la hora, ahora… si sos un cachito del ambiente, todo lo que hagas va a ser genial.

No conocemos Mendoza.

Los mendocinos viajamos mucho por el mundo, conocemos Chile, Brasil, Estados Unidos, el Caribe, Europa, etc. Ahora, ¿los Altos limpios? ¿La Laguna de la Niña encantada? ¿Dunas de el Nihuil? ¿Plaza de Mulas? ¿Laguna de Llancanelo? ¿Museo de Fader? ¿Termas de Cacheuta? ¿Bóvedas de Uspallata? ¿Laguna del Diamante? ¿Rama caída? ¿Puente del Inca? ¿Laguna del Rosario? ¿Castillos de Pincheira? ¿Cajón de los Arenales? ¿Observatorio Pierre Auger Sur? ¿donde mierda queda eso?… todo a menos de tres/cuatro horas de casita.

Somos tibios.

El mendocino no se la juega por nada, no nos animamos a nada, no nos copamos con nada, no le rendimos culto a nada, no generamos espacios, ni productos, ni características “de culto”, porque la paja nos consume. Avanzamos un poquito y luego retrocedemos, o nos quedamos en la nada. Somos grises, medio pelo, mediocres, tibios.

Nos masificamos.

Nos encanta ir donde estén todos. Donde compren todos, donde bailen todos, donde se bañen todos, donde gasten todos. No importa si nos quedamos afuera o tenemos que ser “el amigo de” para estar, simplemente nos encanta estar ahí, masificándonos, amontonándonos, sin siquiera rondar otros lugares o ambientes. Queremos justo lo que quieren todos.

De todas maneras es la provincia donde me tocó nacer, donde quiero vivir y ser feliz. La frase esa de que “nadie es profeta en su tierra” me parece de cuarta, una bosta. Creo que son “los menos” quienes logran que Mendoza tenga una esperanza y al sea un lugar relativamente “maravilloso”. Esos menos que invierten en Mendoza, que comparten, que apoyan, que fomentan, que acompañan, que le dan valor a lo “made in Mendoza”, que esperan, tienen esperanza y apuestan por su provincia. Esos menos son el motor de esta tierra atestada de conservadurismo, caretaje, falsedades e hipocresías a la orden del día.

¡Vivan los menos, carajo!

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