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– Hola pendeja ¿Qué haces?

– Hola bombón, llegando a casa, día largo ¿vos?

– Llegue de Chile hace tres días, nos compre un regalo

– ¿Un regalo? ¿Para nosotros? ¿Qué compraste?

– No te voy a decir, tendrás que verlo y sentirlo vos misma. Es para lo que nos quedó pendiente. Mañana te paso a buscar

– Dale, te estaré esperando.

“Sentir para saber, pecar para creer”

– Te extrañe durante mis vacaciones – dijo dándome un beso en el cuello.

– Yo también Claudio – ansiaba este momento. Mientras me recostaba junto a él en la cama.

– Por cierto, feliz cumpleaños – me susurro. – Nos compre un regalo en Chile, lo vi y pensé en vos, en nosotros, en lo que nos quedó pendiente aquella vez.

– No hacía falta ningún regalo – le dije.

– Espero que te guste y no me creas irrespetuoso, pero con vos siento que podría hacer cualquier cosa, con vos me siento de 20 años, me siento libre – comentó. – Sé cuánto te gustan las sorpresas – dijo entregándomelo.

Era una caja roja, con una cinta de color blanca que formaba un moño, la rompí y procedí a abrirla. “Kit Sexual” era lo que decía en un papel negro. Me sorprendí, lo mire a él con cara de perdida.

– Perdón, pero necesitaba probar esto con vos. Sos mi escape – dijo.

Saque aquel papel negro y mis manos comenzaron a transpirar. Era una colección de objetos, de juguetes eróticos. Había más de lo que mi poco conocimiento entendía, muchas cosas que no sabía que eran, ni para que servían. Estaba desorientada, pero a la vez encantada. La idea de probar algo nuevo encendía mi cerebro, mis manos seguían sudando.

– Entregate a mi – volvió a susurrarme al oído.

– No se, tengo miedo. Jamás he hecho algo como esto.

– Confiá en mí, te va a gustar

Saco de la caja un antifaz negro. – Claudio, quiero ver.

– No, no funciona así – me dijo. – Necesito que solo me sientas, que me dejes jugar con vos, te prometo que no voy a lastimarte.

Me recostó en la cama boca arriba. Me puso el antifaz negro y mi visión se perdió completamente. Estaba entregada a los cuatro sentidos restantes. Escuchaba que buscaba entre las cosas de la caja. Agarro mi mano y me hizo tocar algo metálico, frío, circular. Eran esposas. Me asuste, seguía teniendo miedo. El junto mis dos manos y las llevo arriba de mi cabeza. Me puso esas frías esposas enganchadas al respaldar de la cama. Había perdido defensa, estaba entregada a él. Ahora si podía hacer todo lo que quería, no tenía como negarme a sus deseos. Ya me había quitado mi remera, por lo que solo quedaba esposada, vendada y en corpiño. Recuerdo que era de color verde manzana. Pero aun así seguía con miedo, y a la expectativa.

Desato los cordones de mis zapatillas, las retiro. Siguió con el pantalón. Sentí una brisa fría en mis piernas. Pero a la vez sus grandes manos me daban calor mientras me tocaba los muslos. Siguió subiendo, pero esta vez con su boca. Beso mi entrepierna sobre la tela de la bombacha. Negra también recuerdo. Fue inesperado, no pude moverme. No pude ver, pero si sentirlo. Comencé a tener calor.

Nuevamente sus manos tocaban mis piernas, eran cosquillas lo que mi cuerpo recibía. Llego hasta mi ropa interior y la saco. Ahora sí, desnuda, indefensa, con miedo y excitación. Escuche el cierre de su pantalón bajándose.

– ¿Qué haces? Yo también tengo calor – dijo – Y hablando de calor, vamos a jugar con él. – Bajó las escaleras en busca de algo, no me quiso decir que, al cabo de unos segundos regreso y se subió encima de mí. Empezó a besarme, agarro mi cara y abrió mi boca, metió su lengua profundo. Mordía mis labios con fuerza. Sabía cuándo me gustan las mordidas. Lo que sentí después, fue más que inesperado. Se metió un hielo en su boca y lo paso por mi cuello. Seguía esposada, seguía sin vista, pero seguía sintiendo. Incline mi cabeza hacia atrás, le deje mi cuello a él. Jugo conmigo, el calor que producía mi cuerpo se concentró en aquella zona, el frío del agua congelada combinada con el calor creaban mezclas químicas excitantes. El hilo se derretía, y caía agua hacia mis hombros, mi cuerpo sentía temperaturas distintas. Jugaba por mis pechos pero sin sacar el corpiño. Me hizo desear. Me hizo calentarme con el frío. Supo hacer eso.

– ¿Te gusta?

– Me encanta – suspire casi sin voz.

Bajo hasta mis piernas y pasaba aquel congelado cubo de hielo por cada centímetro de piel. Las abrió, me sentí húmeda, excitada.

– Como me gustas pendeja

Volvió a meterse hielo en su boca y esta vez roso mi vulva. Ay señor… ¡que placer! Sentir el frío por mi caliente clítoris era sensaciones jamás vividas. Lo refregaba de arriba abajo, sentía su aliento sobre el hielo, agua líquida era lo que quedaba. El hielo se disolvió. Su boca y su barba rasposa eran los en cargados de seguir. Su lengua fría me penetraba. Yo, aun sin poder moverme entraba en desesperación. Sentía que iba a explotar. Cada vez más húmeda, con la vista nublada. Sus manos en mis caderas y su cara hundida en mi entrepierna. Era espectacular.

“Sentir para saber, pecar para creer”

Se arrodillo y siguió buscando cosas en la caja. – Esto es nuevo, jamás lo he usado, quiero creer que vos tampoco – dijo.

– ¿Qué es Claudio? Deja no me digas, seguí por favor, seguí que no resisto más.

Rompió una caja y sentí su mástil en mí, duro, con fuerza. Fue tan inesperado que me dolió aquella sorpresa. No podía tocarlo, no podía tocarme. Estaba inmóvil, seguía indefensa, pero excitada. No recuerdo en que momento sentí que vibraba algo en mí. ¿Qué era eso? Era una sensación desconocida, me hacía cosquillas, pero a la vez mi cuerpo entraba en trance. El seguía penetrándome, pero a la vez vibrando. Una sensación única. Mis piernas comenzaron a temblar también. ¿Qué pasaba? Yo exhalaba aire, me costaba respirar con profundidad. – Dios, ¿Qué estás haciendo? Dios Claudio – Él seguía con más fuerza.

Yo agarraba las esposas con mis manos transpiradas. Quería liberarme, no podía, seguía intentando, mis manos mojadas no lograban librar aquellos círculos metálicos. Él avanzaba. – ¡Ay!, por favor seguí – le suspiraba. Sentía que mis brazos se adormecían, pero a la vez sentía que mi vulva iba a estallar, en cualquier momento iba a acabar. Era éxtasis puro.

Yo no podía ver, giraba mi cabeza de izquierda a derecha. Transpiraba, transpiraba mucho. Estaba en desesperación. Sentía algo distinto. – ¿Si? te gusta ¿no es cierto pendeja? – Él seguía. Fue entonces cuando gemí, una y otra vez.

– Más, quiero más – le decía con voz excitante. – Más rápido, más fuerte – no me podía controlar, no me quería controlar, gemía, seguía. Estaba fuera de mí. Él continuaba. Cada vez más fuerte, mi cuerpo temblaba, mi entre pierna vibraba. Claudio continuo penetrándome duramente, se movía a velocidades inexplicables. Me tenía agarrada de los hombros y el cuello. Seguía respirando fuera de sí, cada vez con respiraciones más rápidas. Las vibraciones, sus movimientos, mis gemidos, nos hicimos un mismo son. Estábamos volando. No dábamos mas, sentía que me venía, sentía que él se venía. Fue cuando grite – ¡Claudio! – y acabé. Exhale todo el aire que tenía. Mis brazos tensos se relajaron. Mi cabeza se apoyó en la cama quedándose hacia atrás. Mis piernas habían dejado de temblar.

Mi cuerpo estaba débil, no podía reaccionar. Jamás me habían hecho sentir algo como aquel día. Estaba transpirada, tenía sed. Claudio me desprendió las esposas y saco el antifaz de mis ojos. La claridad de mi vista se tornó a él y sus claros ojos. Me abrazo recostado arriba mío. Susurro en mí oído

– Esto es solo algo de lo que hay en la caja. Quiero que seas mía para siempre pendeja.

No podía hablar, estaba volando en alguna nube del cielo más lindo que toque. Mi cuerpo había visitado aquel infierno y solo quería relajarse ahora. Había sido nuestra visita pendiente, nuestros juegos pendientes. Pude notar por la cantidad de cosas en aquella caja que aún nos quedaban varias sesiones interactivas más.

“Sentir para saber, pecar para creer”

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