A Carla no la ponía de humor que se tuviese que quedar sola en el trabajo, el único día del año en que se trabajaba de corrido. Era el día de nochebuena, en este rincón del continente en donde se come comida de invierno en pleno verano, con más de 30 grados de calor y el aire acondicionado a más no poder. Los planes ya estaban hechos. Cerrar el local a las 18, pasar por la casa de su jefa y dejarle la llave, y de ahí la libertad hasta el lunes, cuatro días después. Al llegar a su casa ya sabía con lo que se iba a encontrar, un jardín hecho en el patio improvisado que había montado en su dúplex, en el lugar donde la inmobiliaria le había dicho que estaba la lavandería.

Solo tenía muchos cactus y algunas jaulas con canarios que tenían la extraña costumbre de bañarse cada vez que ella los iba a ver.

“Otra navidad sola” pensó, ya resignada a repetir la suerte del año anterior. No es que estaba sola en el mundo, pero evitaba a toda costa la frivolidad de su familia, que cada vez que se juntaba, le hacían alguna pregunta o comentario desubicado y fuera de lugar. La tranquilidad es más importante.

17.30. Solo media hora más. Los planes ya estaban hechos, la comida congelada de su madre, varias películas no vistas de su videoteca, y medio kilo de helado en el freezer iban a ser los planes para la noche.

Hizo unas cuantas ventas insignificantes, y se decidió a cerrar, puntual a las 18. En un gesto de extraordinaria rareza, cuando llegó a la casa de su jefa, ésta le regaló un pan dulce y una sidra, y le ofreció amablemente que se quedara a comer con su familia, que se iba a reunir entera para la ocasión. Ante la negativa y una breve charla para no quedar tan mal, partió de la casa de su jefa a su departamento en pleno centro.

En el momento en que prendió la televisión para entrar en ambiente, pleno día y plena soledad, sonó el timbre.

– ¿Malena? ¡Sos vos! Soy Esteban Lucca, ¿cómo estás?, Le dijo el muchacho que se encontró cuando abrió la puerta. Más o menos de su misma edad, rubio, alto y vestido bastante normal, se le abalanzó encima y le dio un abrazo, de esos que no se olvidan nunca.

– Quería darte una sorpresa y para no esperar a que me abrieses el portero, esperé a que entrase alguien y me colé, sin que se notara, le dijo el hombre, visiblemente más emocionado que ella.

– Me parece que te equivocaste de persona, me llamo Carla, no Malena, salí de acá, desubicado, le dijo ella, muy molesta y extrañada por la situación.

– No puede ser. Sos igual a ella, hasta me aseguré de fuese la dirección correcta, mirá esta foto, ¡no me digas que no sos parecida!, Y acto seguido, el muchacho sacó de una mochila una foto a color de dos niños de unos 8 años, una nena sentada en un columpio y un nene empujándola, en un paisaje con una montaña atrás. En el reverso de la foto decía “Tupungato 1995, Esteban y Malena”. El parecido era indiscutible, esa nena era muy parecida a ella misma cuando tenía esa edad, pero habían pequeñas marcas propias que ella no lograba encontrar en la pequeña de la foto.

– Soy muy parecida, es cierto, pero lamento decirte que no soy yo la de la foto, tampoco conozco a ningún Esteban Lucca, te has equivocado de persona, le dijo Carla, de un modo un poco más comprensivo con el muchacho.

– Yo tenía la esperanza de encontrarla, realmente lo creía, pero supongo que los tontos deseos de un niño en navidad no siempre se pueden hacer realidad. Quizá sea cierto lo que Malena me dijo la última vez que la vi, hacen varios años, que dejase de tratar de estar con ella y que no quería que la buscase más, que quería ser y morir libre. Disculpa la molestia, me voy por donde vine, mi primera navidad solo, le respondió él, claramente triste y solitario.

En ese momento Carla verdaderamente se sintió mal por el muchacho, que realmente no tenía la culpa de no haber encontrado a esa que tanto buscaba. Supuso que quizá la navidad no fuese tan mala si dos personas solitarias la compartían, y a pesar de que para ella no era su primera navidad sola, para él sí lo era.

Lo invitó amablemente a entrar y compartir al menos la cena, y después de varias negativas sin demasiada insistencia, él aceptó. Lo primero que hizo cuando entró al departamento fue sacar de la mochila unos paquetes de turrones y garrapiñadas

– A Malena nunca le gustó el pan dulce, por eso no traje, pero algo es algo, ¿no? Le dijo él de una manera muy sencilla

– No me molesta, tengo un plan de películas que espero te gusten, le dijo ella.

Y así pasaron la nochebuena, dos extraños compartiendo por primera vez. Él le habló de toda su historia con Malena, que nunca había sido una historia muy amorosa, sino más bien de compañía, y de cómo esa navidad lo único que le quedaba era buscarla a ella porque hacía poco tiempo que su madre, única familiar que tenía, había muerto. Ella le contó como prefería evitar a su familia que lo único que hacía era hacerla sentir mal y llorar, y de los canarios que solo se bañaban cuando la veían.

Amaneció y la última película terminó, y en ese momento Esteban le agradeció de todo corazón la noche de compañía que pasaron. Se despidieron como sabiendo que nunca más se iban a ver, y Carla, sin pensar, le dio un beso en la boca. Él le correspondió, la miró dulcemente y se fue.

El año viejo se fue y el nuevo trajo consigo algunas desilusiones amorosas, viajes inesperados y emociones fuertes, y así como el anterior se fue, el nuevo envejeció y volvió la navidad, para la cual Carla tenía el mismo plan de siempre, la comida congelada, las películas y el helado. Cuando llegó a su departamento a eso de las 19.30 de la nochebuena, los canarios misteriosamente dejaron de bañarse y comenzaron a cantar, algo que la extrañó de sobremanera. No le dio demasiada importancia y justamente en ese momento sonó el timbre. Cuando abrió vio a Esteban en la puerta, con una caja.

– Esta vez te estoy buscando a vos, traje pan dulce y sidra, le dijo, visiblemente emocionado.

– ¿Y qué pasó con Malena? ¿La encontraste al final? Le dijo ella

– Ella murió hace un tiempo, quizá no tenía que ser, pero bueno en fin, acá estoy ahora, es todo lo que me importa, le dijo él

– Nunca lo hubiese imaginado. Los canarios empezaron a cantar, le dijo ella.

– ¿Viste? Son animales inteligentes, quizá podríamos evitar el hecho de irme y quedarme un poco más que el año pasado, para ver si les cambia el humor.

– No tengo listo el café todavía, le respondió Carla

– Siempre hay tiempo para preparar el café, quizá para lo que uno no está preparado es para otras cosas, igual a este punto tenía imaginado lo que iba a decir pero ya honestamente me quedé en blanco. Ah! ¿Estás sola? Le dijo él.

– Ya no. Y acto seguido ella se le abalanzó encima y lo besó.

La caja quedó en el piso, pero desde entonces los canarios no dejaron de cantar. La soledad ya no existía si ellos estaban juntos. Era momento de darse una oportunidad.

Compartí, no seas paco