La sangre es más espesa que el agua. Y cuando se seca deja mancha.

Debí haberlo sabido. Debí haberlo sabido.

Cierro los ojos y no puedo olvidar como fue que esa mancha roja se hizo en la calle. Porque las lágrimas que lloré junto a las grandes manchas rojas se fueron, se secaron. Y nadie sabe qué pasó con ellas o siquiera que existieron.

Debí haberlo sabido. Debí haberlo pensado.

No me puedo ir de esta maldita casa. Que cada vez que pasó veo la sangre, ya seca, en el medio del hormigón de la calle. No es asfalto. No lo es.

Ahora debe estar en un mejor lugar supongo. Nadie me aviso de que algo así te destruía desde tus cimientos, te pegaba donde más duele.

En la otra calle las frenadas que di con la camioneta, las taparon con asfalto días después. Solo yo sé que hay ahí. Es como la mancha del corrector en la hoja. Todos saben que ocurrió un error, que alguien emparcho. Pero la sangre en la calle, enfrente de mi casa no se borra.

Cada vez que veo esas salpicaduras me congelo. Sé que yo quizá fui la culpable. Nunca pensé que todo iba a terminar conmigo llorando ante el cuerpo ya sin vida de ella. No es justo. Nunca lo es.

Debo echar agua oxigenada. Debí haber sabido lo que podía pasar.

Es una mancha que se queda en la calle, también en mi alma. ¿Porque? ¿¿¿¡¡¡Porque!!!??? No es justo.

Cada día que pase, más allá de los que ya han pasado, es otro auto, otra moto, otro camión que con sus ruedas pisa la calle. La que ahora tiene solo las manchas de su sangre. Las manchas que se mezclaron con mi dolor, con los pedazos que quedaron de mi alma. Porque después de las lágrimas todavía quedan ganas de seguir llorando.

Y no me puedo ir de este maldito lugar. No puedo. Quisiera, pero no puedo. Quizá esa sea, después de todo, su venganza final. Amarme tanto, morir por mí.

Quiero irme pero no puedo. La sangre es más espesa que el agua.

Compartí, no seas paco