En el vestuario se respiraba desazón y a la vez expectativa. La casi decena de elefantes se preparaban reflexivos sobre sus poltronas. De alguna forma, cómo todo los años, este año no debía ser uno más.

El más viejo de todos, Johanus, tenía a sus espaldas el afiche de Heribertus Pakidermus, el gran héroe. Según cuenta la leyenda, estuvo a punto de vencer. De acabar con la ignominia. Y como descendiente de la vaya a saber que generación, le tocaba el dudoso honor de sentarse en su sitial, porque el tiempo le había quitado el rótulo de mero sitio a la raída poltrona.

Detrás de las puertas y ventanas se escuchaba el gentío del estadio. Hacía dos horas que abrieron las puertas, y ya se llenaba. Todos los años, insisto, todos los años era lo mismo. Meses de preparación, afiches, campañas, marchas y arengas en busca de los mejores. Pero al día siguiente, probablemente y con toda seguridad, volvería a cero.

Al abrirse la puerta de acceso al vestuario, entraron más de veinte paquidermos, acompañados del entrenador. Otro descendiente de Heribertus, pero con un gesto más determinado que el viejo jugador.

– Bueno muchachos. Llegó la cita dorada. El fin de un año de trabajo.- comenzó la arenga. – Cómo siempre, debo recordarles la historia. Incontables generaciones de esas despreciables criaturas vienen gozándonos. Y esto se tiene que acabar. Nuestro espíritu, nuestra fuerza, nuestra determinación no son suficiente. Tenemos que sentir la gloria de nuestros antepasados antes de la primera caída, cuando nada podía romper nuestra unión, y a la vez rompíamos la de nuestros enemigos.

Afuera, un estridente griterío señaló el ingreso del equipo enemigo. El ya muy gastado cielorraso se descascaró un poco más. Unos segundos pasaron, y las columnas cimbraron. Los gritos de de los nuestros -uhm, uhm, uhm, uhm, … -cómo un gran llamado a la batalla insuflaba el amor propio. – Llegó la hora. A demostrarles que no por algo somos los más grandes de la Naturaleza. Por algo fuimos nosotros y no los humanos los sobrevivientes a la extinción de los mamíferos.

Johanes Pakidermus se puso de pie. Silencioso y con la grandeza de su estirpe caminó a la puerta de ingreso a la arena. Detrás veníamos todos, los más viejos primero y los jóvenes después. Y recitábamos Uhmm, Uhmmm, Uhmmm acompañando a nuestra hinchada.

Y en la tarima de acceso a la cancha se nos vino la historia con forma de graderías a nuestras cabezas, con las luces encandilando los ojos allá arriba en el cielo.

El primer elefante, decidido, apoyó con cuidado los pies y empezó su movimiento, a la vez que el cántico de nuestros enemigos se iniciaba, coreado por todo el estadio, compitiendo por la dominación mundial de los elefantes y las arañas.

– Un elefante, se balanceaba…

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