«Yo sé todo lo que haces. Sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca». Ap. 3. 15-16

Advertencia: Nota no apta sensibleros, animalistas, pachamamistas tardíos y afeminados en general. Todavía tiene la oportunidad de no arruinarse el día, úsela; caso contrario, dispóngase a leer verdades que probablemente no le agraden.

No es ninguna novedad que el mundo de mierda que nos ha tocado tiene las prioridades y los valores algo -mucho- alterados. Por no decir que hay una caterva de alienados con su cotidianeidad económica resuelta que no tiene mejor idea que invertir el tiempo que les sobra en soliviantarse por “causas” cuya trivialidad deja muy poco espacio para el respeto. ¡Y vaya si el animalismo es una de ellas!

Claro está que si una norma jurídica puede decir que alguien con pito es mujer solo porque se viste como tal y dice sentirse así y, para colmo del ridículo, que todo el resto estamos obligados a tratarlo de acuerdo a dicho sentir, pues no extraña que también se puedan inventar derechos sin más argumentos que la emocionalidad desbordada de algún grupo reducido pero relativamente ruidoso de personas alegando que quieren reconocimiento legal por nociones que acaban de inventarse. Total, si ya hemos renunciado al análisis crítico de los posicionamientos de las minorías en pos de no movernos un milímetro de los mandamientos de la corrección política, que más da condenar como homicida a quien mata un guanaco o declarar “persona no humana” (a la mierda con el principio de no contradicción) a un orangután. Solo falta que nombren cónsul a un caballo o manden a sanar a la tripulación de un barco para que podamos pasar de la actual sonrisa conmiserativa a la carcajada.

Sí, ya sé que ahora van a salir los orgullosos dueños de gatitos y loritos a putearme; rabiosos como perros cada vez que alguien osa preguntarse o rechazar con algo de vehemencia que la sociedad malgaste sus esfuerzos y recursos en atender al presunto bienestar animal en lugar de hacerlo con el de las personas. Y no, no alcanza con argüir que no cuestionan que las necesidades humanas están primero, porque solo queda en un nominalismo vacío si acto seguido pretenden que el estado se ponga con la plata para que sus asociaciones funcionen. Lamento tener que recordarles que los recursos son finitos y si se elije gastar en un objetivo, se renuncia a otro; si se gasta en los animales, se quita plata a las personas. El costo de oportunidad no tiene grises, que se le va a hacer.

Sin embargo, y a pesar de que echen espuma por la boca, hay que decirlo de una buena vez, fuerte y claro: Los animales no son personas (ni pueden serlo), ergo no tiene derecho alguno a absolutamente NADA y a nadie le es moralmente lícito distraer recursos escasos para atender solo a salvaguardarlos. No somos equivalentes, los humanos no somos solo una especie más (inserte acusación especista aquí) y las categorías que empleamos para juzgar nuestros actos solo aplican cuando tienen por objetivo otro ser humano, cualquiera sea su condición. Es decir, no se puede calificar de manera criminal, con acusaciones de asesinato o semejantes, a quien mata un animal por la razón que sea. Más aún, jurídicamente los lindos bichitos que habitan este planeta son COSAS, por eso se pueden comprar y vender (qué raro cuando los defensores de los animales los equiparan con humanos pero igual compran mascotas y se dicen sus dueños ¿no? A ver si se deciden).

Y esta calificación jurídica no es arbitraria: Tiene su fundamento en el espíritu y la inteligencia humana, en la libertad con que contamos los humanos para elegir nuestro destino y de la que carecen in totum (tanto en acto como en potencia) el resto de las especies, inconscientes de su propia existencia e incapaces de cualquier mínimo ejercicio de libertad; solo se limitan a hacer lo que les dicta su instinto, a actuar llevados por el impulso natural y a cumplir con su destino sin posibilidad de apartarse de él.

Por lo tanto, los humanos estamos legitimados a disponer de la vida y existencia de las demás especies que habitan el planeta conforme sea nuestro deseo: Podemos domesticarlas y usarlas como animales de tiro o carga, podemos usarlos para correr carreras, podemos emplearlos para hacer experimentos médicos que eventualmente pueden salvar vidas humanas (a ver quien tiene las pelotas bien puestas para oponerse a esto) o, podemos matarlos hasta la extinción por mero placer o diversión, y todas esas acciones son igualmente válidas y justas. Y lo son porque la DIGNIDAD de nuestra especie es distinta a las de las demás, es especialísima, única y superior a la del resto de seres que habitan nuestro ecosistema.

Hechas todas estas aclaraciones, paso a dejarles algunas características de los grupos bicheros:

1 – Fundamentalismo: Es común en casi todos, aunque la disimulen bajo el barniz de una dialéctica tolerante. Cualquier acción que afecte negativamente a un animal está mal sin importar que al mismo tiempo mejore el bienestar de determinados grupos de personas y habla a las claras de la podredumbre de la raza humana que, si se extingue, mejor para el puto planeta porque no nos necesita. Un ejemplo del cruel rostro bifronte de estos antipáticos hippies es la prohibición de la venta del marfil acumulado que le imponen las multinacionales animalistas a naciones africanas a sabiendas de las condiciones famélicas en que vive una parte de su población y de que dichos ingresos podrían ayudar a los gobiernos y poblaciones locales a mejorar su vida, poco o mucho, da igual. Recalco lo vomitivo y representativo que resulta este caso porque muestra como se pueden deformar los más elementales principios morales del hombre.

Aunque vivimos atravesados de tragedias humanas, los indignados decidieron que era más importante agredir y escrachar la casa del tipo que quemó un perro, dar públicamente su nombre y el de su mujer y sus datos personales, pintarles amenazas en la vereda, llenar de basura la puerta de su casa y, si les daban un tiempo más, le prendían fuego a toda la manzana para asegurarse que no escaparan con vida. Todo un desborde de locura que, si se considera inaceptable en muchas otras situaciones enormemente más graves, cuanto más debería serlo en este caso, donde por más brutal que pueda parecer el acto, sigue siendo un animal.

A ver mis manfloros: Si están tan descolocados emocionalmente como para creer que los humanos tenemos que priorizar el cuidado de la codorniz plateada de Kiribati o del macaco amarillo de Groenlandia, lo lamento por ustedes y por quienes tengan la desgracia de rodearlos, pero la mayoría de las especies se puede extinguir y la naturaleza ni se mosquea. Basta indagar en la prehistoria para ver como cuando unas desaparecen, otras las reemplazan sin tanto alboroto.

2 – Panteísmo: Ejemplo paradigmático de panteísmo es la película Siete años en el Tíbet; los monjes budistas se arrodillan y rezan por el ¿alma..? de las lombrices que matan quienes excavan los cimientos de unos muros. Confunden a Dios con las cosas, incurren en el error de considerar que todo es sagrado y no distinguen los distintos ordenes de vida existentes. Este error filosófico los induce a la mala analogía: pretenden comparar la crueldad ejercida hacia ciertos grupos humanos en diversos momentos históricos (los esclavos por ejemplo) con las corridas de toros. Y no señoritos, no sean mermos, no tiene una carajo que ver una cosa con la otra.

3 – Progresismo bien pensante: Las minorías, todas, tiene razón hasta que alguien demuestre lo contrario, no importa que tan absurdo y delirante sea su reclamo, no importa a cuantas familias afecte, ni las tradiciones culturales que se pisoteen, hay que prohibir todo lo que les haga sentir mal, aunque ellos no reparen un ápice en los deseos y sentimientos de sus conciudadanos. Han gastado mares de tinta en separar la moral del derecho y de toda conceptualización humana y como sucedáneo nos ofrecen su mariconería berreta con especias inferiores.

4 – Esnobismo: Se arrancan los pelos de la furia y se suman a cualquier campaña de moda en contra del padecimiento de los rinocerontes, los pandas, y cuanto animalejo hayan visto en los documentales del Discovery Channel o bien por los perros, gatos o caballos que encuentran en las dos cuadras a la redonda de su casa (límite físico y mental de su mundo), pero no ven que el bienestar del que disfrutan solo es posible gracias a avance de nuestra civilización sobre los espacios previamente ocupados por otras especies. Todo lo que tenemos es gracias a la destrucción y desaparición, ya no de unos cuantos animalitos raros, sino de todo un ecosistema en su conjunto. Pero como su sensibilidad es ordinaria y superficial, solo desarrollan sentimientos hacia los animales que los rodean mientras que para sostener su modo de vida acomodado se precisa de sistemas de producción agropecuaria e industrial que arrasan con la naturaleza (y sus especies) en todas sus formas. Pero bueno che, no seamos tan pedigüeños que eso ocurre allá, muy lejos, donde no llega la señal 4G del celu.

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