Encontré a Gerardo sentado en la Plaza Sarmiento, con la mirada perdida en alguna parte de la esquina de Federico Moreno y Buenos Aires. Después de la tercera vez que le grité, me miró y esbozo una leve sonrisa. Le pregunté si estaba bien, y si bien dijo que si, su rostro estaba desfigurado por el llanto.

Luego de una charla en un café cercano me relató el frío infierno en el que encontraba. Había salido con un tipo particular de mujer. Una que desprecia al varón heterosexual, pero que amaba con la misma intensidad que odiaba. De nombre Mabel.

Construí este relato en primera persona, en los retazos que me confesó que le dijo a su Psiquiatra.

***

Entré al consultorio del psiquiatra con mucha aprehensión. No era fácil tener que contarle lo que pujaba desde adentro para salir. Y mi intención era hacer salir los detalles más profundos. La cosa venía desde abajo.

Después de los saludos protocolares me recosté en el sofá y comencé a desmadejar el enredo que me carcomía.

– “Estaba yo tomando un café en la vereda cerca de la Legislatura, muy tranquilo cuando pasó a un costado la marcha de Ni Una Menos. Y allí fue cuando la vi. Su belleza no era del común. Así como sus maneras. O su aspecto. Para explicárselo de una manera más clara: todos tenemos fetiches, doctor, ¡ella juntaba todos los míos!

Mi gritó en la cara: “machete al machote”. Y su violencia reflotó las veces que veía videos Fendom en RedTube. Estaba con el torso descubierto, con su bello busto cruzado con escritura, y movió ese deseo de verlas tal cual son en la calle. Sus axilas sin depilar, movió mi lado salvaje. Media cabeza rapada, pelo que llevaba un par de días sin lavar y el aliento…. Fue la frutilla del postre.

Empecé a militar en cuanta agrupación tuviera siquiera que ver con los reclamos de ese grupo de mujeres. Hasta que la vi, y la encaré.

Recuerdo que la saludé, y ya de entrada fui sacudido por su aspecto. Pantalones anchos, raídos. Borcegos sin lustrar. Un remera muy por sobre su talle y sin corpiño. La endulcé con elogios a su lucha por los derechos de las mujeres y su fastidio hacia mí se intensificó. Cada gesto de profundo desprecio hacia mi persona no hacía más que intensificar mi deseo.

Accedió a tomarse un café, luego que la convencí de mi sinceridad respecto a que quería cuestionar mis privilegios de varón heteropatriarcal. Obvio, que el café lo elegiría ella.

Una cosa llevó a la otra y terminamos en la puerta del edificio donde ella vivía. Al terminar una interminable retahíla de frases hechas, respecto a las bondades de una ginarquía frente al oprobioso patriarcado dominante, hizo un resoplido, entornó los ojos y miró hacia el cielo. El fastidio que sentía me provocó la enésima erección de la noche.

– ¿Querés pasar? –dijo, a lo que accedí. No usaba desodorante, lo que su olor a transpiración inundó mis fosas nasales mientras subíamos en el ascensor. Ya estaba aturdido por la excitación. Me imaginaba hundiendo mi nariz en las peludas axilas y el amigo se endureció más.

– No te creas que vas a tener sexo. -dijo- Considero la penetración como una herramienta del patriarcado.

– Te propongo algo – dije, ya algo urgido – apaguemos la luz, y saquémosnos la ropa, y veamos qué pasa.

La cara se le cayó del fastidio, pero le brillaron los ojos.

Vivía en un mono ambiente totalmente desordenado, con un colchón sobre el piso. Había libros por todas partes y un olor rancio te golpeaba la cara apenas entraba. Ella apagó la luz ni bien cerró la puerta de entrada. Escuché la ropa de ella deslizarse y caer. Yo me saqué todo lo rápido que pude la mía. Y empezamos a besarnos mientras nos dejábamos caer en el colchón.

Al principio fue todo como tenía que ser. Caricias, besos, mordidas. Yo metí la nariz en sus axilas, entre sus pechos, en su ingle. Ella se dejaba. Hasta que sentí que me ataba las manos, y luego los pies. Parte de algún fetiche suyo, pensé.

Y luego la cosa se dio vuelta…..”

– ¿Cómo que se dio vuelta? –preguntó el psiquiatra luego de cinco minutos donde yo estaba apretando los dientes y clavando las uñas en el sofá – ¿Se echó atrás?

– No, doctor, se dio vuelta la situación. Ella me había atado las manos y los pies, y yo dejándome llevar terminé en cuatro mirando hacia la cabecera de la cama. Ella prendió una luces rojas que tenía en sobre los ladrillos que hacían de mesa de luz, y se puso uno de esos consoladores con arneses que se ponen en la cintura, Strapon se llaman, o cinturonga leí por ahí en Face.

– ¿Y que pasó después? –dijo el Doctor luego de otros cinco minutos de silencio.

Pasaron otros cinco minutos de tanta tensión que me dolían los maxilares.

– Necesito que exprese eso que lo tiene tan tenso.

Como pude empecé a hablar – Fui bombeado como si ella estuviese sacando agua y ordeñado como una vaca, mejor dicho, como un toro, no sé cuánto tiempo mientras gritaba frases feminazis como “Machete al machote”, “Machirulo, es mío tu culo”, “Ante la duda, viuda”, “Te voy a dar Josefa Garrote Postizo”, y soltaba una risa de histérica, como la de María Elena Fuseneco. Y yo mordía una almohada vieja con olor a pelo sucio.

Cuando estaba medio ido por tanto traqueteo, me soltó, con un hilo sizal me ato la pasa en que se había convertido mi amigo de tanto largar semen por la estimulación prostática, se sentó sobre mi cara y me obligó a hacerle un cunníngulus. Cada vez que paraba por el cansancio tiraba fuerte de mi amiguito. Creo que acabó dos o tres veces gritando tan fuerte que golpeaban las paredes y el techo los vecinos del edificio.

Desperté enroscado como un perro sobre el cerámico, y ella dormía roncando extendida boca arriba, ocupando todo él colchón.

Anduve varios días con dolores de pene, ano y piernas. No podía dormir de la impresión que me dejó, y porque cada vez que me acordaba nacía una erección, pero muy dolorosa por el estado en que quedó el miembro.

– ¿La ha vuelto a ver? – interrumpió el facultativo mi lastimero sollozo.

– Si, un par de veces. Un beso en la boca y un cachetazo en la cara cada vez. Y al despedirse un manotazo en las nalgas.

– Es claro indicio de una relación destructiva. Creo que debe alejarse.

– Pero Doctor- solté un llanto desconsolado-nunca había vivido algo tan intenso.”

Hace tres meses que se fue a un encuentro de mujeres en algún punto de la Argentina. Nada puede reemplazarla. Probé escabullirme en el zoológico con una loca y hacerlo al lado de la jaula de los monos, pero el amigo ni se movió. Convencí a un par de travestis en la cuarta, pero justo me agarró la policía cuando me saltaba la reja del Zoo por atrás. Vago cabizbajo por la ciudad. Temo no volverla a ver, puesto que subió de la mano de una compañera de lucha al colectivo.

Los remedios que me recetó el doc me dejan la boca seca y me estriñen. Y cuando voy al baño lloro por el esfuerzo y la tristeza.

***

Gerardo vaga por las plazas de la cuarta sección, donde habita una pensión maloliente. Me pidió que al final de la nota escribiera estas líneas:

“Mabel, volvé. Te extraño demasiado. Prometo encargarme de tu ropa y tu departamento. Pero volvé”.

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