sonámbulo - copia

Cerré mis ojos.

Abrí mis ojos.

La noche fría en lienzo de estrellas sin nubes recibieron  mi confundida vista de despertares. Lentamente me incorporé para descubrirme otra vez en un extraño lugar. Vestido con mi pijama a rayas finas de celeste color sobre un blanco fondo, salpicado en gordas manchas de sangre secas, intuí que de un propio origen. Descalzo y con mi vejiga llena. Con la sensación de haber caído desde un lugar muy alto miré a mi alrededor, no había un sitio más alto. El brillo del neón y esa sensación de soledad en medio de la ciudad me indicaban que me encontraba en la terraza de algún edificio. Me aproximé al borde y lo confirmé mirando hacia abajo. Como un cordón de luces se dibujaban las calles iluminadas hasta el horizonte de oscuro recorte entre las figuras de edificios de diversas formas. Autos, árboles y personas, las más cercanas se diferenciaban inmersas en sus rutinas de madrugadas existir. El frio en mis pies de dedos raspados me recordó que buscara el resguardo más que explicaciones.

Abrí mis ojos.

Suavidad de hierba cobijaba el peso del cuerpo  con su humedad. Otra noche. Cielo sincero, abierto de par en par con variedad de matices en las profundidades de su belleza. Enorme luna dominante hacia la línea del infinito. Solitaria y diminuta alguna nube navega muy lento hacia ningún lugar, como yo. Me puse de pie. Otra vez la sensación de haberme caído desde el mismo espacio exterior. La mugre en mi pijama, la sangre seca. Mi pantalón, a la altura de la rodilla estaba roto y además descubrí la falta del botón del medio en la chaqueta. Mi labio inferior se notaba inflamado y creo que sangrando. La sensación de haber caído dejaba de ser espeluznantemente algo más que una sensación ante  aquellas muestras.

Una plaza.

Detrás de un grueso árbol me asomaba a espiar para tratar de determinar en qué parte de la ciudad me encontraba. Luego entendí que primero debía determinar en qué ciudad estaba. Los colores, la ropa, algunos rostros. Todo me era tan extraño. Hasta el aire, matizado por los aromas de restaurantes,  perfumes de pieles y flores, era ajeno a mí. Desconcertado me dejé caer a los pies del enorme árbol tomándome la cara con las manos. Algo de mí entró en pánico. La otra parte trató de recordar la forma en cómo había ya podido salir de similares incordios en anteriores oportunidades. Y es que esto no era nuevo para mí, mi sonambulismo me jugaba pasadas similares dejándome en los lugares de lo más insólitos. En una oportunidad desperté domando un feroz león en medio de la función principal de un famoso circo ruso, no les diré cual porque llegué a un acuerdo con el dueño del mismo tras un trato de confidencialidad. En otra ocasión volví en mí afortunadamente tras aterrizar con bien un avión de carga pesada. Obviamente, no soy piloto y demás está el referir mi tremendo miedo a volar o cualquier cosa que se le parezca. Pero aquello parece que me salió muy bien, dado que apenas toqué tierra ya tenía otras encomiendas listas, pero por fortuna me di en despertar a tiempo. Llevaba tanto tiempo sonámbulo yendo de un lugar a otro que ya había olvidado cuando me había acostado a dormir por primera vez y quien en verdad era yo.

Pero esa noche salí del sueño en una extraña ciudad. Ante rostros extraños con un raro idioma. Aquello era grave ya que no guardaba atisbos de la última vez que había estado despierto, por lo que no tenía referencias de donde estaba ni de nada. Además, los rostros de estas gentes eran extraños. No era una cuestión de razas, sino más bien de otra cosa. Me animaría a decir que hasta parecían de otro planeta. Sí, lo sé, puede sonarles irracional pero eso es lo que me pareció cuando les vi en aquella plaza. Entonces decidí moverme. Tenía hambre y la vejiga aún llena. Me ocupé de esto último en la misma plaza pidiéndole perdón a mi amigo el árbol. Con sigilo me moví por las sombras que toda ciudad siempre ofrece para cruzar sin ser visto delante de todos hacia no sé dónde. Andamios, contenedores, bultos de basuras y algunos restos de lo que creo serían vehículos quemados fueron mi refugio mientras me escondía de la vista de personas que no estaban de todas formas interesadas en mí. Calle pequeña que tomé y ésta que se abrió hacia una de más circulación. Hervidero en gente y transportes de lento andar. Alguna ciudad de la India, no hay dudas. Diversidad de colores en las pieles y los tejidos, matices en las voces les hacían tan poco entendibles. Extrañas tecnologías mostraban una mezcla de atraso junto con lo último de lo que ofrece la ciencia, paradójicamente doloroso sin dudas. Mis pies descalzos pisaban el frio asfalto mojado y oscuro. El hambre y la realidad del cuerpo con necesidades.

 

Esos pies helados me llevaron trotando hasta la parte de atrás de un restaurante, a buscar en su basura para encontrar algo que fuese digno de ser mordido. Estaba hincado entre las negras bolsas revolviendo las cajas cuando sentí tras de mí una presencia, soy de sentir cosas a veces. Entonces giré mi rostro rápidamente para ver de quién se trataba y súbitamente me vi en un campo de algodones. Mis manos que hasta hacía  unos segundos sostenían una sucia caja de hamburguesas,  repentinamente cobijaban un pimpollo de aquel blanco tesoro. Otro extraño despertar. Ahora en la inmensidad de un campo iluminado por la vastedad de un firmamento ante la explosión del amanecer. A mi alrededor, otras personas doblaban tristemente sus espaldas para volver a la vertical con lo cosechado cuidadosamente envuelto entre sus manos. Respiraban hondo al comprobarlo indemne y lo depositaban en sus bolsas para volver al rito una y otra vez. La vida en la piel del esclavo. Una brisa de fresco contenido me acarició la piel sudorosa. Cerré mis ojos tratando de descansar de un profundo agotamiento. Todo fue silencio. Un zumbido cortó aquella brisa en dos, como también lo hizo con la piel de mi espalda empujándome a caer sin defensa. Humillado y adolorido volví mi vista hacia el agresor. Un capataz gritaba toda clase de maldiciones en un idioma que apenas si podía comprender entre una mezcla de mi llanto y dolor. Un reflejo de sumisión casi instintiva me llevó a bajar la mirada al piso y recoger mi bolso para retomar la tarea cuando un segundo latigazo llenó mi corazón de furia. Ahora fue mi puño quien cortó aquella brisa.

Abrí mis ojos.

El calor del fuego amigable sobre mi rostro de jovencito. Mis dedos eran más sabios que mi mente y buscaban las cuerdas dándole forma a la canción para dicha de los presentes. Mi vista se aclaraba al salir lentamente de la cárcel de mis parpados cerrados para verlos a todos sentados junto al fuego. Algunos todavía me miraban sorprendidos y otros hacían circular el mate incondicional entre comentarios y gestos de “mire usted, mire usted”. Un pequeño silencio y luego el aplauso al final. Junto a la parrilla, al fondo, lo alcancé a ver a mi padre intentando disimular el brillo en sus ojos. Mi madre se acercó a mí rompiendo el semicírculo improvisado por los invitados. Me observó fijo mientras peinaba con orgullo mi mechón sobre la frente.

_ Hilario…mi querido Hilario.

_Mamita.

Dije francamente, dejando mi guitarra a un lado para abrazarla bajo ese nocturno cielo de Guaymallén.

Abrí mis ojos.

_…entonces me había tocado de nuevo a mí tomar esa decisión tan importante. Comprenderás que no es algo que se haga tan a la ligera.

De nuevo en pijamas. Esta vez en peor estado, las manchas de sangre denunciaban su larga estadía y la tela un mal trato. Estaba sentado sobre un tejado. La noche era de esas en las que el cielo era de un color negro muy profundo iluminado por las mismas estrellas que lo habitaban. Había chimeneas por todas partes con humos densos. Debió ser invierno. En un sobresalto vi a mi lado a otro ser. Alguien que extrañamente descubrí muy similar a mí. Vestía un camisolín y llevaba un gorrito para dormir. Una extraña máscara pálida, de nariz puntiaguda y en gesto de burlona sonrisa de raro material. Al parecer llevaba mucho tiempo charlando conmigo sobre aquel tejado.

¿Usted quién es?

Dije notando mi voz como presa. Él dirigió su rostro hacia mí y creo que ensayó una sonrisa de compasión tras la máscara.

Lo mismo que usted. Un Sonámbulo. Lo mismo que todos aquí…

Con un gesto amplio me invitó a mirar el resto de los tejados donde pude ver a varios como nosotros, mirando al cielo o a las chimeneas. Todos con máscaras blancas y en pijamas de distintas épocas.

Entendí de un golpe que nada era como yo lo interpretaba.

No comprendo. Dije humildemente dirigiendo mi vista hacia las tejas verdes, como vencido.

Somos el hilo con que el destino da sus puntadas, me dijo observando alguna estrella fugaz desfachatada. Ingresamos en la vida de los Despiertos para darles ese momento que necesitan para cambiarlas para siempre. A veces para bien y otras para mal. El cruce de un semáforo en rojo, escribir una declaración de independencia o simplemente robar un beso pueden ser cosas que desencadenen esos cambios vitales. Mientras, nosotros nos quedamos soñando en algún momento. Congelados sin avanzar, vaya uno a saber por qué causas.

Hizo una pausa. Acomodó su gorrito para luego desperezarse.

Pronto, quizás olvides todo lo que te conté y nos encontremos aquí para tener esta charla de nuevo. Te aconsejo que busques un Despierto que te “atrape” en algo que él haga, tal vez así puedas volver a tu cama y algún día despertar. Yo sigo buscando aún al mío.

Abrí mis ojos.

El monitor destellaba con sus luces blancas en diversidad de tonos. Otra vez estancado a mitad de una historia  a la que llegaba siguiendo alguna huérfana necesidad de decir algo. Como si ese algo muy profundo en mí buscara un escape. Un pedido de socorro que no alcanzo a percibir de una manera clara. No sé, era todo tan confuso cuando hablaba en primera persona. Respiré hondo y volví a cerrar mis ojos. De repente vinieron a mí como claras vivencias historias con protagonistas de lo más variopintos. A veces reales, trascendentes y otras inverosímiles divagues de una mente ociosa inmersa en madrugadas de insomnios. Volví abrir mis ojos y todavía estaba aquí, frente al teclado y al monitor de un escritor aficionado cazando narraciones hasta que el sueño le asista.

Me tomé la licencia de susurrar a su oído la primera de las historias, uno de mis tantos “saltos” entre sueño y sueño. Apenas sería una leyenda. Él sonríe creyendo que se lo ha imaginado todo y escribe como poseído por una mística extraña. Luego, al verle tan animado largo la segunda de mis relatos. A éste le seguirá un tercero y así, toda una noche de desvelos para volcar mis sonambuleadas por los raros tableros de lugar y tiempo.

Tiempo fue el que había pasado desde aquel tejado y de mi extraño compañero, de aquella frase. La de buscarme un Despierto que me “atrape”. Francamente espero haberlo logrado en esta fría madrugada de olor a café y libros húmedos.

La noche moría lentamente a los pies del alba triunfante. Mi escritor llegaba a sus últimas palabras venciendo el dolor de su espalda y la carga de las horas. Entonces, ya sintiendo el sueño dominarnos releí el último texto esperanzado.

Sé que les he hablado sin parar, saben que ese es mi peor defecto, quiéranme igual. Pero lo repaso una y otra vez en mi mente casi sin poderlo yo tampoco creer.

Hice una larga pausa buscando una respuesta en sus ojitos brillantes.

Nada.

Los muñecos permanecieron inmóviles.

_ A comer amor.

Me puse en pie.

Al pasar en frente del espejo en el corredor me detuve un momento. Aseguré mi trenza izquierda.

Había despertado en una hermosa niña de cuatro años.

_Voy.

Luego, salí corriendo rumbo a la cocina.

 

 

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