Siempre pensé que era la rara de la familia, y a medida que iba creciendo me iba dando cuenta que eso era cierto.

No tengo ningún trauma infantil. No era como el resto de los niños. Pero siempre estaba ahí. Esa cosa que yo sabía muy dentro mío que yo no era como las demás.

Viví en Córdoba varios años con mi madre, años de infancia, jugaba con los niños de la cuadra a la mancha, a la escondida, a armar casas de barro, a saltar al elástico. Pero cuando llegaba a mi casa me refugiaba en la imaginación que mi madre cultivaba y me quedaba ahí horas. O abría un libro, el cual siempre ampliaba mi mente.

De aquellas amistades hoy sé que todas tienen hijos. Recuerdo muy bien el día en que mi madre me miró y me dijo “vas a tener una hermanita” yo tenía 14 años de hija única. Fue un cambio, interesante. A los 8 meses llegó ese ser tan chiquitito y frágil, que dependía enteramente de mi madre y su padre, y en parte, de mí también. Eso también fue un factor que jugó un papel importante.

Siempre fui rara y siempre lo supe. Cuando me imaginaba de chica a futuro no me veía con hijos, y cuando empecé a tener una vida sexual, hice todo lo posible para evitarlo. Y no es cierto que el regalo más grande de la vida sea un hijo. Tampoco lo es el hecho de que todas las personas quieran tener hijos, que un hijo “te completa como mujer”, que teniendo hijos dejás “un legado” y demás cosas similares. A un hijo yo lo veo como una responsabilidad para la que nunca voy a estar lista.

Recuerdo cuando unos amigos de mi madre gastaron más de medio millón de pesos en tratamientos de fertilidad asistida para poder concebir. Y como a unos parientes que no podían ser padres, vieron su sueño cumplido cuando después de años de estar en las listas de adopción, les dieron legalmente tres nenas. Mi madre me quiso tener, a mí y a mi hermana. También pienso en aquel día que un amigo de 19 años dejó embarazada a su novia, de 16 y se hicieron cargo, más allá de que, claramente no lo planearon.

Pero hay algo de lo que no todos hablan: de la discriminación que sufrimos aquellas personas que no deseamos ser padres que es, por simplificar, terrible. Nos acusan de egoístas, de malas personas, de infelices, de gente con traumas, de antinaturales, y hasta me han dicho que por gente como nosotros (que no quieren tener hijos) se va a acabar la especie humana. Es simple, es una elección de vida como lo son tantas otras.

Muchas personas creen que aquellos que no seguimos “el molde” de lo que se considera normal es porque tenemos algún trauma al respecto o estamos mal. Y se creen que está bien meterse en la vida de la gente para criticar, ofender con el propósito de que cambiemos de opinión. Yo me pregunto, ¿Tan difícil es respetar al otro por más que sus actos u opiniones no sean las mismas que las mías?

No odio a los bebés ni a los niños, respeto a los demás, veo a padres con sus hijos, a mujeres embarazadas, a bebés, y sé que eso es algo para lo que nunca voy a estar lista. Así como elegí ser agnóstica, o ser donante de órganos, elijo no ser madre y eso no está mal, solo es una elección diferente.

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