Discurso hoy para aquellos huérfanos voluntarios que viven en la península ibérica, en un espacio destituido de nombre, entre las fronteras de Francia, Portugal, Andorra y, por poco se me olvida, Inglaterra; algunos atrevidos, osan nominar al mentado espacio como Reino de España, pero esto es sólo un rumor. Los cobardes viven entre estas fronteras que ni ven ni entienden muy bien. Son huérfanos por mano propia, sin nacionalidad, sin patria; no tienen colores, ya no. Asesinaron a su padre, la bandera, y a su madre, el sustantivo propio del Reino, España. Se rindieron ante el fascismo, le dieron el trofeo; negaron la victoria de la democracia, la olvidaron, siguen viviendo entre el rojo y el azul. A estos hablo.

Podría hacer referencia a muchos héroes literarios, héroes de la historia reciente y lejana, héroes políticos de la actualidad que nunca pierden la visión ni la esperanza. Pero no, hoy le hablo al ciudadano de a pie. Le hablo al ciudadano que se levanta sufriendo una crisis terrible, sufre un 18.6% de desempleo, y se acuesta con una prestación social que, aunque agradecida, escasa para la manutención de una familia. Le hablo al ciudadano que tiene suficiente, que vive una vida simple llena de sueños que, no por falta de ganas, nunca llega a alcanzar; un ciudadano más bueno o más malo que hace su parte con mejor o peor cara. También le hablo a los ciudadanos que oscilan entre el confort y el lujo; inversores que tomaron los riesgos y, tras fallar, no se rindieron y terminaron por obtener resultados. Les hablo a los grandes magnates que cuentan sus fortunas en miles de millones, y decenas de miles; esos que les dan empleo a esos afortunados hoy en día. Sí, a esos líderes de la socialdemocracia, que, aunque hacen su trabajo, no miran por España y, a veces, no muchas, se la roban. Desgraciadamente, hablo a esos pocos que sólo se sienten españoles cuando se trata de poner queja a la inmigración y, tras la queja, vuelven a tirar su bandera. Hablo a los niños, jóvenes, adolescentes y adultos que aprenden de estos ciudadanos que repudian España, que no la reconocen, que se indignan por los colores y por el himno. Esto les digo:

El día de mañana retumbarán las paredes de tu casa, se agrietarán levantando un manto de polvo entre los estrépitos del caos callejero. Tus hijos se despertarán gritando entre sollozos ante el agudo estruendo de los cristales rotos; tu cónyugue temblará horrorizado, sus ojos se empañarán de lágrimas embriagadas del más profundo terror, y, mientras se lleva las manos a la boca, dirá unas palabras que sólo Dios puede escuchar. Sí, te refugiarás en el más secreto escondrijo, alguna habitación más segura, para esconderlos a ellos, a quienes más amas. En la oscuridad de tu refugio, escucharás tu puerta de entrada resquebrajarse y volar en pedazos. Por un orificio, arrimarás un ojo y verás una figura asesina, la figura de un enemigo que busca donde atrincherarse, que busca una ventana por donde asomar su rifle francotirador y disparar balas que traspasen cabezas, carne y órganos. Verás cómo se acerca, conocerás sus intenciones, proyectarás una hórrida escena de sangre y muerte, el olor de la pólvora, el silencio de tu familia y la sangre que corre y baña el suelo, ambientando la habitación en un olor de necrosis ferrosa. El enemigo te descubrirá, oirá los sollozos de tu bebé, y, cuando abra la puerta de tu escondite, ¿sabes lo que verá? Verá españoles, ciudadanos del Reino de España, enemigos a los que aniquilar. Cerrarás los ojos y esperarás tu inevitable destino final.

Un fragor de fuego, el frescor de las vísceras humanas que salpican tu piel, las vísceras de tus hijos y tu esposa. Abres los ojos para atestiguar lo sucedido y, ¿qué ves? Ves a un soldado enemigo, perforado por el corazón, que cae lentamente hasta desplomarse muerto en el suelo. Tras de él se descubre otro soldado y, en su uniforme, reconoces un símbolo olvidado, unos colores que, quizá, significaron algo en algún tiempo. Un soldado español que luce los vibrantes rojos y el amarillo.

—Estáis a salvo —dice—. Quedaos aquí, yo os cubro.

Inmediatamente escucharás los lamentos de tu vecino; sí, el vecino que viene de lejos, de Marruecos, de Nigeria, de Ecuador, de Argentina, de Brasil o de Rumanía. Tu vecino brama asustado, brama desde su casa, brama porque, frente a él, hay un soldado enemigo, uno como el que, hasta hacía poco, te había apuntado con un arma. Brama porque teme a la muerte inminente, porque hay un soldado enemigo impiadoso. ¿Por qué? ¿qué ve el soldado enemigo? Ve a un español. Tu vecino, un español. El soldado que te salvó la vida, se apresura al rescate de tu vecino, el que viene de lejos. ¿Por qué? Porque el soldado español ha escuchado a un español que aúlla «socorro».

Concluyo. A ti, ciudadano, residente de España, a ti me dirijo. Cuando el enemigo venga y te descubra, verá un español. Cuando el enemigo venga, tú y tu vecino, el que viene de lejos, seréis españoles. Vuestra indignación, vuestro independentismo, poco importarán, porque el soldado enemigo, y el amigo, sólo verán españoles. Pues sois españoles. Cuando el enemigo venga, sólo tendréis la ayuda del ejército español, sí, y la ayuda de tu vecino, el que viene de lejos.

Compartí, no seas paco