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Leer segundo capítulo

Mesina se sentó en uno de los bancos de la plaza Cobos, miró los árboles, el follaje, los juegos vacíos atestados de polvo. Vió como la madre junto a su hija estaban seducidas por esas pantallas, percibió esa misma demencia que en la cafetería de hace un rato. Recordó sus años de niñez en esa misma plaza, los esparcimientos eran los mismos, los arboles eran más grandes pero todo seguía igual como en aquel tiempo.

Tuvo una idea para rescatar a esas dos chicas cautivas por una pantalla oscura y fría. Se levantó del banco, se dirigió hacia los juegos y se sentó en un columpio aunque estuviera lleno de tierra, no le interesó en lo más mínimo, la ropa era lo de menos. Se dispuso a columpiarse, de a poco, y a pesar de sus movimientos algo descoordinados por su longeva edad, tomó impulso.

La niña luego de unos segundos notó al señor jugando, lo vió divertirse con algo tan simple como columpiarse. Dejó de prestarle atención a la sombría pantalla para observar como se entretenía Mesina.

Al cabo de unos minutos sintió esa intriga por hacer lo mismo, la ansiedad era más grande a cada instante y la pequeña empezó a esbozar una sonrisa. Imperiosa preguntó si podía ir a los juegos. Luego de unos segundos su madre respondió sin ocultar la sorpresa por el pedido de su hija.

Le dió permiso para ir a jugar, observaba en su niña una expresión de felicidad, algarabía y emoción.

Ella, emocionada, se sentó al lado de Mesina y se dispuso a tomar envión, sentía como de a poco se aceleraba su corazón al ver que cada vez que se impulsaba llegaba más y más alto mientras el viento acariciaba su rostro.

Dirigió la mirada hacia su costado y observó que Genaro tenía la misma mueca de felicidad que ella, y no pudo evitar preguntarle algo:

– Hola señor, ¿cómo se llama?

– Hola, mi nombre es Genaro, ¿y el tuyo?

– Me llamo Agustina.

– Qué lindo nombre, Agustina. – Ambos siguieron columpiándose, hasta que la niña volvió a preguntar:

– ¿No es grande para estar aquí?

– Jaja, para divertirse no hay edad – Respondió junto a una sonrisa.

– Es que mi mamá no viene a jugar acá.- contestó con una voz algo apenada.

– Bueno, podrías invitarla ahora que está sentada mirándote.

– No estoy segura que le guste.

– ¿Por qué?

– A mis amigas no les gusta venir acá.

– A lo mejor no saben cómo jugar, podrías enseñarles como se hace.

– Seguro mi mamá tampoco sabe – dijo la nena.

– Quizás deberías preguntarle. Ahora me voy a sentar un rato a descansar, decile que venga a jugar un rato con vos.

De a poco dejó de impulsarse, se levantó y dejó el juego para sentarse en el mismo lugar en el que estaba ubicado hace unos minutos. Volvió al banco, sabía que su plan iba en marcha como quería, por lo que sólo se dedicó a mirar cómo la pequeña llamo a su madre para jugar.

La madre de la niña no hacía caso, preocupada y con gestos de fastidio miraba y escribía como si estuviera discutiendo con alguien por mensajes. Ante los insistentes gritos de Agustina, caminó hacia donde estaba su hija y se sentó en el columpio en el que Genaro había estado antes.

Al principio solo estaba sentada mientras seguía mensajeándose sin prestarle atención al lugar donde estaba, pero la niña insistió hasta que al fin la escuchó. Guardó el celular por un momento, puso sus manos en las cadenas y de a poco fue balanceándose junto con Agustina.

Al cabo de unos minutos las expresiones de preocupación y enojo se fueron disipando. Se sentía más amena, no lo podía creer pero de algún modo se sentía a gusto, sus inquietudes ya no estaban, y una tímida sonrisa asomaba en su boca. Mientras más tiempo pasaba, más se iba olvidando de todos sus problemas laborales que la agobiaban tanto, que no la dejaban vivir, no la dejaban disfrutar de esos pequeños e inolvidables momentos junto a su amada hija.

Ambas iban al mismo ritmo como si fueran amigas compitiendo para ver quien llegaba más alto, las dos soltando carcajadas. El lugar vacío y triste se colmó de algarabía y vida en unos minutos. En ese momento fueron libres de esa esclavitud contemporánea.

Su plan volvió a salir a la perfección, y vió cómo ambas personas llenaron de vida el lugar que tantos recuerdos le traían.

Mientras ellas se divertían se dispuso a partir y volver hacia su hogar.

***

Pasaron unas semanas, el “Bar de la Esquina” volvió abrir sus puertas, sus propietarios regresaron de sus largas y merecidas vacaciones y como era de esperarse, el viejo Mesina fue de los primeros en pisar el lugar, ansioso de escuchar las anécdotas de sus amigos dueños del bar.

Fue a sentarse donde siempre, sobre su mesa lo estaba esperando el diario. Lo hojeaba mientras aguardaba para hacer su pedido, cuando de repente entró un hombre algo agitado, nervioso, como si estuviera buscando algo.

Mesina se percató de su entrada impestiva. El hombre que había ingresado al bar empezó a mirar el lugar, hasta que lo vió al viejo sentado con su diario. Apresurado se sentó en su mesa. A Genaro no le resultaba familiar el hombre y podía apostar que el visitante tampoco lo conocía a él, pero ahí estaba en frente suyo.

Continuará…

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