Tenía la costumbre de sentarse en el cordón de la vereda y, con los codos apoyados en sus rodillas, taparse la cara con sus manos, para luego abrirlas y esperar una sorpresa.

A veces se sentaba contenta y expectante, sus manos apenas podían cubrir la enorme sonrisa pincelada en su boca; y cuando sus ojos dejaban de ver sus dedos para dar paso a lo que tenía en frente, la mirada cómplice de algún amigo imaginario se cruzaba con la suya. Conversaba con total confianza, le contaba de sus sueños, de los pedacitos de felicidad que iba coleccionando y de todas las cosas que le hacían bien.

Otras veces, llegaba al cordón de la vereda con la pesadez de una tristeza subida a los hombros. No le hacía falta taparse la cara, simplemente cerraba los ojos muy fuerte y se sentaba a llorar. Hacía un gran esfuerzo por no mirar, tenía la certeza de que no iba a encontrar a ningún amigo imaginario para hablar. Sin embargo sabía que no estaba sola, podía oír a sus miedos hablarle.

Y así transcurrían los días, y cada vez que salía a la puerta de su casa podía ver que su vereda estaba cada vez más poblada. Seres imaginarios que solían pelear entre sí para ver a cuál de ellos vería primero cuando dejara de taparse el rostro. Todos la esperaban sentaditos en la orilla.

Cierta vez, una vez de ojos muy nublados, llegó al lugar de siempre. El lugar de las sorpresas, de las risas de los amigos imaginarios y de los susurros de las faltas de coraje. Fue cuando se disponía a no abrir los ojos, pues no sentía la presencia de quienes se alegraban por ella, que escuchó:

-Hola

Inmóvil, y con desconfianza por no poder distinguir de donde provenía el saludo, contestó en voz baja:

– Hola, ¿quién sos?

– Si dejás de llorar, podrías verme.

El puño de su camisa absorbió cada lágrima, algunas quedaron colgadas de sus pestañas, pero la urgencia por descubrir a ese personaje hizo que las dejara de lado.

Y ahí estaba él, tangible a las manos de ella.

– Soy Eliseo, y ellas son mis musas, esas otras son mis letras y estas de más acá, son mis virtudes. Los que están atrás son mis miedos y mis inseguridades. Van siempre conmigo. Somos legión.

– Un placer conocerlos, me llamo Helena. Ellos son mis amigos imaginarios, ella mi niña interior que guarda en su mochila los instantes de felicidad que colecciono. Los que están el rincón son mis fracasos y esos que ves ahí hablando bajito, son mis miedos, se parecen a los tuyos. Somos algo así como una legión.

Todos siguieron sentándose en el cordón de la vereda. Mezclándose unos con otros, cambiando de lugar, con pequeñas luchas internas entre la niña interior y las musas, entre los miedos y las osadías.

Los únicos que permanecían en su lugar eran Helena y Eliseo, siempre sentados uno al lado del otro, en firme compañía.

Un día, por curiosidad, el joven le preguntó cómo era eso de taparse el rostro y esperar a que pase algo que sorprenda.

Ella le explicó a medias, porque hacía bastante tiempo que no lo ponía en práctica, pues él le había enseñado a mirar y a sentir como si siempre fuera la primera vez. Con esa explicación austera, él lo intentó. Y vaya que se sorprendió.

La primera vez se encontraron hablando, recostados en un banco de una plaza, sobre proyectos y algunas nimiedades de la vida cotidiana.

La segunda vez que lo hicieron, se hallaban en pleno proceso de llevar a la práctica lo que habían conversado hace unos años atrás. Los miedos habían callado en un rincón y, aunque a veces pedían permiso para salir, ella y él ponían toda su voluntad para que eso no pasara. La niña interior no tenía lugar ya para guardar las alegrías, por lo que en lugar de guardarlas, empezaron a compartirlas.

La tercera vez, al destaparse la cara, se descubrieron disfrutando de ver concretados los sueños gestados en una mañana cualquiera en una plaza cualquiera.

Lo hicieron muchas veces más, cada vez con menos gente en el cordón. Se veían sonriendo, se veían distanciados por momentos, y consolándose por alguna mala racha, en otras tantas veces más. Y a pesar de verse en situaciones distintas, todas tenían algo en común: se amaban como el primer día en que ellos, y el ejército ficticio de cada uno, se presentaron.

Caía la noche, y se disponían a cenar. La mesa estaba preparada como desde hacía muchos años. La comida estaba servida cuando de repente, la dueña de la niña interior, apoyó sus codos al costado del plato y con la mirada fija en su amado, llevó sus manos hacia arriba y se cubrió el rostro. Esperó unos segundos, y cuando sintió que el corazón no daba más de curiosidad, las bajó.

Miraba con una mueca de sonrisa cómo las arrugas le surcaban la piel de sus brazos, las observaba detenidamente (después de todo había aprendido a descubrir como si siempre fuera la primera vez), las acariciaba con cariño, simbolizaban el paso de un tiempo que no había sido en vano. Y en cuanto levantó la cabeza, lo vió. Ahí estaba sentado, regalándole el “Te amo” más desbordante de amor que nunca se haya dicho.

Lo tomó de la mano a través de la mesa, con una ternura inimaginable, y le dijo:

“Ahora somos sólo dos, y aún así SOMOS LEGIÓN”.

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