ilustrac 1 Tulumba

Yo, el tataratataranieto del gral. Facundo Quiroga muerto en Barranca Yaco a manos de Santos Pérez por orden de un traidor entre tantos, a la edad de 48 años me desperté sobresaltado en la noche. Poco sé de mi ilustre antepasado, y aunque jamás tuviera necesidad alguna de saber del asunto más de lo que sé -que su tumba está en la Recoleta, y de pedo que lo sé-, me levanté como poseído por un espíritu, un espíritu bajo cuya inflexión se desmadejó el frío susurrar: Pelotudo, soy yo, tu tataratatarabuelo, no puedo descansar en paz esta noche, una noche agitada en el infierno, y quiero ir al lugar donde se han trazado las directrices de mi muerte, una nostalgia a la vez que una furia inmensa me invade y me lleva tras viejas huellas esta noche.

En pocas palabras me anotició de su suerte: había estado a un tris de ir al cielo pero fue traicionado por su propio abogado y terminó en la pestilente roca del infierno. Y ya casi de madrugada, emprendimos el viaje. A partir de ese momento no tuve paz, y sin comerla ni beberla me hallé arriba de un ómnibus saliendo de Córdoba rumbo al norte, a Tulumba, hacia aquel pueblo que no prosperó en el tiempo, creado por el marqués de Sobremonte. Iba sentado en el asiento de atrás, pero una ansiedad inexplicable me llevaba a cambiar de asiento siempre más hacia adelante, hasta que terminé sentado en el primer asiento, y cuando el ómnibus salió de la terminal de Jesús María empecé a gruñir sin saber porqué. Más adelante pasamos por un lugar con el cartel de Barranca Yaco. Fue un momento muy incómodo, como si quisiera saltar del asiento y tomar al chofer del cuello y ahorcarlo, en mi interior se revolvían los pasos de una tragedia que no quería olvidar. Luego la calma: el chofer era un joven muy amable, notó que estaba mal y me preguntó si necesitaba que parara para bajar a vomitar. Le hice un gesto con la mano de que siguiera y se metiera en sus cosas.

Pasamos por Capitán Sarmiento, luego entramos a Deán Funes y allí el chofer dijo: “Paramo die minuto”.
Después de descargar la vejiga como corresponde a un general, pude observar cómo todo ha cambiado, cómo todo ha evolucionado en los cientos de años que se esconden bajo esta tierra. Un hombre vendía salamines caseros en la terminal, luego pasó una cucaracha y la pisó removiendo su zapato, y más tarde levantó levemente el cuerpo de la parte derecha y después volvió a acomodarlo en el banco. No podía dejar de notarlo. Según Darwin somos una especie. Según las cucarachas, que son una especie, somos unos hijos de puta. Y según alguien que conozco, alguien que es una especie de cucaracha mutable (Creavitque Deus cete grandia, et omnem animam viventem atque motabilem), somos, a fuer de una explicación más científica y racional, gases que se han acumulado en el bajo vientre. Pero mientras pensaba en esto sentí como un coscorrón en la nuca, y no es que alguien me hubiera pegado sino que el mismo general Quiroga instalado en mis adentros me llamaba a la realidad. El viaje hasta aquí había sido largo y pesado, la ruta 9 plagada de camiones, pero en cuanto subimos de vuelta al ómnibus este pareció aligerarse y serpenteaba en el camino hacia arriba como un barrilete. De allí a Tulumba había poco menos de veinte minutos y la ruta estaba despejada. En un costado, el paso del antiguo Camino Real. Todo allí es sierra y algunos animales salvajes, chanchos del monte, corzuelas, etc. Las nubes son figuras de Michelangelo. Hasta que el ómnibus aminora la velocidad y entra en el pequeño poblado. Empecé a sentir a la criatura dentro de mí, el chofer se dio vuelta de nuevo y me vio con los ojos en blanco, me preguntó si me sentía bien y le repeti que se ocupara de sus asuntos. Finalmente entramos en la terminal y todo lo que vi fueron tres cuadras de pueblo. Como un poseso pasé de largo ante la iglesia, di vuelta la cuadra y allí estaba, la antigua residencia de los Reynafé. Me asomé por entre las rejas y miré: el árbol bajo el que se tramó mi muerte.

ilustrac 2 TulumbaLos árboles son caminos entre dos puntos espirituales. Tal vez por la elevada sombra en cuyas rejas se crispa el puño que había soñado con su mano la claridad. Son también caminos materiales, puntos que se trazan con un dedo, como aquel entre Tulumba y Barranca Yaco. El viejo árbol en la residencia de los Reynafé aún está de pie, después que los siglos enterraron todo grito y dejaron solo placas con nombres, fechas y leyendas.

 
Tulumba fue fundado por el marqués de Sobremonte y recibió su nombre de Carlos IV. El poblado conserva su fachada colonial, que no ha prosperado porque las vías de movilización lo han dejado de alguna manera varado y excluido de la modernización, en un punto medio entre las rutas 60 y 9; por este poblado pasa el antiguo Camino Real, que todavía es camino y que por su importancia histórica no se puede asfaltar. Por él pasan los autos del Dakar, en él se conservan las huellas ya borrosas de las tropas, el paso del norte, el susurro sudamericano, como aquel “destino sudamericano” de Laprida y las sombras de la civilizaciòn en su inútil y tenaz pelea con la barbarie.
La noche trágica que se planeó en la residencia de los Reynafé, bajo el árbol que aún está en pie, con marcas de pared incrustadas en su tronco desprendido del muro como el tiempo desprende con estragos el hueso de la piel, y con dos gruesos brazos encadenados por una varilla de hierro para evitar que se parta al medio; el árbol en la esquina frontal de la residencia ha quedado en pie para sostener un viento lejano.


Por un momento lo vi saliendo de mí y mirando aquel árbol y el principio de su final, como un poeta mira con nostalgia alguna rosa de sangre. Quiroga se dibujó por sí mismo sobre el muro con la inscripción en mosaicos azules que recuerda a sus antiguos moradores, como si la historia garabateara unos instantes de tinta: el Tigre de los LLanos pretendía algún derecho sobre Córdoba, donde estanislao López, su enemigo por el robo de un caballo, había nombrado gobernador al federal José Vicente Reynafé. A Facundo Quiroga le daba lo mismo el federalismo o el unitarismo. Simplemente eligió un bando – tal como lo explica en una carta a Rosas: “Ud. sabe, porque se lo he dicho muchas veces, que no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y yo respeto demasiado la voluntad de los pueblos, constantemente pronunciada por el sistema de Gobierno Federal, por cuya causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer prevalecer por las bayonetas la opinión a la que yo pertenezco, sofocando la general de la República…”   


Se sabe que Lamadrid, bajo soborno y tortura, desenterró bolsos de dinero que Quiroga tenía enterrados en el campo – casi como un rufián de hoy. Pero no lo era. El Tigre de los LLanos conocía bien la guerra, y había dirigido la batalla de Rodeo de Chacón desde la diligencia, reumático y dolorido, señalando con una cañita los movimientos de la tropa. Confió, en aquella noche fatídica volviendo de una mediación entre Salta y Tucumán, que los hombres se asustaran con la sola mención de su nombre. Fue avisado que los Reynafé querían matarlo. Tal vez más por miedo a pasar por cobarde que por miedo a la muerte fue que en febrero de 1835 es emboscado y su cuerpo es tajeado y lanceado. Santos Pérez le pegó un tiro en el ojo. Luego confesaría, antes de ser fusilado, que lo hizo bajo órdenes de Rosas.


Quiroga no ganò ninguna batalla importante, pues estas fueron victorias del unitario gral. Paz, su mayor y más respetado enemigo. Pero no hace falta ganar ninguna batalla para convertirse en quien fue. Febrero le recuerda su muerte. El mes en que desearía una revancha, pero ya no queda nadie, solo este viejo árbol, este viejo testigo de planes y juramentos. No es el único árbol sagrado en Tulumba, que vio bajo la sombra de un tala a Fray Mamerto Esquiú misionar en estas tierras.


El Tigre de los LLanos era parte de la iconografìa del norte del 1830. Màs acà en el tiempo, se me ocurre pensar, ociosamente sin duda, en iconografías de Córdoba que han mutado hacia otras figuras, antiheroicas o más cotidianas: por nombrar a algunos, Jardín Florido, que era un galán de levita, galera y flor en el ojal y que en el centro de Córdoba lanzaba piropos de alto vuelo a las damas que pasaban. Los del Suquía le dedicaron una canción a este galán de ley. Otro ícono, Blancanieve, un jugador de fútbol llevado a la Bombonera en épocas en que jugaban Marzolini y los grandes. Fue echado por ratero pues robaba a sus compañeros en el vestuario. Echado, vuelto a traer a Boca, vuelto a echar, nació para ser amigo de lo ajeno, pero con un don: el de jugar al fútbol como ninguno: en la cancha de Alberdi lanzó un tiro al arco desde mitad de cancha y luego de disparar el balón salió corriendo a las tribunas gritando el gol cuando la pelota aún no había entrado en el arco. Pero entraría. Como entraría Blancanieve en la iconografía popular por ser el más grande jugador de fútbol -y el más chorro- de la historia cordobesa.

Pero vuelvo de mis pensamientos hacia aquí, a Tulumba, que desde 1980 es Villa histórica por su aire colonial y su gente noble y cristiana. En 1803 Carlos IV la llama Villa del Valle de Tulumba. Por el medio del pueblo pasa el Camino Real, que fuera la conexión con el Alto Perú. Uno se para sobre este camino y respira el polvo de lo invisible. Y uno se pregunta qué es tan visible como esas huellas que ya no se ven.

Entré en la iglesia, la Catedral del Norte, uno de los más importantes centros evangelizadores. Había algunos turistas. A un costado de la iglesia están los muros de la construcción original, paredes y una puerta lateral que se salvó de los estragos del tiempo. El nuevo templo fue comenzado en 1882 y bendijo y colocó la piedra basal el santo Fray Mamerto Esquiú.

Yo, el tataratataranieto, entré en la iglesia, me abstraje y noté que los turistas desaparecieron, y también que ya no había nadie dentro de mí, nadie mascullando su muerte y su venganza.

ilustrac 3 Tulumba

papez

 

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