El viejo caminaba despacio por la galería del asilo. Era casi el mediodía de un otoño benévolo. El sol tenía la tibieza necesaria para ser reconfortante. Y Don Juan lo sabía, por eso se acercó al sillón que lo esperaba todos los días, pero que a veces le permitían usar.

Hoy las enfermeras lo habían dejado tranquilo, estaban por venir los administradores y a él, en esos días no lo tocaban. ¿Quizás tenía mucho que ver que su familia era la dueña del lugar? ¿O quizás porque la jefa de enfermeras a la que tanto molestaba su presencia hoy había faltado? A veces, hay personas que le recuerdan a los demonios, pensó.

El confortable sopor que le nacía en la tibieza del sol, provocaba evocaciones de un pasado luminoso. De un evento que torció definitivamente su vida. Un encuentro con un ángel que lo hizo abandonar para siempre el infierno de hipocresía e intereses en el mundo empresarial que el mismo había creado. Pero el cristal de su familia decía que el demonio le había ensuciado el alma. Lograron declararlo incompetente, y se apoderaron de todo.

Y se pudo retirar. Y siguió buscándola. Pero nunca más la vio. Ella. Cuyo nombre significaba verdadero rostro.  Ella, que dejó su trabajo y a los meses nadie tenía memoria de su paso por la empresa.

Recordó su nombre:

– Verónica –susurró.

Y la imaginación se la presentó. Vívida. En el lobby de un hotel, con la mitad de su edad de entonces, cómo miembro de una delegación de alguna sucursal. Pelirroja, de piel amarfilada y vestida de flores en algodón. Se acordó de la primera vez que la vio, olía a jazmines. En el almuerzo, rosas. En la charla que dio a todos los participantes su figura resaltaba en otros aromas naturales. Y a la noche, en su habitación, pan. Y ese aroma le inundó su cerebro y lo trasladó al lugar donde empezó todo.

En la cena habían charlado de temas que no tenían que ver directamente con sus vidas. De paisajes, cuadros, música y libros. De viajes y lugares exóticos. De aventuras vividas y sueños por cumplir. Sintió en aquella persona una conexión olvidada con el niño que fue.

Cuando entraron en la habitación se miraron. Se besaron con los labios entreabiertos, dejando que las puntas de las lenguas jugaran. Su respiración se agitó. La tomó fuerte de la cadera a lo que ella acarició suavemente su pecho diciendo:

-Shh, tranquilo.

Aflojó la presión mientras ella desabrochaba la camisa. A medida que su piel iba quedando descubierta era acompaña con suaves besos. Su corazón quería salirse del pecho.

Al llegar a la cintura ella se puso de pié y dirigió sus manos a su espalda, bajó el cierre del vestido con la suavidad que sus temblorosas manos le dejaron. El cierre se detuvo cuando nacía la curvatura de las nalgas. Subió acariciando su espalda, desprendió el bretel del corpiño, y al llegar a los hombros los acarició haciendo que el vestido cayera.

El espectáculo de sus senos agitó su vientre.

Sus cuerpos se pegaron. Sus manos se deslizaban. Y sus bocas buscaron unirse.

Se embriagó hasta el éxtasis siguiendo con sus labios la tibia suavidad a la vez que su olfato colapsaba ante perfumes florales y fragancias humanas.

Se recorrieron con los labios, alternadamente. Uno a la vez se inundaba el cerebro con el fuego de la piel en los labios, la fragancia del sexo y el color de la piel.

Cuando era ímpetu, ella acompañaba. Cuando ella rodeaba, él se hundía. El pelo rojo caía en cascadas sobre su torso, y con sus manos buscaba cazar estrellas en el marfil de su piel.

Aquellos minutos fueron infinitos. Aún hoy se presentan y perviven. Y reviven fuegos. El orgasmo mutuo llegó como una supernova en el abismo de un universo frío. Todo lo que fue antes, y lo que vivió después se ancló en aquel instante.

Un deslumbrante clímax derrumbó ídolos de barro, y cómo ángel caído aflojó sus alas hacia el sol.

Luego que su vida se derramara para siempre, entendió que todo eso por lo que había trabajado, y por donde se había movido no era más que cartón.

En medio de una sensación de paz abrió los ojos. Los colores de hicieron brillantes, casi transparentes. Parecía que una capa diamantina lo había cubierto todo. Atravesando el patio, en dirección a él, venía ella. Caminando suave, descalza y con la misma edad de aquel encuentro.

El anciano tendió su mano en aquella dirección, y con voz apagada dijo: ¡Te busqué, tanto te busqué…!

Ella sonrió.

Sintió otra vez el aroma a flores, la tibieza de su piel en sus manos. Apreció el rojo del pelo contrastando el blanco de la piel. Sus ojos… ¡ah!..Bellos y dulces. Un tibio sopor fue cubriendo su cuerpo, y en medio de aquel paraíso se sumió en la inexistencia.

El sepelio fue formal, concurrido y solemne. Algunas lágrimas y muchos rostros serios. La viuda no concurrió, sólo los hijos, los nietos y muchos amigos.

La única sonrisa que pudo constatarse fue de la empleada de la funeraria que se encargó de vestirlo al descubrir esa mancha en la ropa interior, que precisamente, no era orín.

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