No pocas veces me han dicho que tengo ángel; sabrá el lector qué significa eso, porque yo no. Mientras escribo esto, pienso que tengo más demonio que ángel. La verdad sea dicha, admito que las gentes encuentran simpatía con mi persona; y, en la tal simpatía que ven conmigo, me refieren muchas historias secretas que a otro nunca hubieran descubierto. Si esto es tener ángel, en verdad lo tengo.

Si existiera la lujuria por las leyendas y el folclore tétrico, dígase de mí que también la tengo; y en la búsqueda de esta lujuria me encontraba yo por Extremadura. Los gallegos, asturianos y cantábricos no supieron hablarme más que de brujas y magias, pero yo quería que me refirieran historias de ánimas, y a Extremadura me mandaron en buen consejo. Sin embargo, en Mérida, en las ruinas de Emérita Augusta, más que otra cosa, encontré una honda ignorancia con respecto a estas cosas.

Nadie sabía qué contarme en Extremadura. Nadie, menos un tal Álvaro Vizuete, un amigo que conocí entre cervezas en una taberna. Este hombre, de misterioso parecer, me habló de Carmona, un pueblo de Sevilla; pueblo del que Julio César dijo, «Carmo, quae est longe firmissima totius provinciae civitas». Una zona que fue tan romana como mora, debía, sin duda, tener ánimas en pena. No obstante, temía perseguir el destino de tales consejos, pues sospechaba que, al llegar a Carmona, no encontraría más que más decepción. La decepción no justifica el coste del viajar.

—¿Qué tal cosa hay en Carmona que yo deba atender tanto hasta el punto de viajar? —le pregunté con un brindis de cebada.

—Nada, nada que un loco o un suicida no quieran —contestó Álvaro.

—Habla entonces. Aquí tienes a uno que moriría por una leyenda —le aseguré.

—¿Perderías la cabeza por una leyenda?

—Ya la pierdo sin leyendas; mejor la pierda con leyenda.

—No hablo de la cordura, hablo de la cabeza. Hablo de gentes que fueron a rascarse la cabeza, y no encontraron más que la tráquea descubierta.

—Más curioso me ha hecho. Si hay palabras tan afiladas que cortan cabezas, refiéramelas, que me interesan.

—Que me place.

No hay duda; si el hombre hubiera estado sobrio, nunca hubiera abierto la boca. Y nunca la volvió a abrir, pues al día siguiente, amaneció muerto. Lo encontraron separado; su cabeza por un sitio, su cuerpo por otro, conectados sólo por un charco de sangre carmesí; algunos vecinos aseguran que el mismo se la arrancó. Me avergüenza admitir que lo ocurrido no me produjera sino un sentimiento agridulce. El trago amargo de saber que un amigo ha muerto, y el sorbo dulce de saber que había encontrado una leyenda verdadera.

De camino a Carmona estoy, en un carruaje que cruza el intercambio árido y verdoso de los olivos y la tierra seca. Al trote de los caballos, con un pulso tembloroso, escribo lo que el difunto, Álvaro, me contó. La titulo, «el canciller decapitado».

Comprá el libro de David Moraza acá:

 

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