cabecera

Leer la introducción.

Carmona, 1796

—¡Carmina, Carmina!

Carmina acudió con prisa a las quejas de su abuelo. Rogelio Maese poco se dolía y, cuando lo hacía, causaba pánico. Nadie quiere ver morir a nadie. Entrando al salón descubrió al hombre, donde mismísimo lo había dejado un momento atrás. Estaba sentado en su sillón marrón, descolchado. El hombre, encorvado hacía adelante, forzaba sus brazos decaídos en un amago de ponerse en pie, pero lo hacía en vano, la vejez le ganaba.

—¿Qué quiere, abuelo? ¿Necesita privacidad en el hoyo? —Carmina observaba con pena.

—¿Cuál hoyo, Carmina? ¿Acaso necesito compañía para ir a enterrarme los pies? No soy yo tan viejo.

El viejo luchaba a medio camino entre la gravedad y el erguirse, pero fallaba mucho en esto último. Mientras, Carmina, que ahora observaba por deporte, se esforzaba en callarse una risa. Sepan mis lectores que la vida es tragicomedia, donde el sufrimiento de uno entretiene a otro.

—A veces pienso que sí, abuelo. ¿A qué me has llamado entonces?

El hombre terminó la batalla, victorioso. De pie, aunque encorvado, hablo con algo de flema en la garganta, señalando aquí y acullá con su dedo índice engarrotado.

—Cierra toda entrada a la casa. Cada ventana con su pestillo y cada puerta con su ferrojo. Se nos ha hecho tarde.

Carmina quedó muda al escuchar la nueva locura de su más antepasado que abuelo. «—Este hombre tiene un pie en la locura y otro en la tumba —se dijo». Estaba exhausta; esa casa faltaba de mucha limpieza y tareas. De mañana a noche se ocupaba mandando a orden todo el desorden de su abuelo enfermo.

Su madre, ocupada con otros menesteres más importantes, le había encomendado cuidar a su abuelo, pues morían muchos ancianos en Sevilla ahogados por el calor de Julio.

—Abuelo, ¿qué haces, hombre de Dios? En pleno verano sevillano, ¿vas a cerrar las puertas y ventanas? Siéntate, anda, que no está el clima para esfuerzos ni tú para sofocos.

El hombre tornó su rostro hacia el de su nieta. Sus párpados desaparecieron; la poca fuerza que le quedaba en las arterias viajo hasta los músculos oculares y estaban sus ojos desorbitados de asombro.

—Pero, niña, ¿no sabes qué día es hoy?

Carmina dudó. Rebuscó entre el olvido por si recordara algo.

—El diecinueve de julio, y ¿qué?

—Dios me valga, ¿no te avisó tu madre? ¡Pero qué descuido! Hoy es la noche del Canciller decapitado.

Carmina no sabía si escuchar o ignorar. Y yo lo entiendo lectores míos, pues atender a la locura a veces beneficia y otras tantas perjudica. Carmina decidió atender, respetaba mucho a su abuelo.

—A ver, abuelo. Explique, ¿qué es ese día?

Don Rogelio Maese, que no se tomaba con mofa estos temas, cargó el ambiente de una seriedad solemne y cojeó hasta una pequeña estantería donde guardaba unos pocos libros. Repasó con su dedo los títulos y de estos sacó uno pequeño, muy antiguo.

—Atiende, hija mía, que no muramos esta noche.

Carmina, viendo que el anciano hablaba con fundación, pues no parecía ser el libro ficción sino un registro histórico, escuchó atenta. Estas son las palabras que Rogelio Maese leyó:

«Cuentan las gentes de Carmo, fermoso poblado de los vltimos resquizios moros de las Españas, vnas historias de estraño parecer. A buen seguro, estas cosas han de tener buen fundamento histórico, pues ha escritas muchas menciones a ellas. Vna historia ha en especial que se repite muchas vezes en todas las bocas; esta, la del chanciller decapitado. A esta leyenda, guardan todos muchas historias y romanceros que los trobadores sevillanos van cantando. Non procuro dezir mal de nadie, pero en esta tierra se confía en la verdad de essas leyendas; resúltame forçoso, sin embargo, pensar que esas cosas fueren assi. Le tienen vn día dedicado, el día del chanciller decapitado, el diez y nueve de julio, donde las gentes sellan toda entrada a las casas y encienden velas que ponen afuera de las hiniestras. Inquirí a vn trobador que hiziese merced y boluiera a referir vn romance que le oy cantar no ha mucho. Este es vn romance del assunto del chanciller decapitado. Esto escriuo aquí:

Viene a Carmo el Chanciller de Castella

Lança a mano diestra, carta a mano exquerda

A los moros de Andaluzia vino a darle auisso:

«Cristianos bolueos o luchad» les dixo,

«Ca el Rey Fernando preparado ha los sus exercitos

Y los Reyes Católicos puedenos morir que por cientos»

Oyendo tales cosas, el Rey moro llenose de enojo

Al Chanciller de Castella, mandó pronto al calaboço.

Ante el rey fue presentado, temprano el día siguiente

Que dixese vnas pocas palabras antes de su muerte.

Mas a la diestra del rey moro, vio vna fermosa dama

En amor le penetró el coraçon, como vna afilada daga.

¿Qual es essa fermosura? Essa muger hame cautiuado

Si en moro hubiese de conuertirme, por ella harialo encantado.

Admirado quedó el rey moro y al chanciller tuvo por sincero

A Almariya mandoles casados, y en el alcaçaba por poco viuieron.

Pues llegaronle las noticias al Rey Fernando Segundo

Y a vnos soldados brauos, mandó a verificar el assunto.

Entrando al alcaçaba en secreto, los soldados vieronles durmiendo

«¡Leuanta, cristiano malo, has traicionado tu reyno!»

El chanciller sintiose con culpa, y renegar quiso de su morería

Dixo esto alto, quando vino la guardia de Almariya

Murieron los soldados moros a los soldados del Rey Fernando

A Carmo mandaron al Chanciller, que a los moros hubo traicionado.

Maldixo el rey moro de nueuo a todos los cristianos

Al Chanciller de Castella, quiso morir con su mano.

En vna plaça de Carmo, leuantó la espada con el braço

El Chanciller de Castella murió, y quedó decapitado.

Agora, non fue el mi asombro leer este romancero, sino escuchar la leyenda de que se acompaña. Esta me la refirió el trobador. El dixo que el día del chanciller decapitado, sale el ánima de este a cortar cabeças. ¿Las gentes de Carmo, en verdad creen en essas cosas? Algunos sí, otros non. Mas el trobador dixo que el Alcalde de Carmo, por decreto, mandó celebrar vna fiesta el diez y nueve de julio. En essa fiesta, todo hombre debe cerrar todas las entradas de las sus casas y encender velas afuera de las hiniestras. Dizen, que quien no lo haze, amanece al dia siguiente sin cabeça».

Ahora, lectores míos, veo Carmona que aparece. Voy a descansar, y pronto os refiero el resto de la historia que Álvaro me contó, para que sepan el destino de Carmina y Rogelio. Después, yo mismo escribiré mi experiencia en Carmona; pues fíjense, que estamos a día quince de julio, y el Día del Canciller decapitado se precipita.

Continuará…

Comprá el libro de David Moraza acá:

Compartí, no seas paco