Leer el capítulo 1

Me dirigí al instante hacia el lugar, a medida que estábamos cada vez más cerca, más crecían las llamas, a 10 metros ya se podía sentir el calor. Era tremendo.

Dejé el auto enfrente, nos bajamos con Martín a ver qué había pasado, y se podía ver en la calle el recorrido de las ruedas, arrastradas, como un intento desesperado de querer parar lo inevitable. Escuché un grito, no era de ninguno de nosotros, parecía de un niño. Impaciente me tiré al piso para tener una mejor visión del auto dado vuelta, no se veía nadie, ni nada, solamente el fuego que empezaba a consumirse el tapizado del auto. Otra vez escuché el mismo grito, me levanté y vi que la baulera estaba cerrada, uno nunca sabe que puede haber ahí, así que busqué la llave cruz en mi auto, y la embestí contra la cerradura de la parte de atrás. Después de varios golpes, seis o siete, quizá más, estaba como loco, logré reventar la cerradura, y una patada al costado, fue suficiente para que la puerta se abra bruscamente hacia abajo, como soportando un peso sobre ella. De hecho, cuando se abrió, vi caer algunas cosas: dos bolsos, se podía ver que tenían ropa en ellos, y una bolsa, de esas reciclables y resistentes, llena de juguetes, juguetes de nena, muñecas, bicicletas chiquitas, pinturitas, y algunas hojas con dibujos y muchos lápices de colores, entre varias cosas más.

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– Acá ha habido una tragedia – le dije a Martín – no puede ser que haya ropa, juguetes, y nadie ni siquiera cerca del auto, pidiendo ayuda o ¡algo! – Grité.

– Vení Cristian, vamos al auto, ¿Tenés el matafuego ahí? Fijémonos si podemos agarrar algo de señal y avisar al 911.

Rubén y Mauro miraban desde enfrente, Martín se les unió cruzando la ruta, y cuando estuve a punto de cruzar, nuevamente escuché el tono infantil en un grito desgarrador. Me di vuelta, y a unos cinco metros, sumergida del lado de la oscuridad, vi a una niña. Rubia, pelo rizado, no más de cinco años, remera amarilla, tenía una jardinera de jean, con una flor en el centro, y botones plateados. Lloraba, pero no tenía signos de tener golpes o rasguños. Estaba muy limpia, reluciente. Lloraba con las manos en la cara, sentada al costado de la ruta, con sus piernas estiradas en dirección a los cerros, dándole la espalda a las líneas amarillas y blancas que marcaban y reglamentaban el camino. Comencé a acercarme a ella, y una voz que cruzaba la ruta me advirtió:

– ¡Cristian! ¡No! ¡No la vayas a tocar! -Era Mauro, aquel tan religioso.

– ¿Sos tarado? ¡Es una niñita! ¡Hay que ayudarle! ¡Debe ser del accidente!

– Cristian, esa nena no es del accidente ¡No estaba ahí cuando llegamos!

– ¿Cómo sabés? ¡Nos debe haber visto llegar y se acercó! – Le repliqué.

– ¡Sí! Nos vió llegar y se acercó, pero no es del accidente ¡No la toques! – gritó Mauro fuera de si.

– ¿Vas a empezar con tus cuentos estúpidos de brujas, y boludeces? ¡No seas idiota Mauro!

Definitivamente me acerqué, los demás seguían tratando de apagar el fuego, y comunicarse con alguien. Cuando estuve frente a ella me agache y le hablé:

– Nena ¿Qué haces acá? ¡Ey! No llores más. Vamos al auto ¿querés?

No tuve respuesta, solamente levantó la cabeza y pude ver su carita, no tenía miedo, dejó de llorar. Tenía un rostro angelical, los ojos eran infinitos, los labios rosados, la cara sutilmente sonrojada, cada vez que levantaba la mirada, hipnotizaba.

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– ¡No la toques! – Repitió Mauro efusivamente.

Me estiró los brazos como pidiendo que la alce, y no podía negarme, por más que en mi cabeza sonaba la voz de mi compañero con la prohibición, no podía alejarme, estaba enmarañado en el brillo infinito de esos ojos.

La levanté, y me di vuelta hacia mis compañeros.

Sonó otra explosión en el auto, más fuego, más calor.

Y cuando volvieron la vista no me hallaron.

– ¡Nooooo! ¡Cristian! – Me llamó Martín.

– ¿¡Qué pasó!? – Dijo Rubén.

– ¡Mirá, ahí está la nena!

Se levantaba, y se limpiaba la boca con la manga de la remera.

Continuará…

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