Como me hubiese gustado que todo hubiese salido de otra manera.

– Recuerdo ir corriendo por un pasillo muy oscuro

– ¿Estaba huyendo?

– ¿Pues por qué otra razón me pondría a correr en un lugar sin luz?

– El de las preguntas soy yo.

– Es cierto. Por esto me están pagando.

– Ya lo entendiste, bien. ¿Seguimos?

– Bueno, pero dejá de mirarme con lástima, puede que esté demacrada, pero ya me cansé de esa mirada.

– Ibas corriendo.

– Sí, iba corriendo y mientras que intentaba salir de ese laberinto me preguntaba por todo lo que había pasado antes, si mi vida era tan promedio, tan “normal”. Y ahora soy un monstruo.

– ¿Qué fue lo que te llevó a correr por ahí? ¿Cómo fue que terminaste así?

– Esa es la pregunta, si todo antes de eso estaba bien. La cosa es que con Enrique, mi pareja, habíamos decidido mudarnos juntos y estábamos viendo departamentos, los que nos gustaban o los alquilaban muy caros o pedían demasiados requisitos, los cuales en su mayoría no teníamos. Nos íbamos a casar en el momento que firmásemos el contrato de alquiler, ya estaba decidido. Que rápido pueden cambiar las cosas ¿no? Habíamos quedado en que yo lo acompañaba a cobrar unas deudas a Godoy Cruz, a ese edificio de mierda y de ahí nos íbamos a seguir explorando departamentos en alquiler. El plan era interesante.

La cosa es que Enrique me pasa a buscar por mi casa y me dice que lo acompañe al edificio, a ver un viejo conocido que le debía algo de plata. La pinta del edificio no me gustaba pero pensando que no nos íbamos a demorar más de 20 minutos en entrar y salir, agarré su mano, le di un beso tierno en la boca y entramos.

El viejo no quería pagarle, no recuerdo muy bien porqué, cuando se empiezan a calentar los ánimos yo me apoyo en una pared cercana a la puerta, justo se corta la luz y ahí lo sentí. El primer puntazo en el brazo, el dolor, y el ruido de la puerta abriéndose. Toco y siento que sale sangre, empiezo a gritar y con la linterna del celular busco a Enrique que no está en ninguna parte. Y el viejo tampoco está, me encuentro sola. El brazo me sangra mucho, pero en la desesperación abro la puerta del lugar y alguien corriendo me empuja y me tira al piso y siento un líquido que se me impregna en la cara y en el pecho, al olerlo siento un olor a combustible. Ya desesperada me levanto como puedo y llamo a Enrique por el celular, y siento su celular a lo lejos. Veo una ventana al final del pasillo y me acerco corriendo, veo qué hay muchos patrulleros y no entiendo nada.

– Ahí fue que se prendió fuego todo, ¿no?

– Sí, y el fuego del lugar se me expandió a los lugares de mi cuerpo que tenían el combustible. Me prendí fuego, literalmente, empecé a correr y gritar y bueno, quede así destrozada como estoy ahora.

La cosa es que sigo corriendo por ese laberinto en llamas. Nunca pude encontrar a Enrique, nunca pude, cuando logré bajar por la escalera alguien me tiró una manta encima y me desmayé. Me desperté en el hospital, dos días después.

– Usted no sabía que era un lugar de fabricación y venta de droga, ¿no?

– ¡Claramente que no! ¡Enrique no me dijo de qué era la deuda! Nunca lo encontré, no supe más de él, vivo al menos.

Y después de decirme algunas cosas se levanta y se va. El periodista me dice que va a salir en un reportaje en el diario Los Andes del domingo siguiente. Yo no sabía que era una emboscada de la policía que buscaba desbaratar un negocio de drogas. No sabía que aquel beso que le di a Enrique sería el último. Lo encontraron muerto de dos puñaladas en otra habitación. En los restos de la habitación prendida fuego.

Es tarde y miro por la ventana, me toco la cara y siento las marcas de la injusticia en mi rostro. No es justo. Nunca lo es.

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