Leer capítulo 1: Carmina Maese y Don Rogelio Maese

Pues sepan ustedes, leyentes futuros, que Carmona me recibió a lo lejos con mucho sol y mucha belleza; siendo la torre de la Iglesia de San Bartolomé nuestro faro diurno. Por fin, entrando por la Puerta de Sevilla, vestida de arcos de herradura (herencia mora), me quité a las gruñonas cigarras que se habían quejado todo el camino.

Bajándome del carruaje y pagándole al cochero en pesetas, me sentí muy ligero al verme con pocos dineros. Pues en la bolsa, bien guardada esta, tenía una mezcla de reales y pesetas que no sabía para cuánto me darían en aquel lugar. Temía yo por mi bienestar, pues en verdad necesitaba de mucha hidratación y alimento, y me preocupaba tener que acudir a la buena voluntad de los cristianos de allí. Yo me consolaba pensando que, con el calor, los mercantes me harían precios justos. En estos pensamientos, el cochero marchó y quedé solo en las calles estrechas del nuevo Carmo.

Aquí viene otro —renegó un hombre sentado en el porche de su casa, y otros muchos se juntaron para protestar con él.

Ignorando yo que hablaban de mí, comencé a andar por si encontrara una venta con la que negociar y encontrar alojo. Sin embargo, aumentaron los refunfuños y me giré para caer en cuenta que tenían en mi persona el sujeto.

Y tú, ¿qué vienes a comprar? —rezongó el mismo hombre.

Pensando bien qué decir, pues se notaba la irritación de esas gentes, no encontré mejor respuesta que la sinceridad.

Pues miren ustedes, que yo busco de qué comer y en donde alojarme. Si no eso, un cajón donde caer muerto.

Se asombró el hombre y el corro de gente. Al poco, mientras la muchedumbre seguía en crítica, se me acercó éste y me habló mucho.

Perdone, hombre, que es usted muy bienvenido a Carmona. Pues pensábamos que venía a comprar tierras; que, con esto de las desamortizaciones a la Iglesia, compran las tierras los nobles y la burguesía ajena. Aquí andamos protestando, pues al menos la iglesia compartía que no los nobles ni los ricos.

Andando yo poco enterado de esos temas poco tenía de qué contestar y dar plática. Así, de nuevo, desde la más sincera necesidad, torné el tema a mis apuros.

Así anda toda España, en protesta —mentí—. ¿No sabrá quién me de alojamiento por reales o unas poquísimas pesetas?

Rio el hombre un poco y contestó.

Vea usted la suerte que le acompaña, pues no hay ventas que quieran reales, sólo los mercaderes de la Plaza de abastos aún los aceptan. Sepa usted, sin embargo, que en el Alcázar dan alojamiento de buena voluntad, justo estos días de Julio; pues, con este calor mortal, no quieren que muera nadie ni ver cosa siniestra tumbada en las calles.

A esto que se acercó una anciana de simpático parecer.

Y, hombre de Dios —dijo la anciana salida de entre la muchedumbre—, sepa usted que donde esté yo, no cabe el hambre, que me rehúye esta. Cuando le pique la panza, toque usted esa puerta de ahí —dijo señalando—, que de buena voluntad le lleno el comer.

Me mandaron a hablar con el Padre Reginos, en la Iglesia de Santa María, pues él se encargaba de los menesteres del alojo. Así, subiendo por las calles, dirección a dicha iglesia, comencé a dudar. Pues, viendo los geranios tan rojos y el cielo tan azul, no se me hacía que las ánimas salieran a cortar cabezas por esos sitios de tanta vida y poca muerte. No obstante, todo sea dicho, mi opinión cambió pronto; tras vanas pláticas, el Padre Reginos, habiendo juntado un grupo de necesitados, nos condujo al Alcázar. Siniestro por siniestro, me encontré un alcázar ruinoso y derruido; una gran decepción, pues esperaba yo encontrar uno esbelto y luminoso como el de Toledo. Sin embargo, siendo un servicio gratuito, le agradecí a Dios y la Iglesia y me arrepentí de mis exigencias.

Ya de noche, me encontraba asomado por una terraza de las ruinas, disfrutando cuanto pudiese de la soledad, con la única compañía de la Luna y los campos sembrados que en poco se dejaban ver. Mas el deber llamó, y quise socializar con los que conmigo dormirían esa noche. Así, viendo a un hombre que rondaba solo, vine a conversarle y hablamos por un rato.

Y, ¿qué te trae aquí? —preguntó finalmente.

La busca de ánimas —contesté confiando en nuestra reciente confianza.

¡Cosa! Pues hay un hombre ahí —dijo señalando a uno que leía a la luz de una vela—, Don Gergal dice ser, que se le parece a usted. Pues cree en todo lo que no se debe.

Entré en prisa por terminar esa conversación y embarcarme en otra con Don Gérgal, que parecía poder ayudarme. Así fue; presentándome, pronto le dije lo que iba buscando.

Es usted un tonto, no hay duda —dijo Don Gergal al escuchar mi interés por la leyenda del canciller.

Y, ¿eso?

Deja usted a un amigo sin más cabeza que el esófago descubierto, y viene aquí a buscar la misma ventura. Fíjese, que ya avisó Cervantes, dueño de la cultura española, que «la temeridad no es valentía».

No esperando tal respuesta, contesté lo poco que la prudencia aconsejó.

Nadie lo sabe todo, ni lo ignora todo.

El hombre, sabiendo que no encontré de donde defenderme, me miró con aburrimiento.

Pues ignora usted lo más importante. Como los curas, buenos hombre sin dudad; pero le niegan la fe a todo lo invisible, menos a Dios. Así con todo, se condescienden a encender velas y cerrar puertas y ventanas, como bien manda la leyenda.

Entonces, me asegura que la leyenda es cosa cierta, ¿es así?

¿Cierta? ¡Certísima! Y de ganas. Pregúntele a Doña Maese, sin más; ella bien le dirá.

¿Maese? ¿Qué sabe ella?

Todo lo que se necesitaba saber, y de primerísima mano que lo sabe.

Me alegré sobremanera, pues, en poco tiempo, encontré muy buenos consejos y referencias. No había duda que esa Doña Maese debía estar relacionada con los Maese de la historia de mi amigo decapitado. En esto, que se me ocurrió una cosa más que inquirir.

Dígame, pues parece usted de la localidad, ¿qué hace usted aquí, en el Alcázar? ¿No tiene casa?

Ya sabe usted que el día del Canciller Decapitado se acerca y, mi casa, por su estado y mi pobreza, no es cosa segura. Aquí, ya que los curas cumplen las tradiciones del pueblo, hay más seguridad.

En estas razones nos cogió el sueño y el Alcázar quedó en silencio. Sólo algún ánima pareció interrumpir la noche, un leve viento que me despertó cuando la Luna ya no alumbraba. Era un ánima que hablaba con silbidos, silbidos llanos y lentos que parecían decir, «morirás». Temblé mucho del terror, pero disfruté mientras lo escribía todo en mi libreto.

Continuará…

Comprá el libro de David Moraza acá:

 

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