Tus brazos me rodeaban fuerte y me atraían con firmeza a tu cuerpo entero. Precisamente, entre tus brazos redescubrí la pasión, el deseo y quizás, solo quizás algo de amor. Porque calmar nuestros demonios ardientes, se asemeja más a apaciguar el fuego con combustible, abandonando todo rastro de ternura.

En mis labios quedó el sabor raro y agridulce de nuestro sudor, nunca hubiera imaginado beber tu ser de esa manera. Sentir esas gotas enormes rodar por mi pecho hasta explotar contra el tuyo, cada vez que empujabas sobre mí.

Tu boca imperfectamente grande, con sonrisa diabólica y cautivadora, escondía su mejor secreto. Esa lengua que a latigazos constantes recorría mi entrepierna sacudiendo mi aliento y entrecortando mi respiración cada segundo, cada minuto…largos minutos.

Sabías como acelerar mi pulso, lo usaste a tu antojo de niño y yo, solo dejé que lo hicieras.

Mapeaste mi cuerpo milimétricamente con sus relieves y su valle, sedujiste mis horizontes ya colonizados por otros exploradores, pero nadie supo explotar mis riquezas de tal forma.

Como no adorar cada marca en mis muslos si reconocía tus dedos rompiendo mis capilares sanguíneos cuando me tomabas con fuerza para que no escapara de tu piel. No sabías que no tenía intenciones de hacerlo porque estar encadenada a vos es lo que más disfruto.

Necesito volver a rodear tus caderas con mis piernas, arrastrándote a que te zambullas en mi cuerpo excitado. Quiero volver a escuchar cada frase atrevida que susurraste en mi espalda mientras la recorrías con aliento húmedo.

Voy a esperarte con la puerta sin llave, a un nuevo encuentro casual y prohibido, para que entres una vez más a robar con permiso mi lujuria.

Escrito por María Silva para la sección:

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