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Era una gran tormenta. Bajo el chaparrón se veían azotadas las ventanas y el aire electrizado, como sucede en los tiempos de lluvia, aumentaba la ansiedad en mi pensamiento. Un desdén, un capricho, confusión invadían todo sin dejarme pensar con claridad.

Los noticiosos de la televisión y la radio la calificaban como la mas grande de la historia de Buenos Aires. Eran eso de las 10 pm; y todavía estábamos metidos allí. Era nuestro trabajo, por eso requería una disponibilidad absoluta.

– López, mira como llueve.

– Si, gracias a dios que esos comunistas se pusieron las pilas.

– Son anarquistas idiota. Es muy diferente.

– Para mi son todos iguales.

– Callate imbécil. – le dije, y sonó el teléfono.- Atendé tu teléfono, a ver si hacés algo.

López era mi compañero. Gordo, calvo y bastante idiota en mi opinión. Pero eramos amigos; desde siempre, y sacaba el héroe de su capa, de su capa de grasa, en los momentos mas inesperados.

Para explicar el diálogo, López se refería a las alcantarillas y los anarquistas (como si entre la casa de Teresa de Calcuta y una mazmorra donde se creman cadáveres que terminan en el Ganges hubiera misteriosos atajos subterráneos. Como para tener esperanza en el mundo). Hace algún tiempo hubo una tormenta en la ciudad, bastante intensa, parecida a la que ocurría en ese entonces. Las alcantarillas estaban tapadas de basura y todos en la ciudad establecieron como planta baja, el primer piso. Esto ocurrió cuando el gobierno de C. F. Kirkman. Todos se enojaron con C. F. y votaron a los anarquistas (solos en su lucha), y como era de esperarse de estos ineptos votantes, lo hicieron solo con enojo y cero conciencia, para tomar una pequeña venganza contra C. F. Así los educó C. F., y le salió por la culata. Yo (solo en mi lucha) por mi parte, estaba feliz con los anarquistas, que subían por primera vez. Entre muchas de sus obras, figuraba la renovación alcantarillesca (quijotillesca para C. F. seguro. Otros pasadizos.) como también un nuevo sistema de recolección y reciclaje muy efectivo. Educación, etc. Por eso el idiota de López daba gracias. Porque ahora podía despreocuparse de que su automóvil fuera arrastrado cuadras y cuadras por el agua en las calles.

Colgó.

– Ey rojo. Hay laburo.

Me puse mi saco y mi tapado. López se puso su sábana de dos plazas con mangas, y salimos.

Llegamos a una vieja estación de trenes, abandonada alrededor de la década de los ’60, donde se llegaba atravesando un callejón entre dos edificios de departamentos.

Había sido violada brutalmente. No había luz así que López nos consiguió unas linternas. Llovía como nunca; se sentían chapotear las botas y los zapatos en medio de ese oscuro callejón.

Un pequeño agente me esperaba al final.

– El hecho ocurrió hace una hora aproximadamente -su voz era muy chillona-.

– La víctima.

– Se presume una chica entre los 18 y 27 años. Está muerta o…

– ¿O qué? ¿Donde está el cuerpo?

– No está, señor – chilló el agente-.

– ¿Como que no está? – dijo López -. ¿Acaba de decir que está muerta no?

– ¿Por qué lo movieron antes de que llegáramos?

El pigmeo comenzó a sudar de miedo. Nuestros rostros permanecían impasibles.

– A ver, agente -dije al final-. Deje de chillar y explíquenos que sucedió.

Un inquilino de uno de los edificios regresaba del trabajo. Ya en la puerta, observó que un hombre y una mujer entraban abrazados al callejón. La mujer temblaba de frío pensó, ya que en esos momentos ya había comenzado a llover. Su departamento daba al oeste, o sea, a la estación abandonada. Allí vió, entre sombras, que dos personas forcejeaban, e inmediatamente llamó a la policía.

Mas tarde, colgaron unas lámparas en la escena, lo que la hizo mas insoportable. Habían evidentes señales de lucha y forcejeo, pero algo me parecía extraño. Pero era algo en mi, no en la escena, deduje después.

En el suelo había señales de lucha y arrastramiento. Y los fluidos, lo mas terrible y abominable en estas escenas. Heces, eyaculaciones y sangre unidas en un charco de bazofia.

Me preguntaba donde estaba la chica. Si la tenía secuestrada o si habría podido escapar. Podría estar enterrándola en este momento, pensé.

Entre los fotógrafos y los forenses entretenidos con su charco, apareció López. Sonriente dijo:

– Mirá lo que encontré – traía un naipe blanco (conocido) con una frase escrita (que ya también conocíamos):

HAZLE A LOS OTROS, LO QUE TE HAN HECHO A TI”

Nos miramos y dijimos a la vez: “Zinadoff”.

Zinadoff era el maldito violador de moda. No tenía estereotipos, violaba a cualquiera que quisiese. Al principio su marca era una gran zeta hecha brutalmente con un cuchillo en las espaldas de las víctimas. Pensábamos que era un chiste; y tal vez él también pensó que lo pensaríamos nosotros. El idiota se volvió mas sutil y comenzó a dejar los naipes con esa frase detrás. Lo único que tenía por regla Zinadoff, era cortarle la garganta y dejar que se desangren.

Hacía meses que le seguíamos el rastro. Era ruso; trabajaba para la mafia rusa, pero lo expulsaron y lo dieron por muerto cuando lo envolvieron en una alfombra y lo lanzaron al río. Un contacto que teníamos dentro nos dijo que había violado a una de las hijas del jefe. Luces de sus ojos… Teníamos su rostro; teníamos su nombre, pero no podíamos atraparle. Era lo más frustrante. Asesinaba a todas sus víctimas y no tenía preferencias: niños, ancianos, jóvenes. Por su frase, deducimos que él también habría sido violado, pero es obvio que no había muerto. El mismo hombre que teníamos dentro de la mafia había esta en contacto con el algunas veces, puesto que trabajaban para el mismo jefe. El mencionó que Zinadoff tenía una gran cicatriz que le atravesaba el cuello. Había escapado a la muerte. Los violaba y les cortaba el cuello, tal como se lo habían hecho a él; una oportunidad de escapar a la muerte.

El maldito quería vengarse del mundo, repitiendo la misma escena miles de veces, una y otra vez. Como en una siniestra calesita donde payasos deformes nos lanzan frases repugnantes e hirientes, cada vez que las vueltas nos los ponen a centímetros de nuestro rostro.

– López, andá a ver que mas le sacas al testigo.

Con el naipe dando vueltas en mi mano, intentaba pensar como Zinadoff, trataba de anticipar su siguiente paso. Pero había algo mal. El oso o alce volvió regodeándose:

– Le pedí descripciones. La chica era rubia de un metro 75, aproximadamente. Zinadoff venia con capucha.

– ¿Nada más? -dije reclamando-.

– Nada más.

– La puta que te parió López.

– ¿Que? ¿Por qué te metes con mamá?

– ¡Seguimos sin nada!

– Tranquilo. Volvamos mañana a ver que sacamos.

Le pedí a López que me llevara a mi apartamento. Había goteras por todos lados, y ya no tenía ollas. Se fueron con María. Lo único que me quedaba era una botella de whisky y un sillón carcomido por el polvo y las polillas.

Bebí un vaso, y fui hundiéndome en el sillón; y en un sopor.

Soñé que llegaba al departamento después del trabajo, y en la obscuridad vi que alguien estaba en el sillón. Me paré frente a él con mi pistola en la mano y con la otra, retiré la manta rápidamente. Era Zinadoff. Me miró fijamente, con un reproche en sus labios durísimos. Me miró sarcásticamente, y luego lanzó una horrible carcajada. Comenzó a pararse; no paraba de reírse. Apreté asustado el gatillo pero nada salió de mi pistola. La risa de Zinadoff inundó el departamento hasta enviarlo a la oscuridad aplastante que me tumbó al suelo. Quedé boca arriba mirando la nada infinita… y sonó el teléfono.

Continuará…

Escrito por Armando Barreda para la sección:

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