ilustrac 1 El Desmonte

Aquella mañana calurosa del más temprano marzo me levanté de mal humor y todo el día fue un día de mal humor. Estaba por jubilarme y la vida perdía sentido. Entre el irse y el llegar, sin gloria ni pena o con pena y sin gloria, y lo de la gloria es lo de menos porque días gloriosos son aquellos que ya no tienen ni recuerdo que recuerde, y la pena es una maldita sombra de sí mismo que hay que sacarse de encima pero ella insiste… La mesa, el desayuno y ninguna otra cosa que hacer en el día. La noche, una bendición pero el día suele ser largo a la espera del anochecer. Moverse, en definitiva, no correrá las tumbas ni un centímetro. Fui a la iglesia de mañana y vi dos personas adentro, uno era el mismo tipo que había estado la noche anterior, y vaya a saber qué problemas graves lo llevaban a la iglesia apenas abría sus puertas a eso de las nueve de la mañana para la adoración del Santísimo. Ya no era un cuerpo sino totalmente un alma, sin división, y me pregunté si la sordera de Dios o la sabiduría de Dios tendrían alguna palabra con el miltrillonésimo desesperado que acude a Él sin tener a nadie más que velara por quien ya es pura alma, doliente y sufriente, sin resabios del cuerpo que en algún río tangible lanzó un día el ancla para su océano.

Entre el dolor y el refugio entre espíritus recalan todas las sombras, zozobras de luz esquiva, porque la luz es molesta. Molesta para el pecado y para el dolor. Salí de la iglesia y en la plaza miré al vuelo en el puesto de diarios los titulares. El olor de las panaderías, las letras que hablaban de dieciseis mil hectáreas que se han desmontado el año pasado y que solo queda un cinco por ciento de bosque nativo. La convocatoria a una marcha. Y otros detalles que definieron ese día: el ministro de medioambiente (no lo escribas con mayúscula), el rabino bergman, llegó a Córdoba, se abrazó con el gobernador, dijo que sigan desmontando sin problema, que el presidente los apoyaba porque el billete, señor rabino, es el billete. Y esos loquitos de los movimientos campesinos, esos zurditos, ya no tienen cabida, se les acabó. Y el rabino, que lleva escrito en la sangre su holocausto, porque: holocausto como el nuestro no hay ni habrá, ni me molesto en el holocausto de los árboles, en la devastación de la tierra. Se gastarán unos millones de pesos en construir un canal de drenaje para el agua que la tierra desmontada no absorbe, y en el balance del debe y el haber recogeremos frutos abundantes. ¿Qué frutos, rabino? ¿Naranjas, uvas, manzanas? Los frutos, los únicos frutos, que se pueden acariciar como al durazno, jugosos como la uva, deliciosos como la manzana: dólares.

A media mañana ya mi mente estaba en otra cosa. El mal humor seguía y terminé pateando al perro por sentarse a mi lado. Fuera, cucha, salga de acá. Sobre el cuadrado de paredes blancas del patio, digamos una caja de zapatos, se pueden ver tras lo alto de la pared algunos árboles, y luego solo el inexpresivo cielo. Y así se fue un paquete entero de cigarrillos. Y si me apuran, diría que el día se fue así también, se fue conversando en silencio con esas copas de los árboles sobre el muro, porque con el perro es imposible hablar, su único tema de conversación es: ¿habría un pedacito de pollo hoy para mí, los huesitos de una pata muslo, una mierdita, algo?… Hijo de puta comé el balanceado, que me sale más caro que un hijo bobo… Pero con los árboles mantuvimos una conversación distinta: hablamos de distancias. De los desiertos llenos de asimetrías y acechados por la sombra de las simetrías. De los justos del poema de Borges: no existen los justos, y si existen no están salvando al mundo. Hablamos de nombres, de países, de lugares. Hablamos de lo poco importante que resultó lo importante. Y hablamos del día de hoy. Y callamos a la noche.

A la noche, por esas cosas del azar, me encontré caminando por la ciudad y entonces los vi, sobre la avenida Gral. Paz, marchando, los rostros pintados como sanavirones o comechingones del pasado, dirigiéndose hacia la Plaza San Martín frente a la Catedral, donde estaba montado el escenario. Cuarenta mil personas, los campesinos organizados, los gauchos a caballo, los niños, los jóvenes y su espíritu intocable y entero, los hombres y las mujeres, los venidos de las sierras lejanas, desde San Marcos a Villa General Belgrano, del norte y del sur. Los bombos y el ruido de una marcha que no despertaría el sueño de un rabino y un gobernador que dormían tras haber hecho el amor. Al frente de la marcha iba Doña Jovita y está todo dicho. Sobre el escenario, ya con la noche haciendo guardia, Jovita dijo lo que había que decir. Sorpresivamente estaba Yamila Cafrune entre los presentes y subió al escenario, luego Raly Barrionuevo entonó aquella canción de Jorge Cafrune, “Luna cautiva”. Y esa luna en cautiverio nos mostró un poco de libertad cuando su brillo marino se mezcló entre nuestros rostros serranos.

ilustrac 2 El desmonte

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