Recuerdo cuando planté el carolino. Los carolinos son de los árboles más icónicos de Mendoza, aquellos cuya sombra y ramas son eternas. Fue el primer árbol que planté en mi vida, en la puerta de mi casa y junto a Sebastián. No habrá medido más de un metro en total, era el más pequeño del vivero, y justamente por eso me lo traje. Éramos jóvenes los tres, llenos de ilusiones y alegrías de la casa nueva, la vida juntos, la primera gran aventura.

El árbol empezó a crecer, el tiempo empezó a pasar y la vida empezó a fluir. De a poco fuimos llenando las libertades de la juventud con las responsabilidades de la adultez y lamentablemente nos fuimos volviendo personas grises. De jóvenes hablábamos de comernos al mundo, de viajar a todos lados con solo una mochila y ya mayores hablábamos de trabajo, de deudas y de los niños que tanto queríamos tener y no podíamos. Lloramos abrazados cuando por mis piernas corrió un río de sangre. Aborto espontáneo me dijo el médico. Para mí fue un dolor inconmensurable.

En un momento dejamos de soñar y nos recluimos en una vida gris. El amor seguía estando, eso nunca nos faltó pero cerraba los ojos en la noche y me resignaba. Eso no podía ser todo en la vida, así no lo había imaginado.

Ya habían pasado varios años, el carolino estaba enorme, lo regaba pacientemente todos los días. Y de pronto a fines de un marzo, empezó a llover. Ya había tomado la decisión de dejar a Sebastián, no soportaba ese estado constante de monotonía, sentía que la vida no debía de ser solamente eso. Existir.

El sofocante calor del verano mendocino se fue quedando atrás y lo reemplazó la llegada del otoño con días menos cálidos, más grises y ventosos. Recuerdo perfectamente esa noche, estábamos a punto de hablar y empezó a llover. No nos preocupamos, no había ropa tendida, y de pronto se cortó la luz y aparecieron el viento y los rayos. Me empecé a preocupar, cerré los ojos y vino Sebastián y me abrazó. Siempre ese tipo de tormentas han despertado en mí un cierto temor, temor a la tormenta en sí y temor a lo que viene luego. No cesaba cuando me agarró la mano y me dijo “vamos a acostarnos, la lluvia sola va a parar en algún momento” me llevó a la cama y me abrazó, el miedo se me fue de apoco y esa noche, como nunca, hicimos el amor.

Al otro día ya había terminado la tormenta pero no sus destrozos. Prendiendo el televisor bien temprano, mientras desayunábamos, vimos que había caído piedra y había destruido muchas plantaciones al sur. Había roto árboles, tirado postes, casas y había mucha gente en estado grave por heridas. La tragedia fue peor cuando salí a la puerta de mi casa y casi me desmayo del dolor en el pecho. Mi amado carolino, aquel que había plantado de pequeño, aquel que representaba todo lo bueno de mi juventud, estaba partido por un rayo. Sus bellas ramas estaban partidas y esparcidas por toda la calle y la vereda y mi corazón se partió en mil pedazos. Lloré por él, era un árbol joven y hermoso que había quedado reducido a un pedazo pequeño de tronco destrozado por la tormenta.

La municipalidad hizo su trabajo y en poco tiempo todo empezó a volver a la normalidad. Se llevaron los restos de mi árbol y quedó su espacio vacío. La época de tormentas no amainó pero ya al menos no eran tan fuertes. Empecé a tener nauseas más frecuentes y cambios de humor extraños, muy fuera de lo común para mi personalidad. Ya no quería estar lejos de Sebastián, cuando me abrazaba por la noche sentía que, a pesar de todo, si estaba con él que me abrazaba, todo iba a estar bien.

Fui al médico y éste, sin decirme demasiadas cosas me pidió unos análisis. Cuando me sacaron sangre me dijeron que en unos dos días iban a tener los resultados, entonces salí del laboratorio y enfrente había un vivero. Empecé a recordar a mí ya fallecido árbol y se me cayeron unas cuantas lágrimas.

A los días voy a buscar el resultados. Sin abrir el sobre, llego a mi casa y me encuentro a Sebastián en la puerta riendo a carcajadas.

-¿Qué pasó?- le digo visiblemente extrañada por la situación.

-Mira ahí, donde estaba tu árbol.

Y ahí lo vi. Un brote pequeño, de unos 15 centímetros creciendo del lugar donde estaba el tronco del carolino. “La vida siempre se abre camino” pensé, y cuánta razón tenía, quizá de a poco el pequeño brote se convertiría en un árbol.

Entro a casa, abro el sobre y ahí me saltaron las lágrimas, el médico me había pedido un test de embarazo, el cual había dado “positivo”. Nunca le encontré tanto sentido a esa frase, la vida, después de la tormenta, se abrió camino.

FIN

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