vestido rojo

Habían pasado unos pocos meses de mi ingreso al Mendo, como lectora sólo sabía sus seudónimos de miembros y ninguno en persona, finalmente se organizó una juntada y me dispuse a ir a conocerlos.

Como algunos de ustedes saben, no soy de capital, ni siquiera de los alrededores, por lo que armé mi bolsito, busque mis mejores prendas, ensille el caballo y preparé mi carreta para ir a la gran ciudad.

Luego de tres días de viaje, y medio día para encontrar el lugar del evento llegué, até a Juan, mi potrillo a un palenque medio raro, de tres colores, después me dijeron que se llama semáforo, acomodé mis trenzas y tomando aire… entré.

El lugar del encuentro era un tipo de pulpería un tanto extraño, habían caños plateados que cortaban el lugar y un grupo de sillones reservados para todo el staff. Automáticamente identifiqué a Bomur por su remera de estampado maraca y a Conep por su camisa a cuadros tipo mantel.

Saludé a cada miembro del grupo, el quilombo de nombres y apodos que tenía era total, zafé más de una vez adoptando lo que parecía ser un apodo genérico cordial “¡eh boludo pásame…!” lo que sea. Pero algo faltaba, alguien faltaba.

Una hora más tarde que el resto se abrieron las puertas de par en par, por dos monigotes de seguridad, dando paso a la mujer más rubia que vi en mi vida. Un 1,75 de puro glamour entallados en un vestido rojo furioso de diseñador internacional, que después supe que salía cuatro meses de mi sueldo, y unos zapatos con 20 cm de taco color “nude”, en mi pueblo le decimos “piel”, ni en revistas había visto… ¡así es! había llegado “Marqui Mdltudo”, pero en el ambiente es conocida como Milagros Pilar Irribauren Álzaga.

Se dirigió a un área destinada especialmente para ella, con un sillón blanco, una comida en rollitos chiquitos que le decían sushi y un vino que debía ser muy fino porque no era en damajuana. Cuando se acomodó me pidió que le pasara a su seguridad a “Luis Butom”, por suerte me señalo la cartera porque no sabía que corno era.

Después de eso preferí no hablar porque sabía que iba a cagarla, me limité a escucharla hablar sobre sus vacaciones en algún lugar de las Europas, supongo, porque nombraba mucho algo así como “Saintropés”. Se dirigía a todos con soltura, parecía una maestra de ceremonias de una gala de esas de la tele, hasta que me vió y me dijo amablemente:

– Hola, disculpa, ¿sos nueva en el staff? ¿Cómo te va? – sospecho que me delataron las alpargatas porque me las estaba mirando.

–  Si, sho entré hace un mes –  trate de marcar las eses y evitar decir IO – es un honor conocerla, la verdad que parece salida de la televisión, más linda que esas fotos que pone en el FeissssssbuC.

– Gracias querida. No es para tanto – la humildad de los grandes – sentate acá al lado que quiero conversar con vos. A ver decime ¿comés choripán?

– No – contesté con seguridad.

Levantó su mano, con su dedo índice y anular formó una V, y preguntó:

– ¿Sabes que significan?

– Si, V de victoria o tráeme dos empanadas más, depende…

– Ok con eso me basta, vas a ser mi pupila…escúchame bien, para ser del staff no poder ser pobrA –  dijo, mientras se tapaba la boca con la mano sin tocar los labios para disimular el espanto – Así como muchos dicen que “no es negro de piel, si no negro por dentro”, la pobreza no es algo que tenga que ver con el dinero, sino con una actitud frente a la vida. El estilo y el buen gusto no se compran, chiquita. Podés tener millones de dólares y seguir siendo una groncha como Wanda Nara, pero la estirpe y actitud, como la de mi amiga, Juli es algo que no se puede pagar, imitar no opacar ni con un vestido de un puestito de la salada.

– ¿Qué Juli? – pregunté temerosa de terminar con uno de los tacos aguja en el ojo.

– La esposa de Mauricio… Juliana Awada ¡corazón!

Asentí, antes de seguir pasando vergüenza y con mucha amabilidad prosiguió con la explicación:

– El problema son los pumas cascoteados que se las dan de gatos de angora, las que vivieron toda su vida a polenta y ahora se hacen las finas pidiendo caviar, al que obviamente le ponen mayonesa porque no lo pueden pasar. Son las típicas arrastradas por un champagne, que encima que no quieren pagar, no lo saben disfrutar y le ponen speed porque es “amargo” ¡qué horror!

Pensé que se iba a hiperventilar, pero uno de sus escoltas la empezó a abanicar. Supuse que era momento de resolver una incógnita de la humanidad y pregunté:

– ¿Qué es peor quedarse en la popular o rogar un precinto para entrar al VIP?

– Nunca me paso, yo entro por puerta especial directo a una sala acondicionada para mí. Pero en el hipotético caso que llegara a pasar… paguen la entrada. No hay peor cosa que la arrimada que se gastó medio sueldo en comprarse un vestidito en los persas cerca de la terminal para después mendigarle a un RRPP que la deje pasar ¡dignidad!

La seguí escuchando anonadada, hasta que, como corresponde a toda celebridad, debe ser la última en llegar y la primera en irse, comenzó a despedirse y decidí acompañarla hasta afuera, me saludó atentamente, me invitó a tomar el té una tarde mientras el chofer le abría la puerta del Mercedes, vió a mi transporte Juan y exclamó:

– ¿Viniste en tu caballo de polo? ¡Qué pintoresco!

Selfie de Juan

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