Mucho se está hablando por estos días acerca de los beneficios de la marihuana sobre ciertas patologías y de la posibilidad de legalizar el autocultivo tanto para consumo recreacional como para la elaboración de aceites terapéuticos.

El hecho es que uno googlea “marihuana” y aparecen miles de páginas sobre las innumerables bondades de la plantita, recordándome al aloe vera y al té verde, anteriores plantas tipo “superyuyo” que curaban o aliviaban absolutamente todo y hasta el día de hoy son consideradas de culto para ciertos grupos de acérrimos defensores de lo “natural” por sobre lo “artificial”. Ante semejante marihuanomanía, creo que vale la pena hacer dos pasos para atrás y mirar un poco más objetivamente el asunto.

¿Qué es lo que aprobó el Poder Legislativo?

Lo aprobado por las cámaras mendocinas y de otras provincias es la posibilidad de utilizar productos que contengan los principios activos de la marihuana para investigación clínica; y así poder determinar (en estudios serios, hechos con muchas personas, bien documentados, estrictamente regulados y con dosis exactas) cuán efectivo y seguro es usar esas drogas en una o más enfermedades. De ningún modo quiere decir que si te agarran con una bolsita o tupper lleno de flores vas a poder zafar diciendo que tenés algún tipo de enfermedad y te lo recetó el médico.

¿Qué tiene de bueno la marihuana?

La marihuana se parece bastante al alcohol en el sentido de que es un depresor del sistema nervioso central: cuando es utilizada ocasionalmente relaja, elimina inhibiciones, ayudando a sacarnos de encima por un rato presiones sociales y económicas que llevamos encima como una gran mochila. Si hay exceso en la dosis pasamos de relajados a boludos atómicos… como el alcohol. No a todo el mundo le pega igual… como el alcohol.

Tiene además algunas propiedades analgésicas, por su acción sobre las conexiones entre neuronas: enlentece o modera ciertas señales, de ansiedad, de dolor, de sufrimiento. Por eso en otros países también se prueba en enfermedades donde el dolor proviene del sistema nervioso (neuralgias) o donde el dolor disminuye si la ansiedad se controla. Y esta propiedad de amortiguar la comunicación entre una neurona y otra sería la responsable de su acción antiepiléptica, enfermedad (para explicarlo en criollo) donde hay grupos de neuronas “hipersensibles” que ante cualquier estímulo desencadenan una convulsión.

¿Y cuál es el problema con cultivar marihuana?

El problema reside en que no podemos tomar algo que tiene “ciertas propiedades” como la panacea de la naturaleza. ¡La cantidad de personas que habrán muerto pensando “la naturaleza es sabia” y “una plantita no me puede matar”!

Así como cuando nos duele la cabeza o una muela el médico no nos manda a lengüetear un sauce blanco (fuente de ácido salicílico) hasta que se nos pase, tampoco es serio pensar que nos van a mandar a cultivar y preparar nuestros propios porros o aceite para autocurarnos.

Cada planta según la tierra, la cantidad de sol y agua, el viento, la humedad ambiente, la temperatura media, el podado, la edad, y diez mil cosas más va a tener una concentración diferente de sus principios activos. En enfermedades tan delicadas como la epilepsia donde se monitorea incluso la concentración en sangre que alcanza una droga (ej valproato, que trae una cantidad exacta de droga por pastilla) para ajustar la dosis, ¿qué clase de seguridad puede tener darle a un paciente un aceite hecho vaya a saber dónde y con qué concentración de sus componentes antiepilépticos?

¿Qué tiene de malo la marihuana?

Como toda droga psicoactiva, incluyendo al clonazepam y al alcohol, el meterse en el delicado equilibrio de moleculitas que ordenan nuestro cerebro no debe tomarse tan a la ligera. Un consumo ocasional y moderado no reviste mayores peligros (o aún no han sido comprobados), más que perder el control y terminar atropellando a alguien o haciendo algo de lo que nos arrepintamos después. Pero sí hay varios estudios que conectan el uso cotidiano y excesivo de la marihuana con episodios de esquizofrenia, psicosis, depresión y lo más común de todo, una actitud de indiferencia a todo lo relacionado con el estudio, el trabajo, proyectos personales y vida social.

Yo personalmente conozco un caso de un chico que fumaba todos los días, y a veces todo el día. Se empezó a poner un poco obsesivo con el yoga, y cada vez ayunaba más, fumaba más y meditaba más. Un día se brotó del todo y comenzó con un delirio místico, unido a un comportamiento paranoico y un tanto agresivo. Terminó en el Pereyra unos días. Mejoró y volvió a su vida normal. Pero si hubiera sabido que la marihuana podría despertar ese episodio, quizá lo hubiese prevenido. O no se hubiera asustado tanto. O en primer lugar, no hubiera fumado tan a tontas y a locas como quien toma mate o algún otro yuyito que “es natural, lo natural es más sano”. Ojo, no quiero asustar a nadie, no es que a todos les pase. Es para algunas personas que tienen predisposición, donde el uso continuado de la marihuana actúa de gatillo.

En resumen, marihuana ¿sí o no?

Coincido plenamente con la posibilidad de hacer estudios clínicos con productos derivados de la marihuana. Como cualquier otro químico, puede ser beneficioso o nocivo para la salud, y es necesario conocer lo más posible sobre sus propiedades. Es tonto permitir la elaboración de psicofármacos más potentes y peligrosos y nada con la marihuana.

Una vez conocidas todas esas ventajas y/o peligros para la salud y asegurándonos de que la población esté consciente de a qué se expone o qué puede esperar, recién sería propicio discutir la legalidad del consumo social y el autocultivo. Cada cual es dueño de arruinarse la salud como más le guste mientras no dañe a terceros, pero tampoco es justo estar informado sólo por fuentes no oficiales, como las páginas que muestra Google, que por poco te dicen que previene el cáncer, que no es adictiva, que no tiene efectos colaterales. A ver: no por ser una plantita es sana y no hace daño, pero tampoco tomar psicofármacos legales fuera de un tratamiento equis es más seguro.

 

Quizá estemos atravesando una realidad social que nos presiona tanto a veces que es difícil para algunas personalidades no desear evadirse o anestesiarse de cierta manera, para lograr cierta paz. Quizás la sociedad consumista de bienes materiales en la que estamos atrapados, nos empuje también hacia el consumo de píldoras o cigarrillos de felicidad instantánea, necesitando cada vez más y más felicidad, y más inmediatez, para sentir la diferencia. Quizás debamos debatir eso en mayor profundidad aún que la legalidad o no de la marihuana y otras drogas.

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