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La fotografìa en la entrada del museo es el de una mujer joven que en su època ha tenido algùn privilegio – y que pese a ese  privilegio ha tenido que lidiar con una interioridad, donde no hay privilegios siquiera para el màs culpable.

El rostro estilizado de una mujer con rasgos masculinos, una belleza eterna y de toda època. Pero en definitiva, una mujer atrapada en un interior: ya lo dice la guìa del Museo de las Mujeres ubicado en la calle cèntrica Rivera Indarte en lo que fue la antigua residencia del expresidente argentino Juàrez Celman, y ahora convertido en espacio cultural exclusivamente para mujeres aunque con una sala en la que exponen tambièn sus obras los hombres; dice la guìa al ùnico visitante, que ademàs no esperaba una visita guiada: “Lo primero que hay que saber de Rosa Tinti es que fue fuertemente catòlica y tambièn con un gran arraigo masònico, todo ello trasladado a su obra pictòrica.”

Mirè a la guìa detenidamente en un ràpido pantallazo para constatar que NO estaba cogible, es decir que probablemente no tenìa nada importante que decir. Cuando le preguntè si Rosa Tinti tenìa -y lo preguntè con delicadeza-, de cara a su obra que pareciera reunirse en un solo cuadro, algùn trastorno y/o/u rasgo de locura, hizo una mueca de “y yo què carajo sè, no me hagàs salir del libreto”.

La pintura de esta cordobesa fallecida el año pasado y actualmente homenajeada en uno de los museos destacados de Còrdoba tiene la particularidad de que la casi totalidad de sus cuadros o por lo menos la parte màs importante de su obra es una repeticiòn con mìnimas variantes de un ùnico paisaje.

Como si hubiera trazado un solo cìrculo, una esfera concèntrica, vertida hacia adentro, sin rabia y sin la rabia que se debe uno hacia uno mismo, sino en la observaciòn estàtica de sì misma, en una obsesiòn que no supera el dominio de color y lìnea hacia una forma en evoluciòn. El sìmbolo masònico del tres es remarcado una y otra vez: tres mujeres bajo la lluvia, tres cipreses, tres puertas, tres ventanas, etc. Nada puede salir de sus contornos, como del trazado del plan ùnico del “Gran Arquitecto del Universo”.

Dice la guìa del museo: La cùpula enrejada, sìmbolo masònico presente en el Vaticano como tambièn en nuestro Congreso, y en la Catedral -y abriò los ojos para decir que la Catedral, ese prodigio de la arquitectura cordobesa, era un dechado de sìmbolos masònicos, y dijo: Porque el tres, o sea, el grado masònico màs alto es el 33 yblablablà… Y entonces yo, un masòn grado 34 (si bien no reconocido por esos obtusos que no salen del 3), sentì que la sangre me llegaba al cuello.

No era mi intenciòn someter a aquella guìa a un interrogatorio,

pero fue màs fuerte que yo: “Asì que la pintora es de ascendencia italiana… ¿pariente de Mazzini acaso?” Y clavè mis ojos en su corpiño. La carta de Pike (masòn grado 33) escrita en 1871 a Mazzini, carta que se exhibió durante un breve perìodo de tiempo en la biblioteca del British Museum de Londres, anunciaba las dos grandes guerras del siglo pasado y una tercera y ùltima, el plan de un ateìsmo comunista y las divergencias causadas por los agentes de los Illuminati entre las naciones, y al final el paso al nihilismo, los espìritus teìsticos sin brùjula ni direcciòn, ansiosos por un ideal pero sin saber adònde dirigir su adoraciòn, recibirìan la verdadera luz a travès de la manifestaciòn universal de la doctrina pura de Lucifer: Una mezcla de Isidoro Cañones y el doctor Bilardo llevando el bidòn en la mano. Pero ella volviò a hacer una mueca de “¿y yo què c…?” A esa altura ya estaba convencido que la guìa era uno de esos llamados seres de luz, un instrumento de los Illuminati, una adoradora del arcàngel Metatròn, y mientras ella me decìa que el piso de la sala era el autèntico de la època de Juàrez Celman, podìa sospechar en sus ojos el deseo de que la arrojara al piso y desgarrara sus ropas con un làtigo de cuero, y cuando me mostrò el salòn de conferencias y dijo: “Acà se armaban unas festicholas de padre y señor nuestro en la època de Juàrez Celman”, ahì me estaba diciendo, si la vista no me engaña, que nos dejàramos llevar y armàramos nuestra propia festichola. Sin embargo volvimos a mirar los cuadros, mientras se acomodaba el corpiño al caminar: Las tres mujeres caminando con paraguas entre el inmòvil paisaje de Rosa Tinti simbolizaban las tres guerras, o las tres brujas de Macbeth, o las tres prostitutas con las que estuve casado en mi vida.

Y en el costado inferior màs bajo, en la zona màs oscura de un espacio visto de frente, el espacio derecho abajo, encerrado en la figura de un escudo o emblema de abolengo, allì es donde la pintora ubicaba el ùnico rasgo de libertad, de infancia o de paganismo inocente, en su repetitivo y automàtico paisaje de cùpulas, cruces, càlices en las paredes y muros cubistas sin desdeñar cierto trazo naif que llegaba perfectamente al sonido estridente de la repeticiòn.

Màs allà de la contradicciòn entre “su fuerte catolicismo y la adhesiòn a la masonerìa” -si bien es sabido que no se permitìa la iniciaciòn de mujeres en sus logias-, como si leyera dos pàginas de algùn filòsofo alemàn y en la segunda contradijera lo que afirmaba en la primera, un artista no es nada sin contradicciones. La manera en que me proponìa mirar la obra, todo cuanto dijera la guìa era anecdòtico en definitiva, cuando una obra de arte debe vivir sin las notas del artista, y si bien es cierto que el arte es indisoluble de la crìtica de arte, el artista ya no tiene nada que agregar: su obra es lo que los demàs veràn en ella. Pero cito las propias palabras de Rosa Tinti en 1980 en el diario Tiempo de Còrdoba: “Allì estàn las cùpulas, los tejados viejos y las torres que nos recordaràn, con un lenguaje nuevo, que el hombre es pròjimo del hombre”. No creo que hoy lo dirìa de un modo diferente, puesto que lo expresò de un modo perfecto, pero si acaso dijera: “Allì estàn las cùpulas, los tejados viejos y las torres que nos recordaràn, con un lenguaje nuevo, que todas y todos son pròjimos de todas y todos”, pensarìa que suena a realismo màgico.

papez

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