Por ahí dicen los que saben que al polvo volveremos porque del polvo venimos; con esto, se refieren a la muerte. Sin embargo, también se ha dejado escuchar la expresión «besar el polvo», sin duda referente al acto de humillar o ser humillado. Es el polvo el símbolo de nuestra nulidad, pues más planetas y estrellas hay que gránulos de polvo en la tierra; y si así nos atrevemos a contar la vastedad del universo, ¿qué somos nosotros en comparación? Benito Pérez Galdós, quien volvió al polvo en 4 de enero de 1920, dejó un poco de polvo escrito, y al polvo me llevó con él por un momento en la más vergonzosa humillación. Dijo este artista:

Se dan casos de individuos y familia a quienes Dios no les debe nada; y sin embargo, piden y piden. Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene duda.

¿Qué digo con esto? Paciencia, que primero me es menester explicaros una confidencia de mi personalidad. No negaré esta verdad, y aquí me quito el velo del orgullo: nací con la queja bajo el brazo. Ya tenga o no excusa o razón para darme al llanto de la queja, tiendo a profesar ésta cada vez que se me presenta un momento y una audiencia. Me quejo y pido con la queja, me vuelvo a quejar y sigo pidiendo como el bebé que llora (y llora porque tiene hambre, o porque sí) o el gato que maúlla (porque tiene sed, celo, o se siente rey). Sin embargo, pocas veces, me paro a pensar y veo las grandes mercedes que en mi vida se han sembrado, y veo que crecen con fuerza y profunda raíz. Aquí, en lo que acontece, os explico una de estas mercedes que antes veía disfrazada de infortunio y causa de queja:

No es poco sabido, sabe el que me ha leído desde mi nacimiento en El Mendolotudo, que asisto a cierta universidad (la de Brigham Young) a la que yo digo noble, pues nació de la nobleza del deseo de educar y aprender. Sin embargo, no es sabido de los lectores de El Mendolotudo algunas cosas que acontecieron durante mi viaje en la dicha institución. Estos acontecimientos, los describí en un artículo anterior a mi colaboración en esta revista, artículo que se titulaba «La irracional diosa Esperanza», que publiqué en Facebook el 28 de abril, y en mi libro «Historias y leyendas de España». Empezaba este artículo así:

Dicen por ahí, y probablemente mal dicho, pues siempre se tergiversan los famosos dichos, que cuando o donde se cierra una puerta, se abre una ventana.

La inspiración de ese artículo vino del miedo a ser rechazado en cierta carrera que yo quería estudiar, marketing. Miedo que se vino a materializar en julio cuando vi el «no» rotundo en la pantalla. Ahí se me cerró una puerta, con siete llaves se cerró, y se me abrió una ventanilla que llevaba por título publicidad. Para allá que fui, para entrar por esa ventana, cuando en marzo del año siguiente, se cerró ésta a cal y canto, impidiendo que pasara por ella y dejándome casi a oscuras con todas las puertas y ventanas cerradas. Digo casi, porque ahí había una claraboya que algún rayito de luz dejaba filtrar; una claraboya que siempre había observado con muchas ganas, pero con mucha desconfianza también. La claraboya, tenía por nombre literatura. Por la claraboya he pasado, me escurrí por ella hace unos meses, y literatura me encuentro estudiando hoy.

No debéis dudar que durante ese proceso de rechazo y rechazo la queja hizo nido en mi lengua; una madriguera de quejas que saltan y que me causan tal picazón que no encuentro más remedio que hablar pestes y pestes del rechazo que se me ha dado.

¿Y de qué me quejo? Os explico. Me quejo de que, al pasar por la claraboya, me veo en una habitación sin puertas, ventanas, claraboyas u orificios. Me encuentro encarcelado en una carrera profesional sin futuro. ¿Qué futuro tengo estudiando literatura? Yo nunca quise enseñar, yo nunca quise trabajar en un museo o biblioteca; yo, en fin, siempre soñé con el mundo empresarial, donde el dinero fluye siempre, porque siempre hace falta negociantes que muevan el dinero de aquí para allá. ¡Siempre he querido escribir! Eso sí, siempre he soñado con escribir y que me lean, pero ¿dónde cabe la literatura propia en un mundo como el de hoy? Cabe, desde luego, en la suerte de unos pocos que, por dote o por temática, llegan a vivir de sus palabras. ¿Yo?, yo no; yo vivo de limpiar edificios.

¿Cuál es mi futuro? Pregunto, mis señores lectores. ¿Dónde van a parar mis palabras? Hace poco empecé una serie a la que llamé «día del Canciller decapitado», serie en la cual yo veía perlas y plata como Manrique veía en Álvarez Gato. Sin embargo, ha pasado esa plata desapercibida como el tiempo en la vida. Con estas cosas me pregunto muchas cosas, ¿soy digno de vuestra audiencia? ¿Soy digno de querer expresarme? ¿Soy digno de pediros y mendigar vuestro dinero a cambio de mis palabras, para que yo viva?

Pues bien, en estos pensamientos vino a humillarme Galdós, cuando señaló mi exigente y viciosa mendicidad. Así llegué a la conclusión de mi ingrato desagradecimiento. Pues ahora, en oposición a otros tiempos, me veo capaz de escribir para una audiencia, la de El Mendolotudo; me veo capaz de publicar libros, cuando antes había censura y dificultad; me veo capaz de leer todo lo que se ha escrito y lo que se ha de escribir. Me doy cuenta de que me leen, aunque solo sea una persona, pero me leen. Aquí se descubrió esa merced de la que hablaba. ¿No es esto una merced? Sin duda lo es, una merced que en principio vi como queja.

¿Qué más puedo pedir? ¿Quién soy yo para pedir? No soy nadie para pedir, sino para dar; y os doy polvo, con la esperanza de que lo recibáis. Así debería yo aprender de ese anónimo autor de «el Lazarillo de Tormes», quien soltó en su gratitud un poco de polvo, que decía:

Y esto, para ninguna cosa se debería romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar della algún fruto; porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben.

Si algo os tengo que mendigar a vosotros o a Dios, pues dice Galdós que es cosa natural del hombre el mendigar, no será dinero lo que yo mendigue, pues ¿se compra el polvo? Os mendigo lo mismo que ese anónimo autor, que me leáis y disfrutéis de lo que escribo; que, si os gusta, me lo alabéis un poco, y me anime el alma un tanto y me salve de la queja. Entonces, si es la voluntad de quien decide que yo viva para limpiar el polvo de los edificios o enseñar, que así sea, yo agradeceré y al polvo volveré. Si es la voluntad de quien decide que yo viva de mis palabras, agradeceré de igual manera, que al polvo igualmente volveré.

Y estas son las confesiones de un autor polvoriento, que no sabe más que escribir y esperar que le lean. Estas son las declaraciones de un desagradecido que empieza a agradecer. Estas son las enseñanzas de grandes autores, como Galdós; autores tan grandes y de tanta luz, que fueron enterrados rodeados de cientos de miles, que lloraban la pérdida, que lloraban el polvo pronto. Polvo que persiste al tiempo, polvo que aún recogen algunos hombres para humillarse y aprender.

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